Array Array - Lituma en los Andes
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— ¡Se me revuelven las tripas, puta madre! — exclamó, indignado.
— ¿De qué cosa, mi cabo?
— De que torturaran al pobre mudo, allá, en Pampa Galeras. — Alzó la voz, buscando la cara de su adjunto con la luz de la linterna-. ¿No te remuerde la conciencia ese salvajismo?
— Los primeros días me remordía mucho–murmuró Carreño, cabizbajo-. ¿Por qué cree que me lo traje a Naccos? Aquí se me fue lavando la mala conciencia. ¿Acaso tuve yo la culpa de lo que le pasó? Y nosotros lo tratábamos bien aquí, le dábamos comida y techo, ¿no, mi cabo? Puede que me haya perdonado. Puede que se diera cuenta de que si se quedaba allá en la puna ya lo hubieran rematado.
— La verdad, prefiero que me cuentes tus aventuras con Mercedes, Tomasito. La historia del mudito me ha dejado muy jodido.
— También yo quisiera borrármela de la memoria, le aseguro.
— Las cosas que he venido a saber en Naccos–rezongó Lituma-.Ser guardia civil en Piura y en Talara era pan comido. La sierra es infernal, Tomasito. No me extraña, con tanto serrucho.
— ¿Por qué detesta tanto a los serranos, se puede saber?
Habían comenzado a subir la cuesta hacia la comisaría y, como tenían que ir inclinados, se sacaron los fusiles del hombro y los llevaron en las manos. A medida que se alejaban del campamento, se hundían en la oscuridad.
— Bueno, tú eres serrucho y a ti no te detesto. Me caes de lo más bien.
— Gracias por lo que me toca–se rió el guardia. Y, un momento después-: No crea que la gente del campamento es fría con usted porque es costeño. Sino porque es un policía. A mí también me miran de lejitos, pese a ser cusqueño. No les gustan los uniformados. Tienen miedo de que, si se juntan con nosotros, los terrucos los ajusticien por soplones.
— La verdad, hay que tener poco cacumen para hacerse guardia civil–murmuró Lituma-. Ganas miserias, nadie te traga, y estás en primera fila para que te vuelen a dinamitazos.
— Es que algunos abusan del uniforme y eso nos desprestigia a todos.
— En Naccos no hay ni como abusar del uniforme–se quejó Lituma-. Pobre Pedrito Tinoco, carajo. Y la semana que desapareció no le habíamos dado todavía su propina.
Se detuvo para sacar un cigarrillo. Ofreció otro a su adjunto. Para encenderlos tuvieron que hacer un hueco con sus cuerpos y quepis porque el ventarrón apagaba los fósforos. Corría y ululaba por doquier, como lobos con hambre. Los guardias retomaron la marcha despacio, tentando las piedras resbaladizas con la punta de los botines antes de apoyar el pie.
— Estoy seguro de que, en la cantina, cuando tú y yo nos vamos, pasan toda clase de mariconadas–dijo Lituma-. ¿No crees?
— Me da tanto asco que por eso no me gusta venir–repuso su adjunto-. Pero uno se moriría de tristeza encerrado en el puesto, sin tomarse un trago de cuando en cuando. Claro que pasan barbaridades. Dionisio los emborrachará a su gusto y, después, se darán todos por el culo. ¿Le digo una cosa, mi cabo? A mí no me da pena cuando Sendero ajusticia a un maricón.
— Lo curioso es que a mí más bien me dan un poco de pena todos esos serruchos, Tomasito. Pese a lo atravesados que son, me dan. Su vida es triste, ano? Tiran pala como mulas, y apenas si ganan para comer. Que se diviertan un poco, si pueden, antes de que los terrucos les corten los huevos o venga un teniente Pancorvo y les dé el tratamiento.
— ¿Y la vida nuestra acaso no es triste, mi cabo? Pero nosotros no nos emborrachamos como animales ni dejamos que el vicioso ese nos manosee.
— Espérate unos meses y quién sabe, Tomasito.
La tierra había quedado llena de charcos luego de la lluvia de la tarde. Avanzaban muy despacio. Anduvieron un buen rato en silencio.
— Dirás que no debo meterme en lo que no me importa, Tomasito–dijo Lituma, de pronto-. Pero, como te tengo simpatía y el anisado me suelta la lengua, te lo voy a decir. Anoche te sentí llorar.
Advirtió que el muchacho cambiaba el ritmo de la marcha, como si se hubiera tropezado. Iban iluminándose con las linternas.
