Array Array - Lituma en los Andes

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Había entablado con esos delicados animales una relación más entrañable que la que tuvo nunca con alguien de su especie. Se pasaba los días observándolas, averiguando sus costumbres, sus movimientos, sus juegos, sus manías, con una atención alelada, casi mística, doblándose a carcajadas cuando las veía corretearse, mordisquearse, retozar entre los pajonales, o entristeciéndose cuando alguna rodaba por el barranco y se quebraba las patas, o una hembra se desangraba en un mal parto. Igual que antes los abanquinos y los comuneros de Auquipata, las vicuñas también lo adoptaron. Lo verían como a una figura bienhechora, familiar. Lo dejaban llegar hasta ellas sin espantarse, y, a veces, las querendonas le estiraban el pescuezo, pidiéndole con sus ojos inteligentes que les tironeara las orejas, les rascara el lomo y el vientre o les frotara la nariz (lo que más les gustaba). Incluso los machos, en la época del celo, cuando se volvían tan ariscos y no dejaban acercarse a nadie a su tropilla de cuatro o cinco concubinas, permitían que Pedrito jugara con las hembras, sin quitarle, eso sí, los ojazos de encima, listos a intervenir en caso de peligro.

Alguna vez llegaban a la reserva forasteros. Venían de lejos, no hablaban ni quechua ni español, sino unos sonidos que a Pedrito Tinoco le resultaban tan extraños como sus botas, bufandas, casacones y sombreros. Tomaban fotografías y hacían largas caminatas, estudiando a las vicuñas. Pero, pese a los esfuerzos de Pedrito, ellas no les permitían acercarse. Él los alojaba en su refugio y los atendía. Al partir, le regalaban latas de conservas, algún dinero.

Esas visitas eran las únicas anomalías en la vida de Pedrito Tinoco, hecha de rutinas que se plegaban a los ritmos y fenómenos de la naturaleza: las lluvias y granizadas de tardes y noches y el inclemente sol de las mañanas. Ponía trampas a las vizcachas pero comía sobre todo las papas de su pequeño sembrío y, de cuando en cuando, mataba y cocinaba un cuy. Y salaba y oreaba a la intemperie trozos de carne de las vicuñas que morían. De tiempo en tiempo bajaba a alguna feria de los valles a trocar papas y ollucos por un poco de sal y un costalito de coca. Alguna vez llegaban pastores de la comunidad hasta los confines de la reserva. Hacían una pascana en el refugio de Pedrito Tinoco y le daban noticias de Auquipata. Él los escuchaba muy atento, esforzándose por recordar de qué y de quiénes hablaban. El lugar de donde venían era un borroso sueño. Los pastores removían unos fondos perdidos de su memoria, imágenes huidizas, huellas de otro mundo y de una persona que ya no era él. Tampoco entendía aquello de que la tierra estaba revuelta, que había caído una maldición, que mataban gente.

La noche de aquel amanecer hubo una tempestad de granizo. Esas tormentas siempre abatían algunas vicuñas jóvenes. En las que morirían heladas o quemadas por el rayo estuvo pensando, encogido bajo su poncho, en el refugio, casi toda la noche, mientras por los resquicios del techo se filtraban manotazos de lluvia. Se durmió cuando empezaba a amainar. Despertó oyendo voces. Se levantó, salió y ahí estaban. Eran una veintena, más gente de la que Pedrito había visto nunca llegar junta a la reserva. Hombres, mujeres, jóvenes y niños. Su cabeza los asoció con el confuso cuartel, porque éstos también llevaban escopetas, metralletas y cuchillos. Pero no vestían como soldados. Habían hecho una fogata y cocinaban. Les dio la bienvenida, sonriéndoles con su cara alelada, haciéndoles venias, inclinando la cabeza en señal de respeto.

Le hablaron primero en quechua y luego en español.

— No debes agacharte de esa manera. No debes ser servil. No saludes como si fuéramos «señores». Somos tus iguales. Somos como tú.

Era un joven de mirada dura, con la expresión de alguien que ha sufrido mucho y que odia mucho. ¿Cómo podía, siendo casi un niño? ¿Había dicho, hecho, algo que lo ofendió? Para reparar su falta, Pedrito Tinoco corrió a su refugio y le trajo un costalito con papas secas y unas tiras de carne seca. Se las alcanzó, doblándose.

