Array Array - Lituma en los Andes
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— Ya veo que mi explicación del pishtaco no lo convence–se rió Dionisio.
Era un hombre con la cara tiznada, como si se la restregara con carbones, gordito y tofo, de grasientos pelos crespos. Embutido en una chompa azul, que nunca se quitaba, tenía los ojos siempre enrojecidos y achispados por el trago, pues tomaba a la par que sus clientes. Aunque sin llegar a emborracharse del todo, eso sí. Por lo menos, Lituma no lo había visto nunca llegar a ese estado de maceración alcohólica que alcanzaban tantos peones la noche del sábado. Solía tener puesta Radio Junín a todo volumen, pero esta noche todavía no la había prendido.
— ¿Ustedes creen en pishtacos? — preguntó Lituma a los de la mesa vecina. Las cuatro caras que se volvieron hacia él, medio cubiertas por las chalinas, eran esas, salidas de un mismo molde, que le costaba individualizar: requemadas por el sol fuerte y el frío cortante, los ojitos inexpresivos, huidizos, narices y labios amoratados por la intemperie, pelos indomesticables.
— Quién sabe–contestó, por fin, uno de ellos-. A lo mejor.
— Yo sí creo–dijo, luego de un momento, uno de los que llevaba casco-. Si tanto hablan, será que existen.
Lituma entrecerró los ojos. Ahí estaba. Foráneo. Medio gringo. A simple vista, no se lo reconocía, pues era igualito a cualquier cristiano de este mundo. Vivía en cuevas y perpetraba sus fechorías al anochecer. Apostado en los caminos, detrás de las rocas, encogido entre pajonales o debajo de los puentes, aguardaba a los viajeros solitarios. Se les acercaba con mañas, amigándose. Tenía preparados sus polvitos de hueso de muerto y, al primer descuido, se los aventaba a la cara. Podía, entonces, chuparles la grasa. Después, los dejaba irse, vacíos, pellejo y hueso, condenados a consumirse en horas o días. Ésos eran los benignos. Buscaban manteca humana para que las campanas de las iglesias cantaran mejor, los tractores rodaran suavecito, y, ahora último, hasta para que el gobierno pagara con ella la deuda externa. Los malignos eran peores. Además de degollar, deslonjaban a su víctima como a res, carnero o chancho, y se la comían. La desangraban gota a gota, se emborrachaban con sangre. Los serruchos creían esas cosas, puta madre. ¿Sería cierto que la bruja de doña Adriana había matado a un pishtaco?
— Casimiro Huarcaya era un albino–murmuró el peón que había hablado primero-. Pudiera ser cierto lo que dijo Dionisio. Lo tomarían por pishtaco y, antes de que él les rebanara el sebo, se lo palomearon.
Sus compañeros de mesa lo festejaron con murmullos y risitas. Lituma sintió que se le aceleraba el pulso. Huarcaya había picado piedras, tirado lampa y sudado a la par con éstos en la carretera a medio hacer; ahora, estaba muerto o secuestrado. Y los mierdas se daban el lujo de hacer bromas.
— Se cagan olímpicamente en la noticia–los reprendió-. Lo que le pasó al albino podría pasarles a ustedes también. ¿Y si los terrucos caen esta noche en Naccos y comienzan a hacer juicios populares, como en Andamarca? ¿Les gustaría que los maten a pedradas por vendepatrias o maricones? ¿Les gustaría que los azoten por borrachos?
— No siendo borracho, ni vendepatria ni maricón, no me gustaría–dijo el que había hablado antes.
Sus compañeros de mesa lo celebraron con risitas y codazos.
— Lo de Andamarca es cosa triste–dijo, ya serio, uno que hasta ahora no había hablado-. A1 menos, allí todos eran peruanos. A mí me parece peor lo de Andahuaylas. Esa parejita de franceses, a ver, dígame. ¿Por qué meterlos en el pleito? Ni los extranjeros se libran.
— Yo creía en pishtacos, de chico–lo interrumpió el guardia Carreño, dirigiéndose al cabo-. Me asustaba con ellos mi abuela, cuando la hacía renegar. Crecí mirando torcido a toda persona rara que pasaba por Sicuani.
— ¿Y crees que al mudito, a Casimiro Huarcaya y al capataz los secaron y rebanaron los pishtacos?
El guardia se mojó los labios en la copita de anisado.
— Ya le dije que, como van las cosas, estoy dispuesto a creer en lo que me pongan delante, mi cabo. Eso sí, prefiero vérmelas con pishtacos que con terrucos.
— Tienes razón en ser crédulo–asintió el cabo-. Para entender lo que pasa aquí, mejor creer en los diablos.
