Transcurren veinte minutos más. La abuela, Judy, termina los platos del desayuno, los seca y los guarda en un armario. Está viendo con desinterés un viejo musical en una pequeña televisión que ha puesto en la encimera para que le haga compañía. Carrusel muy triste. « You'll Never Walk Alone », canta una mujer, y ella frunce los labios para contener un brote de emoción sentimental.
Hoy está cansada; no ha dormido bien. De un tiempo a esta parte la importunan extrañas fluctuaciones del pulso cuando se acuesta, y después, cuando sus latidos dejan de acelerarse y empieza a cabecear, su corazón parece detenerse. Es como si el cuerpo hubiese olvidado de pronto que es necesario seguir bombeando sangre, y vuelve en sí con un espasmo, como un corcho que emerge desde el fondo de un cubo lleno de agua.
Le sucede de manera irregular, pero la noche anterior se ha asustado terriblemente y ha deambulado con cautela por la cocina con una taza de Ovaltine caliente, preguntándose si le pasaba algo malo. Los médicos lo achacarían a su peso, pensó. La presión sanguínea, probablemente; se había librado hasta ahora, pero imaginaba frente a ella toda una serie de ajustes: píldoras, dietas y análisis. Daría comienzo el ritual paulatino y fútil de mantener su propia mortalidad a raya. Lo había presenciado cuando le sucedió a su propia madre, cómo el mantenimiento de la salud había empezado a ocupar una parte cada vez mayor de su vida cotidiana, hasta que la mayoría de sus horas de vigilia se consumieron en una suerte de interminable partido de tenis con su propio cuerpo. Evitaba una cosa y la pelota volvía silbando sobre la red: un resfriado al que no lograba sobreponerse, otro órgano que fallaba, otra extremidad que le costaba mover, o le dolía. Al final su madre murió de herpes, una dolencia ridícula, de connotaciones casi cómicas, que la había derrotado sencillamente gracias a la debilidad de su sistema inmunológico.
Judy había estado pensando en ello, merodeando por la casa sumida en tinieblas, cuando percibió un sonido procedente del exterior: un tañido, el eco tenue de una tinaja que rueda sobre una superficie sólida. Al principio creyó que se trataba de una voz áspera y chillona, semejante a la de su madre en sus últimos años, y sintió un escalofrío. Vio a un mapache al otro lado de la ventana. Cuando encendió la luz del porche este se incorporó, mientras sostenía las patas anteriores contra el pecho como si fueran brazos atrofiados, encorvado y encogido. Sus ojos centellearon y cuando Judy abrió la puerta de pantalla para espantarla la criatura la contempló como un anciano malévolo y senil, como uno de esos viejos que te acechan coléricos desde su silla de ruedas cuando pasas a su lado en el sanatorio. El mapache abandonó abruptamente su posición erecta y se dirigió trotando a un rincón del patio. A cuatro patas, el animal parecía grotescamente abotargado al mecerse sus generosos cuartos traseros mientras corría. Judy vio cómo se deslizaba con facilidad a través de un hueco al pie de la verja, cerca del soto de lilas, y se esfumaba.
Esa es la imagen que se le presenta cuando abre la puerta trasera para llamar a Loomis. Una imagen de la criatura que trota contoneándose hasta los arbustos como si fuera una persona terriblemente drogada que trata de arrastrarse con celeridad. Su cuerpo era demasiado lento y confiado como para expresar terror, pero ella notaba que en realidad estaba desesperada.
– Loomis -dice, y por un segundo le parece atisbar un destello de movimiento, una cola, una franja de piel oscura que desaparece bajo el follaje de las lilas.
Al principio, la imagen la desconcierta. De hecho se estremece, una sombra se proyecta sobre su nuca, y a continuación se enfrenta al patio vacío.
– ¿Loomis? -repite, vacilante.
El patio que hay detrás de la casa de Judy no es propicio para que se oculte una persona. Se trata de un cuadrado sencillo, una cuidada extensión de hierba con dientes de león y tréboles confinada por una alambrada metálica. En el rincón del noroeste hay un soto de lilas a punto de marchitarse; al este, siguiendo la pared del garaje, se encuentra su huertecito: dos tomateras, otras tantas calabaceras, cuatro hileras de alubias amarillas y una mata de melones con la que está experimentando. Hay malvarrosas a lo largo del ala de la casa. Pero sobre todo es un patio abierto. Hay juguetes de Loomis diseminados por allí: un muñeco de Batman, una pelota de goma azul con rayas amarillas y una bolsa de plástico llena de figuritas de dinosaurios, soldados y cochecitos de juguete.
