Array Array - Lituma en los Andes

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Para entonces, el día había aclarado y podían vérseles las caras. Las llevaban descubiertas, salvo tres o cuatro, que conservaron sus pasamontañas. En sus filas predominaban los jóvenes y los hombres, pero había también mujeres y niños, algunos de los cuales no debían llegar a los doce años. Los que no iban con metralletas, fusiles o revólveres, llevaban viejas escopetas de caza, garrotes, machetes, cuchillos, hondas y, en bandolera, como los mineros, cartuchos de dinamita. Llevaban también banderas rojas con la hoz y el martillo, que izaron en el campanario de la iglesia, en el asta de la casa comunal y en la copa de un pisonay de flores rojas que dominaba el pueblo. Mientras se celebraron los juicios–actuaban con orden, como si hubieran hecho esto otras veces–algunos pintaron las paredes de Andamarca con vivas a la lucha armada, a la guerra popular, al marxismoleninismo–pensamiento guía del presidente Gonzalo y mueras al imperialismo, al revisionismo y a los traidores y soplones del régimen genocida y antiobrero.

Antes de empezar, cantaron himnos a la revolución proletaria, en español y en quechua, anunciando que el pueblo estaba rompiendo las cadenas. Como los vecinos no sabían las letras, se mezclaron con ellos, haciéndoles repetir los versos y silbándoles las melodías.

Después, comenzaron los juicios. Además de los de la lista, debieron enfrentarse al tribunal–que era todo el pueblo–otros, acusados de robar, abusar de los débiles y de los pobres, ser adúlteros y practicar vicios individualistas.

Se turnaban para hablar, en español y en quechua. La revolución tenía un millón de ojos y un millón de oídos. Nadie podía actuar a ocultas del pueblo y librarse del castigo. Estos perros–basuras trataron y ahí estaban ahora, de rodillas, implorando misericordia a quienes habían apuñalado por la espalda. Estas hienas servían al gobierno títere que asesinaba campesinos, tiroteaba obreros, vendía el país al imperialismo y al revisionismo y trabajaba día y noche para que los ricos fueran más ricos y los pobres más pobres. ¿No habían ido estos excrementos a Puquio a pedir a las autoridades que mandaran a la Guardia Civil diz que para proteger Andamarca? ¿No habían incitado a los vecinos a delatar a los simpatizantes de la Revolución a las patrullas militares?

Se turnaban y, pacientes, explicaban los crímenes, reales o virtuales, que estos sirvientes de un gobierno manchado de sangre hasta los tuétanos, que estos cómplices de la represión y la tortura habían hecho a todos y a cada uno de los presentes, a sus hijos y a los descendientes de sus hijos. Los instruían y los alentaban a participar, a hablar sin temor a represalias, pues el brazo armado del pueblo los protegía.

Poco a poco, rompiendo su timidez, su confusión, incitados por su propio miedo, el clima exaltado y oscuras motivaciones–viejas querellas, soterrados resentimientos, envidias sordas, odios familiares-, los vecinos fueron animándose a pedir la palabra. Cierto, don Sebastián era roñoso con quien no podía pagarle las medicinas contante y sonante. Si no le devolvían el dinero el día mismo, se quedaba con la prenda, por más que le suplicaran. Por ejemplo, a él, aquella vez… A eso del mediodía ya muchos andamarquinos se atrevían a salir al centro de la plaza a presentar sus quejas, hacer sus recriminaciones y señalar a los malos vecinos, a los malos amigos, a los malos parientes. Se enardecían al pronunciar sus discursos; les vibraba la voz recordando a los hijos que habían perdido, los animales muertos por la sequía y las plagas y cómo cada día había menos compradores, más hambre, más enfermos, más niños en el cementerio.

Todos fueron condenados, por un bosque de manos. Muchos familiares de los acusados no las alzaron a la hora de votar, pero, asustados con la exasperación y hostilidad que habían ido fermentando, tampoco se atrevieron a hablar en su favor.