A esos francesitos en Andahuaylas, por ejemplo. Los habían bajado del ómnibus y les habían machucado las caras hasta volverlas mazamorra, según Radio Junín. ¿Para qué ensañarse así? ¿Por qué no matarlos simplemente de un balazo?
— Nos hemos acostumbrado a la brutalidad–dijo Tomasito y Lituma notó que su adjunto estaba pálido. Las copitas de anisado le habían encendido los ojos y aflojado la voz-. Lo digo por mí mismo, a calzón quitado. ¿Usted oyó hablar del teniente Pancorvo?
— Ni en pelea de perros.
— Yo fui en la patrulla de él, cuando lo de las vicuñas, a Pampa Galeras. Pescamos a uno y no quería abrir la jeta. «Deja de hacerte el santito y de mirarme como si no entendieras», le decía el teniente. «Te advierto que si comienzo a tratarte, hablarás como una lora.» Y lo tratamos.
— ¿Cuál era el tratamiento? — preguntó Lituma.
— Quemarlo con fósforos y encendedores–explicó Carreño-. Empezando por los pies, y, poco a poco, subiendo. Con fósforos y encendedores, como lo oye. Era lentísimo. La carne se le cocinaba, empezó a oler a chicharrón. Yo no estaba al tanto todavía, mi cabo. Me vinieron arcadas y casi me desmayé.
— Figúrate lo que nos van a hacer los terrucos a ti y a mí, si nos agarran vivos–dijo Lituma-. ¿Y tú también lo tratabas? ¿Y después de eso vienes a hacerme tanta alharaca porque el Chancho le daba unos azotes a esa piurana en Tingo María?
— Todavía no ha oído lo peor–se le trabó un poco más la lengua a Tomasito, ahora lívido-. Resulta que ni siquiera era terruco, sino retrasado mental. No hablaba porque no podía. No sabía hablar. Lo reconoció uno de Abancay. «Oiga, mi teniente, pero si es el opa de mi pueblo, cómo va a hablar si Pedrito Tinoco en su vida ha dicho chus ni mus.»
— ¿Pedrito Tinoco? ¿Quieres decir, nuestro Pedrito Tinoco? ¿El mudito? — El cabo se tomó de un trago una nueva copita de anisado-. ¿Me estás tomando el pelo, Tomasito? Puta madre, puta madre.
— Era el guardián de la reserva, parece–asintió Tomás, bebiendo también; sujetaba la copa con manos temblonas-. Lo curamos como pudimos. Le hicimos una colecta en la patrulla. Todos nos sentimos mal, hasta el teniente Pancorvo. Y yo, más que los otros juntos. Por eso me lo traje acá. ¿Nunca le vio las cicatrices en los pies, en los tobillos? Fue mi desvirgada, mi cabo. Después de eso, no me asusta ni apena nada. Ya me encallecí, como todos. No se lo conté hasta ahora porque me daba vergüenza. Y sin el anisado no se lo hubiera contado esta noche, tampoco.
Para no pensar en el mudito, Lituma trató de imaginar las caras de los tres desaparecidos convertidas en una masa sanguinolenta, los ojos reventados, los huesos pulverizados, como esos francesitos, o quemados a fuego lento, como Pedrito Tinoco. Qué iba a poder pensar en otra cosa, puta madre.
— Vámonos, mejor. — Se tomó el resto del anisado y se puso de pie-. Antes que empeore el frío.
Al salir, Dionisio les mandó un beso volado. El cantinero circulaba entre las mesas, ya llenas de peones, haciendo las payasadas de cada noche: pasos de baile, dar de beber él mismo a los clientes las copitas de pisco o los vasos de cerveza y animarlos a que, ya que no había mujeres, bailaran entre hombres. Sus disfuerzos y rosqueterías irritaban a Lituma y, cuando el cantinero comenzaba a hacer su número, él partía. Se despidieron de doña Adriana, que atendía el mostrador. Ella les hizo una venia exagerada, algo sarcástica. Acababa de sintonizar Radio Junín y se escuchaba un bolero, que Lituma identificó: Rayito de luna. Había visto una película con ese título en la que bailaba una rubia de largas piernas: Ninón Sevilla. Afuera, acababan de prender el motor que daba luz a los barracones. Algunas siluetas encasacadas o emponchadas iban y venían por los contornos y respondían con un gruñido o una inclinación de cabeza a las buenas noches de los policías. Lituma y Carreño se taparon bocas y narices con las bufandas y se encasquetaron los quepis, para que no se los arrebatara el viento. Soplaba con un silbido lúgubre que rebotaba por los cerros y ellos avanzaban medio inclinados, las cabezas agachadas. De pronto, Lituma se paró en seco:
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