– ¿Loomis? -insiste. Sufre una momentánea desorientación cuando vuelve a contemplar el patio y se dice que debe hallarse allí de algún modo, que sufre algún problema de percepción, de visión.
Puede que haya escalado la alambrada, supone, aunque parece muy impropio de él. Quizás arrojase algo por encima accidentalmente y fuese a recuperarlo. El alambre de la verja se entrecruza en un diseño de diamante, de modo que le resultaría bastante sencillo encajar las zapatillas deportivas en los agujeros para encaramarse hasta el otro lado. Parece una estupidez, pues no es un niño especialmente atlético ni aventurero, ni propenso a escaparse.
Sin embargo, Judy atraviesa el patio para dirigirse al extremo norte de la alambrada, restallando las sandalias bajo los pies desnudos sobre la hierba tibia. Allí está el angosto callejón que separa la parte posterior de las casas de su manzana de las que contornean la manzana del norte, dotado de la anchura precisa para que el camión de la basura lo atraviese torpemente los lunes por la mañana emitiendo pitidos. Mira a derecha e izquierda; nada, solo cubos de basura de diversas formas y tamaños, de plástico y de metal ondulado, algunos acompañados de bolsas de basura llenas. Maleza que despunta entre las grietas del pavimento. Árboles y postes telefónicos cuyas ramas y cables se interconectan. En el extremo más alejado, allí donde la boca del callejón desemboca en la calle, pasa un camión rojo para seguidamente esfumarse. Ni rastro de Loomis.
Por primera vez desde hace muchos años, es consciente del aspecto que puede presentar el mundo a los ojos de un niño pequeño. Su extensión, la forma en la que un callejón ordinario se puede figurar un túnel misterioso y las alambradas traseras y las puertas de las casas poseen una cualidad remota y descuidada. Advierte (o mejor dicho, recuerda) la estrecha franja de espacio que discurre entre la verja y la parte de atrás del garaje: otro túnel, pero este no parece maniobrable ni siquiera para un niño, puesto que hay una pila de troncos, despojos de un árbol viejo que taló hacía varios años. Por alguna razón debió pensar que la madera sería de utilidad, aunque ya no recuerda la razón. Ahora está moteado de liquen y de hongos de repisa, húmedos, podridos, tal vez llenos de termitas y de hormigas.
– ¡Loomis! -exclama, alzando la voz por primera vez, pues ya no le avergüenza que los vecinos la oigan. Se concede un alarido:
»¡Loomis! ¿Dónde estás? -Y el perro de los vecinos de la izquierda empieza a ladrar desde el patio. Loomis nunca habría ido allí, por supuesto. Odia y teme al perro, un pitbull llamado Pluto , gruñón y musculado. Pero Judy se dirige al pie de la verja y se asoma al otro lado, y Pluto se abalanza contra ella. Está atado al tendedero y la argolla de la correa produce un sonido hueco al recorrer la extensión de la cuerda, como el de una canica que rueda por una tubería. Cuando la ve, Pluto emite una serie de furiosos ladridos territoriales, con las orejas replegadas a la vez que despide un fulgor ultrajado por los ojos.
»¡Cállate! -le espeta Judy, y da una palmada, un gesto que recuerda de su infancia, de su madre, de cuando vivían en una granja fuera del pueblo y de tanto en tanto se topaban con perros callejeros desconocidos-. ¡Largo! -dice, y da otra palmada-. ¡Márchate ya! -Y Pluto , impresionado, deja de ladrar y la observa con recelo. Los vecinos, los Woodward, son una pareja sin hijos, ariscos aunque cordiales, y sabe poco sobre ellos. Puede que tengan treinta y tantos años. Bonnie, la esposa, es secretaria de juzgado; Sherman, el marido, trabaja fuera del pueblo, en el comedero. Es cazador y en otoño casi siempre trae a casa un ciervo que despelleja y descuartiza en el patio trasero. Aparte de eso, no sabe mucho sobre ellos, y se alegra de que no demuestren interés por ella. Es una divorciada entrada en años: «Señora Keene», la llaman respetuosamente. Sospecha que probablemente han oído rumores sobre Loomis y sus padres, alguna versión de esa desagradable historia, pero no han dicho nada, y ella se lo agradece.
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