– Salga de debajo de la cama, señor. ¡Salga de debajo de la cama, señor! ¡Señor, le ordeno que salga de debajo de la cama! - Ray, pensó. Menudo idiota . Y entonces se acordó de Loomis.
– Tíos, esperad un momento -exclamó-. Ese es mi hijo. ¡Ese es mi hijo! ¡No le hagáis daño!
Fue el peor momento de su vida, y hasta pasado mucho tiempo fue incapaz de discernir la secuencia de los acontecimientos, puesto que todo pareció suceder al mismo tiempo.
Lo primero que percibió fueron los gritos de Loomis cuando le asieron la pierna para sacarlo de debajo de la cama, donde se había ocultado.
– Loomis -chilló con la voz quebrada, y manaron lágrimas de sus ojos-. ¡No pasa nada, colega! ¡No pasa nada, no tengas miedo!
Lo segundo fue la descarga de la pistola de un policía inexperto y sobreexcitado, y entonces profirió un aullido.
Y después se hizo el silencio. En aquel momento ignoraba que Loomis se había desvanecido al oír el sonido del disparo y que se había agarrotado, adoptando la posición fetal. Creyó que Loomis estaba muerto, y la estancia se distorsionó a su alrededor. Sollozaba como no recordaba haberlo hecho jamás, como había llorado Loomis al caerse del árbol: sin emitir un sonido, con la boca convulsa, intentando aspirar bocanadas de aire, mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas y la nariz, profiriendo palabras entrecortadas, con los ojos desorbitados.
Débilmente, a lo lejos, percibió el ruido que produjo Ray al precipitarse al otro lado de la verja del patio trasero llevándose el maletín de Troy. «¡Uf!», gruñó sonoramente, y acompañado por Mike Hawk se apresuró resuelto hacia la cima de las colinas que se levantaban tras la casa de Troy, dejando atrás los gritos de Loomis, el rebote del disparo y los sollozos de Troy.
Después de indagar durante poco más de una hora, Judy intenta llamar a sus vecinos. Tiene la voz áspera a causa de los chillidos y está extremadamente agitada. El presentimiento de que han secuestrado a Loomis la ha amedrentado terriblemente y advierte un cortante rasgueo de pánico en la periferia de sus percepciones. Hasta su ordinaria cocina tiene algo que se le antoja vivo y alerta, como si los objetos de su interior pudieran ponerse a respirar de repente. Tiene la frente húmeda a causa de la transpiración.
Sin embargo, por teléfono, su voz sigue siendo agradable y lacónica, a la férrea manera de las Grandes Planicies, aunque las gotas de sudor le resbalan desde la frente hasta los ojos.
– ¿Hola, Dawn? -dice alegremente-. Soy Judy Keene. ¿Cómo estás? ¡Vaya, me alegro de oírlo! Escucha, Dawn, me parece que he traspapelado a un jovencito por aquí… un chiquillo con el pelo castaño, de seis años. Un poco bajito para su edad. Con camiseta roja y pantalones vaqueros. ¿No? Bueno, si lo vieras… De acuerdo. Gracias, así lo haré. No, estoy segura de que anda por aquí cerca. ¡Estos niños! ¡Si yo te contara! Pues vale… Bueno, seguro que hablamos dentro de poco… Sí. Vale. Adiós…
Le tiemblan las manos. Consigue ponerse en contacto con cinco vecinos, pero ninguno dice haberlo visto. Dorothy Draper asegura que ha oído los incesantes ladridos del perro de la casa de los Woodward, pero claro, Judy ya lo sabe… Después de todo, es su vecina.
– Ese es el crío de Carla, ¿verdad? -pregunta la señora Draper, y Judy debe reprimir el impulso de colgar el teléfono.
– Sí -responde-. Así es.
– ¡Vaya, hace mucho que no la veo! -exclama la señora Draper-. ¿Cómo está?
– ¡Oh! -dice Judy-. ¡Muy bien! ¡Estupendamente!
– Siempre ha sido una chica muy buena. Me acuerdo de cuando venía a jugar con Donald. Siempre se le ocurrían los juegos más extraordinarios. Eran muy complicados. Y yo los escuchaba y pensaba: «Debería ser actriz». ¿No estuvo una temporada en Los Ángeles?