Los ajusticiaron poniéndolos de rodillas y apoyándoles la cabeza en el broquel del pozo de agua. Los tenían bien sujetos mientras los vecinos, pasando en fila, los chancaban con las piedras que recogían de la construcción, junto a la casa comunal. La milicia no participó en las ejecuciones. No se disparó un tiro. No se clavó un cuchillo. No se dio un machetazo. Sólo se usaron manos, piedras y garrotes, pues ¿se debía acaso desperdiciar en ratas y escorpiones las municiones del pueblo? Actuando, participando, ejecutando la justicia popular, los andamarquinos irían tomando conciencia de su poderío. Éste era un destino sin retorno. Ya no eran víctimas, comenzaban a ser libertadores.

Después, vino el juicio de los malos ciudadanos, de los malos maridos, de las malas esposas, de los parásitos sociales, de los degenerados, de las putas, de los maricones, de las indignidades de Andamarca, detritus putrefactos que el régimen capitalista feudal, sostenido por el imperialismo norteamericano y el revisionismo soviético, fomentaba para adormecer el espíritu combativo de las masas. También eso cambiaría. En el incendio purificador de la pradera que era la Revolución ardería el individualismo egoísta burgués y surgirían el espíritu colectivista y la solidaridad de clase.

Los vecinos aparentaban escuchar más de lo que escuchaban, entender más de lo que entendían. Pero, después de lo ocurrido esa mañana, estaban suficientemente sobreexcitados, aturdidos y desquiciados como para participar sin remilgos en esta segunda ceremonia, que quedaría en su memoria y en la de sus hijos y nietos como la más tormentosa de la historia de Andamarca.

La primera en levantar un dedo acusador, animada por las exhortaciones de las mujeres y hombres armados que se sucedían en el uso de la palabra, fue la señora Domitila Chontaza. Cada vez que su marido tomaba un trago, la hacía rodar por el suelo a puntapiés llamándola «caca de diablo». Él, un jorobadito con un mechón de puercoespín en el cráneo, juró que era falso. Después, contradiciéndose, gimoteó que, cuando tomaba, un mal espíritu se apoderaba de su cuerpo, le venía la rabia, y tenía que sacársela golpeando. Los cuarenta latigazos le dejaron la curva espalda sanguinolenta y tumefacta. Más que dolor físico, era miedo lo que traslucían sus juramentos de que nunca volvería a probar una gota de alcohol y sus abyectas «gracias, muchas gracias» a los vecinos que lo azotaban con látigos de cuero y de tripa. Su mujer se lo llevó a rastras, a ponerle unos emplastos.

Una veintena de hombres y mujeres fueron juzgados, sentenciados, azotados o multados, obligados a devolver lo que habían adquirido indebidamente, a indemnizar a quienes habían hecho trabajar más de la cuenta o engañado con falsas promesas. ¿Cuántas acusaciones eran ciertas, cuántos inventos dictados por la envidia y el rencor, producto de la efervescencia en la que todos se sentían empujados a competir, revelando las crueldades e injusticias de que habían sido víctimas? Ni ellos mismos hubieran podido decirlo cuando, a eso de la media tarde, juzgaron a don Crisóstomo, el viejo campanero–lo había sido cuando la torre de la iglesita de Andamarca tenía campana y la iglesia párroco, algo que era historia antigua-, acusado por una mujer de haberlo sorprendido bajándole el pantalón a un niño en las afueras del pueblo. Otros confirmaron la denuncia. Cierto, era un mano larga, andaba toqueteando a los muchachos y tratando de meterlos a su casa. Un hombre, la voz quebrada por la emoción, en un silencio eléctrico, confesó que, cuando él era niño, don Crisóstomo lo había usado como se usa de las mujeres. Nunca se había atrevido a decirlo, por vergüenza. Otros, aquí mismo, podían contar historias parecidas. El campanero fue ajusticiado a pedradas y palazos y su cadáver quedó entreverado con los de la lista.

Oscurecía cuando terminaron los juicios. Ése fue el momento que aprovechó don Medardo Llantac para correr la piedra de la tumba de su primo Florisel, deslizarse reptando fuera del cementerio y echar a correr a campo traviesa, como alma que lleva el diablo, en dirección a Puquio. Llegó a la capital de la provincia un día y medio después, exhausto y con los ojos aún llenos de espanto, a contar lo que ocurría en Andamarca.

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