Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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Me recuerdas a mí: краткое содержание, описание и аннотация

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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Además, jugar al frisbee era divertido porque Ray era rematadamente malo.

– Oh, venga ya -se quejó Ray-. Vamos a jugar a las cartas o algo así.

– ¿Cartas? -repitió Troy desdeñosamente-. Ray, ¿cuántas noches de verano tan hermosas como esta tendrás… en toda tu vida? Aunque llegues a los setenta y cinco años, por decir algo, el número de noches de verano tan hermosas como esta es finito.

– Oh, vaya -rezongó Ray-. Eso es justo lo que me hace falta esta noche de verano tan hermosa. ¡Filosofía morbosa del señor «Acabo de cumplir treinta años»! -Pero acompañó a Troy y a Mike hasta el exterior, y al cabo de un rato parecía que incluso disfrutaba de su propia incompetencia.

»Vale -dijo-. Me parece que le estoy cogiendo el tranquillo. -Pero cuando Ray arrojaba el frisbee , este se bamboleaba por el aire como un artrítico, se desplomaba o se volteaba enérgicamente en la dirección equivocada. Troy le había contado a Mike Hawk en una ocasión que Ray había lanzado el frisbee y el disco se había desviado por detrás de su cabeza, asestando un golpe de refilón en la oreja a una joven inocente. Era extraño, pensaba Troy, que Ray trabajase como estríper, que alguien que ejercía semejante control sobre los movimientos, los contoneos y los giros de su cuerpo en última instancia fuese tan descoordinado. Cuando Ray lanzaba el frisbee , este petardeaba por el aire, se apartaba de Mike y se estrellaba con un sonido áspero contra un árbol del patio del vecino de Troy.

Por su parte, Ray seguía sacando partido a los chistes con el nombre de Mike Hawk. [2]Cuando estaban en un bar, le encantaba llevarles a chicas para poder decir: «Señoritas, me gustaría presentaros a Mike Hawk». Ya nadie lo encontraba gracioso, pero Ray insistía.

– Mike Hawk no piensa darse por vencido esta noche -decía, afectando el tono de un locutor deportivo-. ¡Mike Hawk sabe cuándo hay que ponerse duro, y cuándo hay que penetrar con cuidado! -Aquella ocurrencia le gustó tanto que se tropezó cuando intentaba asir el frisbee en el aire y se desmoronó en la pequeña extensión de hierba que discurría entre la calzada y la acera, cortando el aire con las piernas mientras caía. Por un momento pareció que se había hecho daño, pero se puso en pie de un brinco-. Joder -rezongó-, se me da fatal este juego. ¿Podemos encender otro porro, por favor? Me parece que nunca conseguiré derrotar a Mike Hawk.

– Qué gracioso -repuso Troy, torciendo el gesto y flexionando los dedos de los pies en la hierba. Las cosas marchaban bien, pensó. Todo era normal. Era feliz. Su vida no estaba mal.

En los últimos tiempos había sentido un gran desasosiego que no lograba identificar. Estaba molesto porque Loomis se hubiera caído del árbol, por el hecho de que no lograba ponerse en contacto con Carla y por la llamada del tipo de la Casa de la señora Glass. Así, como en general. Hacía unos días, cuando Jonathan Sandstrom se presentó en el bar con la última remesa, pensó en rechazarla: en dejarlo de una vez por todas, como se había prometido. Tenía que cambiar de vida; y después pensó que tendría que empezar a decirles a sus clientes que buscasen en otra parte.

Era una entrega relativamente pequeña.

– Me alegro mucho de verte, Troy -dijo Jonathan Sandstrom. Era un tipo rubio, apuesto y untuoso, de veintitantos años, que se reía de una forma artificiosa, como si en lugar de carcajearse rebuznara, y hacía gala de un optimismo que rayaba en lo escalofriante. Le dio a Troy un elaborado apretón de manos cuando se reunieron en el aparcamiento que había detrás del bar-. Troy -repitió, y acto seguido hizo una pausa dramática-. A lo mejor deberías sentarte, porque te vas a poner contentísimo con lo que tengo para ti, no vas a poder ni aguantarte.

