Array Array - Lituma en los Andes

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Fatigados, confundidos, sin mirarse las caras unos a otros, los vecinos se sentían como después de la fiesta del santo patrono, luego de beberse todo lo que se podía beber, y comer, bailar, zapatear, pelear, rezar, sin dormir a lo largo de tres días y tres noches, cuando les costaba tanto esfuerzo hacerse a la idea de que esa gran explosión de aturdimiento e irrealidad había terminado y que debían reacomodarse a las rutinas cotidianas. Pero ahora sentían todavía más desconcierto, un malestar más profundo, ante esos cadáveres insepultos, arrebozados de moscas, que empezaban a pudrirse bajo sus narices, y las espaldas magulladas de los que habían azotado. Todos intuían que Andamarca nunca más sería la que fue.

Los de la milicia seguían, incansables, turnándose en el uso de la palabra. Ahora, organizarse. No había victoria popular sin una participación férrea, indestructible, de las masas. Andamarca sería base de apoyo, otro eslabón de la cadena que recorría ya toda la Cordillera de los Andes y lanzaba sus ramales a la costa y la selva. Las bases de apoyo eran la retaguardia de la vanguardia. Importantes, útiles, indispensables, existían, como su nombre lo indicaba, para apoyar a los combatientes: alimentarlos, curarlos, esconderlos, vestirlos, armarlos, informarles sobre el enemigo, y para ir reemplazando a los que pagaban la cuota de sacrificio. Todos tenían una función que cumplir, un granito de arena que aportar. Debían subdividirse por barrios, multiplicarse por calles, cuadras, familias, añadir nuevos ojos y oídos, y piernas, brazos y cerebros al millón que tenía ya el Partido.

Era de noche cuando los vecinos eligieron a los cinco hombres y cuatro mujeres encargados de la organización. Para asesorar a los vecinos y servir de contacto con la dirección permanecieron en Andamarca la camarada Teresa y el camarada Juan. Debían asimilarlos, actuar como si ellos hubieran nacido aquí y tuvieran sus muertos entre los del pueblo.

Luego, cocinaron y comieron y se repartieron por las casas y durmieron junto a los vecinos, muchos de los cuales velaron esa noche, turbados, incrédulos, inseguros, asustados con lo que habían hecho, visto y oído.

Al amanecer, otra vez los reunieron. Entre los más jóvenes, escogieron a unos cuantos muchachos y muchachas para la milicia. Cantaron sus himnos, y, dando sus gritos de victoria, hicieron flamear las banderas rojas. Luego, se fragmentaron en los destacamentos en que habían venido, y los vecinos los vieron separarse, alejarse, vadear unos el río Negromayo y otros, en la dirección de Chipao y el Pumarangra, ir desapareciendo entre los sembríos verdosos de las andenerías, bajo el ocre plomizo de las montañas.

La patrulla de guardias republicanos y guardias civiles llegó a Andamarca cuarenta y ocho horas después de partir los senderistas. Los mandaba un alférez joven, costeño, rapado, musculoso y con anteojos oscuros, al que sus hombres llamaban sólo por el apodo: Rastrillo. Venía con ellos el teniente–gobernador, don Medardo Llantac, que había ganado años y perdido kilos.

Los cadáveres seguían en la plaza, insepultos. Para apartar a los buitres, los vecinos encendieron una fogata, pero, pese a las llamas, docenas de gallinazos montaban guardia en torno y había más moscas que en el matadero los días que se beneficiaba una res. Cuando don Medardo y el alférez preguntaron por qué no habían enterrado a los muertos, no supieron qué responder. Nadie se había atrevido a tomar la iniciativa, ni siquiera los parientes de las víctimas, paralizados por un supersticioso temor a atraer de nuevo a la milicia o desatar otra catástrofe si tocaban, aunque fuera para enterrarlos, a esos vecinos a los que acababan de chancar cabezas, caras y huesos, como si se tratara de enemigos mortales.