– No -contesta Judy, y se aclara la garganta-. En Las Vegas.
– Ah -dice la señora Draper-. Bueno, debe ser agradable que esté en casa. Donald está en Arabia Saudita, ¿te lo imaginas? Está en la Marina, y lo han enviado allí. No comprendo por qué han de estar en esos sitios. ¿Hace mucho que ha vuelto Carla al pueblo?
– No, no -objeta Judy, apretándose una mano contra el pecho, donde se ha producido otra pequeña explosión-. No está en el pueblo. Yo solo cuido a su hijo. Está pasando el verano conmigo.
– ¿De verdad? -dice la señora Draper-. Vaya, debe ser una auténtica delicia para ti. Sabes, yo no he visto a mi nieta desde que tenía dos años, ¡y ahora tiene cinco! Y le he dicho a Donald: «¿por qué no la mandas con su abuela unas semanas?». Significaría mucho para mí. Pero meter a una niña en un avión desde Oriente Medio hasta los Estados Unidos y luego recogerla en Denver es muy complicado.
– Sí -admite Judy. Y acto seguido aprieta suavemente la horquilla donde descansa el auricular del teléfono. Desconectando. Espera que la señora Draper crea que la desconexión ha sido accidental. Rara vez ha sido tan grosera con otra persona en toda su vida, pero en este momento está segura de que debe llamar a la policía.
La operadora, Connie Cruz, responde al primer tono.
– Comunicaciones -dice, y Judy le explica que desea hablar con alguien que la ayude a encontrar a un niño pequeño.
Connie Cruz anota sus datos personales. Le pregunta su nombre y su dirección y la orienta durante la descripción del niño.
– Tiene el pelo castaño y los ojos azules -dice Judy-. Lleva una camiseta roja y unos pantalones vaqueros azules. Mide alrededor de un metro. Pesa unos veinte kilos.
– ¿Y es un varón blanco?
– Sí.
– ¿Cuántos años tiene?
– Seis.
– Oh -exclama Connie, que tiene un hijo de la misma edad-. Es un muchachito.
– Sí -responde Judy, recordando el repulsivo apodo que le puso su padre. Hombrecito-. Sí -repite-. Así es.
Al igual que el resto del país, San Buenaventura atravesó un efímero período de obsesión por los niños desaparecidos a mediados de los años ochenta. En esa época empezaron a aparecer fotografías de niños perdidos en el dorso de los cartones de leche; fotos de niños en blanco y verde con los datos personales impresos debajo: nombre, edad, fecha de nacimiento, ciudad natal, peso, altura, color de pelo y de ojos, visto por última vez en *****. Las propias fotos poseían una granulosa cualidad de tabloide, pues los puntos que formaban las imágenes se distinguían claramente. Judy recuerda que en una ocasión se había enojado cuando hacía la compra, al recorrer el pasillo de productos lácteos y toparse con una hilera tras otra de caras que la observaban. En aquellos días el departamento de policía instituyó un programa para tomarles las huellas dactilares a los escolares de primaria, y recuerda que un día sus alumnos de segundo tuvieron que ponerse en fila frente a una mesa presidida por un agente anciano y de mal carácter pertrechado con tampones de tinta y gruesas tarjetas. Los niños estaban entusiasmados.
Pero a ella le había parecido ridículo. Una suerte de histeria. No había conocido a nadie que supiera de un niño abducido de verdad. Los niños supuestamente perdidos siempre procedían de lugares lejanos (California, sobre todo, advirtió Judy) y generalmente se daba por sentado que se trataba de un problema urbano. Judy recordaba haber oído en alguna parte que el noventa y cinco por ciento de aquellos niños no eran raptados por desconocidos con perversas intenciones, sino por uno de sus progenitores, convirtiéndose en meras víctimas de las disputas sobre su custodia. Cuando nació Loomis, la urgencia del síndrome se había abatido. Las compañías lecheras ya no imprimían aquellas fotografías, que al parecer les producían pesadillas a los niños y mermaban las ventas, y la agitación parecía desvanecerse. Cuando Judy se jubiló, ya no les tomaban las huellas dactilares a los niños. Que ella sepa, a Loomis nunca se las han tomado.
Читать дальше