– Pues vale -repuso Troy, y le ofreció a Sandstrom una sonrisa breve y severa-. Me alegro de oírlo. -Se sentó en el asiento del copiloto del BMW de Sandstrom y abrió la bolsita de papel de colores brillantes que le ofrecía este.

– Lo normal -dijo Sandstrom, y esbozó una sonrisa confidencial mientras Troy examinaba el contenido: tres bolsas resellables de gran tamaño repletas de marihuana mexicana fresca y aromática, un recipiente de setas alucinógenas y treinta y seis dosis de LSD. Con eso debería arreglárselas durante varios meses, y tal vez en lo sucesivo rebajase aún más.

«Escucha -prosiguió Sandstrom-. Ya sé que no te interesa la cocaína, y no te culpo. Es muy difícil de pasar. -Subrayó cada palabra con un ademán de la mano-. Pero me parece que tendrías que pensar en el éxtasis, de verdad. No es una sustancia adictiva, no tiene riesgos y es muy popular. Sé que a algunas personas no les interesa el cambio, y yo lo respeto, pero a lo mejor tú… -Y Troy observó cómo Jonathan Sandstrom levantaba una suerte de elaborada estructura en el aire con los gestos de sus manos-. A lo mejor quieres probar una muestra, solo para ver qué pasa.

– Me parece que no -respondió Troy.

– Algo distinto. Solo es una sugerencia.

– Con esto debería bastarme -insistió.

– Y eso también está bien -dijo Sandstrom-. Tú sabes lo que quieres, y yo lo respeto. -Bajó la ventanilla y arrojó al asfalto el cigarrillo que acababa de empezar a fumar. Acto seguido extrajo otro del bolsillo de la pechera, lo encendió y aspiró una honda bocanada.

«Escucha -añadió-. ¿Sabes cómo se va a un pueblecito llamado Beck? Tengo que reunirme con alguien a las… -Miró su reloj-. Joder. A las tres.

– Sí -dijo Troy-. Claro.

Sacaron un mapa. Troy se enrolló en el dedo las cuerdas que cerraban la bolsa y señaló hacia el noroeste. Se estaba cansando, y no estaba pensando en nada. No había forma de saber que el camino hacia Beck iba a llevar a Jonathan Sandstrom a una condena de diez años de prisión, no había forma de saber que la policía estaba vigilando a Sandstrom y que Troy iba a verse envuelto en ello.

No se consideraba un «traficante», exactamente. No era que acechara en los patios de las escuelas, tentando a los niños; no era que se enriqueciera gracias a las adicciones de la gente. No creía en sustancias como el crack o la heroína, y de hecho aprobaba a grandes rasgos la llamada «guerra contra las drogas», aunque asimismo pensaba que la marihuana y otras sustancias inocuas deberían haberse legalizado hacía mucho tiempo. Si el presidente admitía que había probado la hierba (aunque supuestamente «no había inhalado»), ¿de verdad era para tanto?

Le gustaba vender marihuana, así como disfrutaba siendo camarero. Entrañaba una camaradería sencilla y risueña. Se sentaba con el cliente ante la mesa de la cocina, desplegando los diversos objetos como si fueran fichas de ajedrez para una partida amistosa: la pipa de agua, el mechero, los cigarrillos, las bolsitas, la antigua balanza farmacéutica que usaba, con una pirámide de pesas en forma de damas. Creía sinceramente que la marihuana era básicamente buena para la gente, que sacaba a la superficie el lado benigno de su corazón y de su cabeza. Como rezaba el viejo verso (¿quién lo había dicho? ¿Bob Marley?), creía que si todos los líderes mundiales se colocasen juntos, en seguida habría paz en la Tierra. Cuando estaba sentado, charlando con sujetos como el joven abogado Eric Shriffer, la enfermera Shari Hernández, Bob Boulder, un tipo de su edad que enseñaba historia en el instituto a los chicos de quince años, o Lonnie von Vleet, el jipi cincuentón que supervisaba a los discapacitados mentales en el centro de formación profesional y tenía un puesto en el ayuntamiento, le parecía que estaba prestando un servicio útil. Tenía un lugar en el mundo, y en momentos así la idea de que estaba involucrado en una actividad criminal se le antojaba distante y vagamente ridícula. Un tecnicismo.

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