— Los hombres lloran también, cuando hace falta–continuó Lituma-. Así que no te avergüences. Las lágrimas no vuelven marica a nadie.
Siguieron subiendo el cerro, sin que el guardia joven abriera la boca. De tanto en tanto el cabo volvía a hablar.
— A veces, cuando pienso: «Nunca saldrás vivo de Naccos, Lituma», me entra la desesperación. Quisiera ponerme a llorar a gritos, yo también. No te avergüences. No te lo dije para hacerte pasar un mal rato. Sino porque no es la primera vez que te oigo. También la otra noche te oí, aunque llorabas tapándote contra el colchón. Me da no sé qué que sufras de ese modo. ¿Es porque no quieres morir en este pueblucho? Si es por eso, te entiendo. Pero ¿no será que te hace mal acordarte tanto de Mercedes? Me cuentas tus amores, te sirvo un rato de confidente, pero después te quedas hecho un trapo. Quizá sería mejor que no me hables más de ella, que la olvides, Tomasito.
— A mí me desahoga hablarle de Mercedes, más bien–dijo, al fin, la voz confundida de su adjunto-. ¿0 sea que lloro dormido? Vaya, entonces no me habré encallecido tanto.
— Apaguemos las linternas–susurró Lituma-. Siempre he pensado que, si querían emboscarnos, en esa curvita sería.
Entraron a Andamarca por los dos caminos por los que se podía llegar al poblado–los que subían del río Negromayo, los que habían vadeado el Pumarangra y esquivado Chipao–y por un tercero que trazaron los que venían de la comunidad rival de Cabana, escalando la quebrada del riachuelo que canta (ése es su nombre, en el quechua arcaico que se habla en el lugar). Lo hicieron al rayar la primera luz, antes de que los campesinos salieran a atender sus sembríos y los pastores a pastorear sus rebaños y los comerciantes de paso a reanudar su travesía hacia Puquio o San Juan de Lucanas, por el sur, o hacia Huancasancos y Querobamba. Habían viajado toda la noche, o pernoctado en los alrededores, esperando para invadir el pueblo que hubiera algo de luz. Querían evitar que, aprovechando la oscuridad, se escapara alguno de los de la lista.
Pero uno se escapó, uno de los que más les hubiera gustado ajusticiar: el teniente–gobernador de Andamarca. Y de una manera tan absurda que a la gente le costaría luego creerlo. Es decir, gracias a una diarrea enloquecida que tuvo toda la noche a don Medardo Llantac levantándose a la carrera del único dormitorio de la vivienda que compartía con su mujer, su madre y seis de sus hijos, en la prolongación del Jirón Jorge Chávez, a acuclillarse en el murito de afuera de su casa, colindante con el cementerio. Allí estaba, pujando, derramándose en una aguada pestilencia y maldiciendo a su estómago, cuando los sintió. Abrieron la puerta de un patadón, preguntaron por él a gritos. Sabía quiénes eran y qué querían. Los esperaba desde que el subprefecto de provincia, poco menos que a la fuerza, lo hizo teniente–gobernador de Andamarca. Sin atinar a subirse el pantalón, don Medardo se echó al suelo, se arrastró como una lombriz hasta el camposanto y se deslizó en una tumba excavada la víspera, retirando y volviendo a cerrar sobre él la piedra que hacía de lápida. Encogido sobre los restos helados de don Florisel Aucatoma, primo suyo, se estuvo la mañana y la tarde, sin ver nada pero oyendo mucho de lo que ocurrió en ese pueblo del que, en teoría, era suprema autoridad política.
Los de la milicia conocían el lugar o estaban bien asesorados por sus cómplices entre el vecindario. Apostaron centinelas en todas las salidas, mientras las sincronizadas columnas recorrían los cinco jirones paralelos de chozas y casitas desparramadas en manzanas cuadrangulares en torno a la iglesia y la plaza comunal. Algunos iban con zapatillas y otros con ojotas y algunos a pata pelada y no se sentían sus pisadas por las calles de Andamarca, asfaltadas o de tierra, menos la principal, el Jirón Lima, de adoquines sin desbastar. En grupos de tres y de cuatro, fueron derechito a sacar de su sueño a los de la lista. Capturaron al alcalde, al juez de paz, al jefe de correos, a los dueños de las tres bodegas y a sus mujeres, a dos desmovilizados del Ejército, al boticario y prestamista don Sebastián Yupanqui y a los dos técnicos enviados por el Banco Agrario para capacitar a los chacareros en riego y abonos. A empujones y puntapiés los llevaron hasta la plaza de la iglesia, donde el resto de la milicia había congregado al pueblo.
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