Array Array - La guerra del fin del mundo
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—En el fondo, el hombre sólo teme a la muerte —dice, mientras se seca, sin grandilocuencia, con naturalidad, como en las charlas que en las noches le oyen dar a grupos de sus oficiales—. Por eso, es el único castigo eficaz. A condición de que se aplique con justicia. Alecciona a la población civil y desmoraliza al enemigo. Suena duro, lo sé. Pero así se ganan las guerras. Hoy han tenido su bautismo de fuego. Ya saben de qué se trata, señores.
Los despide con la venia rapidísima, glacial, que han aprendido a reconocer como irreversible fin de entrevista. Les da la espalda e ingresa a la cabaña, en la que alcanzan a divisar un ajetreo de uniformes, un mapa desplegado y un puñado de adjuntos que hacen sonar los talones. Confusos, atormentados, descentrados, descruzan el descampado hacia el puesto de intendencia, donde, en cada descanso, reciben su ración, idéntica a la de los oficiales. Pero es seguro que hoy no probarán bocado. Los cinco están muy cansados, por el ritmo de la marcha de la Columna. Tienen los fundillos resentidos, las piernas agarrotadas, la piel quemada por el sol de ese desierto arenoso, erizado de cactos y favela, que separa a Queimadas de Monte Santo. Se preguntan cómo aguantan los que marchan a pie, la inmensa mayoría del Regimiento. Pero muchos no aguantan: los han visto derrumbarse como fardos y ser llevados en peso a las carretas de la Sanidad. Ahora saben que esos exhaustos, una vez reanimados, son reprendidos severísimamente. «¿Ésta es la guerra?», piensa el periodista miope. Porque, antes de esta ejecución, no han visto nada que se parezca a la guerra. Por eso, no entienden la vehemencia con que el jefe del Séptimo Regimiento hace apurar a sus hombres. ¿Es ésta una carrera hacia un espejismo? ¿No había tantos rumores sobre las violencias de los yagunzos en el interior? ¿Dónde están? No han encontrado sino aldeas semidesiertas, cuya pobre humanidad los mira pasar con indiferencia y que, a sus preguntas, responde siempre con evasivas. La Columna no ha sido atacada, no se han oído tiros. ¿Es cierto que las reses desaparecidas han sido robadas por el enemigo, como asegura Moreira César? Ese hombre pequeño e intenso no les merece simpatía, pero les impresiona su seguridad, y que apenas coma y duerma, y la energía que no lo abandona un instante. Cuando, en las noches, se envuelven en las mantas para maldormir, lo ven todavía en pie, con el uniforme sin desabrochar ni remangar, recorriendo las hileras de soldados, deteniéndose a cambiar unas palabras con los centinelas o discutiendo con su Estado Mayor. Y, en las madrugadas, cuando suena la corneta y ellos, borrachos de sueño, abren los ojos, ya está él ahí, lavado y rasurado, interrogando a los mensajeros de la vanguardia o examinando las piezas de artillería, como si no se hubiera acostado. Hasta la ejecución de hace un momento, la guerra, para ellos, era él. Era el único que hablaba permanentemente de ella, con una convicción tal que llegaba a convencerlos, a hacer que la vieran rodearlos, asediarlos. Él los ha persuadido que muchos de esos seres impávidos, hambrientos —idénticos a los ejecutados—, que salen a verlos pasar, son cómplices del enemigo, y que tras esas miradas apagadas hay unas inteligencias que cuentan, miden, calculan, registran, y que esas informaciones van siempre por delante de ellos, rumbo a Canudos. El periodista miope recuerda que el viejo vitoreó al Consejero antes de morir y piensa: «A lo mejor es verdad. A lo mejor, todos ellos son el enemigo». Esta vez, a diferencia de otros descansos, ninguno de los corresponsales se echa a cabecear. Permanecen, solidarios en su confusión y zozobra, junto al toldo de los ranchos, fumando, meditando, y el periodista del Journal de Noticias no aparta la vista de los cadáveres estirados al pie del tronco donde bailotea la Ordenanza que desobedecieron. Una hora después están de nuevo a la cabeza de la Columna, inmediatamente detrás de los estandartes y del Coronel Moreira César, rumbo a esa guerra que para ellos, ahora sí, ha comenzado.