Puesto que no había juez de paz–era uno de los ajusticiados-, el alférez hizo que el propio teniente–gobernador levantara un acta y que la firmaran varios vecinos como testigos. Luego, llevaron a los muertos al cementerio, cavaron tumbas y los enterraron. Sólo entonces reaccionaron los parientes con el dolor y la cólera que era de esperar. Lloraban las viudas, los hijos, los hermanos, los sobrinos y los entenados; se abrazaban, y, maldiciendo, los puños al cielo, pedían venganza.

Una vez desinfectado el lugar con baldazos de creso, el alférez comenzó a pedir explicaciones. No en público; encerrado en la casa comunal y llamando una por una a las familias. Había apostado centinelas en las salidas de Andamarca y dado orden estricta de que nadie se alejara del pueblo sin su permiso. (Pero el camarada Juan y la camarada Teresa escaparon apenas se avistó a la patrulla acercándose por el camino de Puquio.)

Los parientes entraban y salían a los quince minutos, a la media flora, cabizbajos, llorosos, confundidos, incómodos, como si hubieran dicho más o menos de lo que debían y estuvieran arrepentidos.

En el pueblo había una atmósfera lúgubre y un silencio tétrico. Los vecinos porfiaban por ocultar el miedo y la incertidumbre con el enfurruñamiento de sus caras y su mutismo, pero los delataba esa manera de andar sonámbula en que, hasta altas horas, se los veía recorrer las rectas callecitas de Andamarca. Muchas mujeres pasaron el día rezando letanías en la desfondada iglesia de la plaza, cuyo techo se trajo al suelo el último temblor.

El alférez interrogó a la gente todo el día y parte de la noche, sin tomarse un descanso ni para almorzar–se hizo llevar un plato de sopa con charqui que tomó mientras proseguía las averiguaciones–y una de las pocas cosas que los vecinos supieron, en el curso de ese segundo día extraordinario, fue que don Medardo Llantac permanecía a su lado, frenético, informando al oficial sobre los que pasaban a declarar y que metía su cuchara en los interrogatorios, exigiendo nombres, precisiones.

Esa noche, la falsa convivencia de Andamarca se trizó. En viviendas, esquinas, calles, en los alrededores de la plaza adonde todos se llegaban a espiar a quienes salían del salón comunal, estallaron discusiones, disputas, acusaciones, insultos, amenazas. Hubo empujones, rasguños y puñetazos. Los republicanos y los guardias civiles no intervenían, porque habían sido instruidos o porque, faltos de órdenes, no sabían cómo reaccionar ante esa hostilidad desencadenada de todos contra todos. Despectivos o indiferentes, veían a los vecinos llamarse unos a otros asesinos, cómplices, terroristas, calumniadores, traidores, cobardes e irse a las manos, sin mover un dedo para separarlos.

Los interrogados debieron contarlo todo, salvando su responsabilidad de la mejor manera que pudieron–es decir, agravando la responsabilidad de los otros–y el alférez pudo reconstruir, a grandes rasgos, lo ocurrido en los juicios, porque, al día siguiente, los cinco hombres y las cuatro mujeres designados dirigentes de la base de apoyo fueron encerrados en la casa comunal.

A media mañana, el alférez reunió a los vecinos en la placita de Andamarca–había aún gallinazos merodeando por el rincón de las ejecuciones–y les habló. No todos entendían el español costeño apocopado y veloz del oficial, pero incluso los que perdían buena parte de su discurso entendieron que los reñía. Por colaborar con los terroristas, por prestarse a esa parodia de juicio, por llevar a cabo esa grotesca y criminal matanza.

«Todo Andamarca tendría que ser juzgada y castigada», repitió varias veces. Después, con paciencia, aunque sin dar muestras de comprensión, escuchó a los vecinos que se atrevían a formular enrevesadas excusas: no era cierto, ninguno había hecho nada, todo había sido obra de los terrucos. Amenazándolos, señor. Los habían obligado, poniéndoles las metralletas y las pistolas en las cabezas, diciendo que degollarían a los niños como a chanchos si no empuñaban las piedras. Se contradecían, se interrumpían, disentían, y terminaban acusándose e insultándose unos a otros. El alférez los miraba con lástima.

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