Otra sorpresa les espera, antes de llegar a Monte Santo, en la encrucijada donde un cartelito borroso señala el desvío a la hacienda de Calumbí; la Columna llega allí a las seis horas de reanudar la marcha. De los cinco corresponsales, sólo el esmirriado espantapájaros del Jornal de Noticias será testigo cercanísimo del hecho. Una curiosa relación se ha establecido entre él y el jefe del Séptimo Regimiento, que sería inexacto llamar amistad o aun simpatía. Se trata, muy bien, de una curiosidad nacida de la mutua repelencia, de la atracción que ejercen entre sí las antípodas. Pero el hecho es que el hombre que parece una caricatura de sí mismo, no sólo cuando escribe en el disparatado tablero que coloca sobre sus piernas o montura y moja la pluma en ese tintero portátil que parece un recipiente de esos en que los caboclos llevan el veneno para los dardos de sus ballestas en las cacerías, sino también cuando camina o cabalga, dando siempre la impresión de estar a punto de desmoronarse, parece absorbido, hechizado, obsesionado por el menudo Coronel. No deja de observarlo, no pierde ocasión de acercársele y, en las charlas con sus colegas, Moreira César es el único tema que le importa, más aún, se diría, que Canudos y la guerra. ¿Y qué puede haber interesado al Coronel del joven periodista? Quizá su excentricidad indumentaria y física, esa ruindad de huesos, esa desproporción de miembros, esa proliferación de pelos y de vellos, esas uñas largas que ahora andan negras, esas maneras blandas, ese conjunto en el que no aparece nada que el Coronel llamaría viril, marcial. Pero lo cierto es que hay algo en esa figurilla contrahecha, de voz antipática, que seduce, acaso a pesar de sí mismo, al pequeño oficial de ideas fijas y ojos enérgicos. Es al único al que suele dirigirse, cuando departe con los corresponsales, y algunas veces dialoga con él a solas, luego del rancho de la tarde. Durante las jornadas, el periodista del Jornal de Noticias, como por iniciativa de su cabalgadura, se suele adelantar y unir al Coronel. Es lo que ha ocurrido esta vez, después de haber partido la Columna de Cansancao. El miope, balanceándose con los movimientos de un títere, está confundido con los oficiales y ordenanzas que rodean el caballo blanco de Moreira César, cuando éste, al llegar al desvío de Calumbí, alza la mano derecha: la señal de alto.
Los escoltas se alejan a la carrera, llevando órdenes, y el corneta da el toque que hará detenerse a todas las compañías del Regimiento. Moreira César. Olimpio de Castro, Cunha Matos y Tamarindo desmontan: el periodista resbala hasta el suelo. Atrás, los corresponsales y muchos soldados van a mojarse caras, brazos y pies en una poza de agua estancada. El Mayor y Tamarindo examinan un mapa y Moreira César observa el horizonte con sus prismáticos. El sol está desapareciendo detrás de una montaña lejana y solitaria —Monte Santo — a la que ha impuesto una forma espectral. Cuando guarda sus prismáticos, el Coronel ha empalidecido. Se lo nota tenso. —¿Qué lo preocupa, Excelencia? —dice el Capitán Olimpio de Castro. —El tiempo. —Moreira César habla como si tuviera un cuerpo extraño en la boca—. Que huyan antes de que lleguemos.
—No huirán —replica el periodista miope—. Creen que Dios está de su parte. A la gente de esta tierra le gusta la pelea.
—Dicen que a enemigo que huye, puente de plata —bromea el Capitán. —No en este caso —articula con dificultad el Coronel—. Hay que hacer un escarmiento que acabe con las ilusiones monárquicas. Y, también, vengar la afrenta hecha al Ejército. Habla con misteriosas pausas entre sílaba y sílaba, desafinando. Abre la boca todavía, para añadir algo, pero no lo hace. Está lívido y con las pupilas irritadas. Se sienta en un tronco caído y se quita el quepis, a ritmo lento. El periodista del Journal de Noticias va a sentarse también, cuando ve a Moreira César llevarse las manos a la cara. Su quepis cae al suelo y el Coronel se levanta de un brinco y comienza a dar traspiés, congestionado, mientras se arranca a manotazos los botones de la camisa, como si se ahogara. Gimiendo, echando espuma, presa de contorsiones, rueda a los pies del Capitán Olimpio de Castro y del periodista, que no atinan a nada. Cuando se inclinan, ya corren hacia allí Tamarindo, Cunha Matos y varios ordenanzas.
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