— ¿No sabes hablar? — le preguntó en quechua una de las muchachas.

— Se le habrá olvidado–dijo otro, examinándolo de arriba abajo-. A estas soledades no llegará nunca nadie. ¿Entiendes al menos lo que te decimos?

Él hacía esfuerzos por no perder palabra y, sobre todo, adivinar cómo servirlos. Le preguntaban sobre las vicuñas. Cuántas había, hasta dónde llegaba la reserva por allá, y por allá, y por allá, dónde solían tomar agua, dónde dormían. Haciendo muchos gestos y repitiéndole cada palabra dos, tres, diez veces, le indicaron que los guiara hacia ellas, que los ayudara a concentrarlas. Saltando, mimando los movimientos de los animales cuando cae el aguacero, Pedrito les explicó que estaban en las grutas. Habían pasado la noche ahí, apelotonadas, unas encima de otras, dándose calor, temblando por los truenos y rayos. Él lo sabía, había compartido muchas horas allí confundido con ellas, abrazándolas, sintiendo su miedo, estremecido también de frío y repitiendo con su garganta los ruidos con que entre ellas se conversaban.

— En esos cerros–entendió, por fin, uno de ellos-. Ahí estarán los dormideros.

— Llévanos–ordenó el joven de mirada dura-. Ven con nosotros, pon tu grano de arena, mudito.

A la cabeza del grupo, los guió, a campo traviesa. Ya no llovía. El cielo estaba limpio y azul y el sol doraba los montes del contorno. Por el aire mojado ascendía de la hierba pajiza y la tierra enlodada, llena de charcos, un olor picante, que a Pedrito lo alegraba. Abriendo las narices, aspiró esa fragancia a agua, tierra y raíces que, luego de una tormenta, parecía desagraviar al mundo, tranquilizar a quienes habían temido, bajo las trombas y los truenos, que la vida se acabara en un cataclismo. Tuvieron que andar mucho rato porque el suelo estaba resbaladizo y los pies se hundían hasta los tobillos. Tuvieron que quitarse los zapatos, las zapatillas, las ojotas. ¿Había visto soldados, policías?

— No entiende–decían-. Es opa.

— Entiende, pero no puede expresarse decían-. Tanta soledad, vivir entre vicuñas. Se ha vuelto montuno.

— Eso más bien–decían.

Cuando llegaron a la orilla de los cerros, señalando, brincando, haciendo gestos, muecas, Pedrito Tinoco les indicó que, para no espantarlas, debían quedarse quietecitos entre los matorrales. Sin hablar, sin moverse. Ellas tenían el oído fino, la vista larga, y eran desconfiadas y miedosas, se ponían a temblar apenas olfateaban forasteros.

— Que esperemos aquí, que estemos quietos–dijo el niño de ojos duros-. Despliéguense, sin bulla.

Pedrito Tinoco los vio detenerse, abrirse, curvarse en abanico y, muy separados unos de otros, encogerse entre los plumeros del ichu.

Esperó que se instalaran, que se ocultaran, que se apagaran los ruidos que hacían. En puntas de pie, se adelantó hacia las cuevas. Al poco rato percibió los brillos de sus ojazos. Las que estaban en los umbrales, vigilando, lo observaban acercarse. Lo medían, las orejas ya tiesas, aguzando sus naricillas frías para confirmar el olor familiar, un olor sin amenazas, para machos o hembras, para adultas o crías. Extremando la cautela, la calma de su marcha para no alarmar esa enfermiza susceptibilidad suya, Pedro Tinoco comenzó a chasquear la lengua, a hacerla vibrar bajito contra el paladar, imitándolas, hablándoles con ese lenguaje que sí había aprendido a hablar. Las tranquilizaba, les anunciaba su presencia, las llamaba. Entonces vio correr entre sus pies una exhalación grisácea: una vizcacha. Llevaba su honda y hubiera podido cazarla, pero no lo hizo para no inquietar a las vicuñas. Sentía en la espalda el peso de las miradas de los forasteros.

Comenzaron a salir. No una a una sino, como siempre, por familias. El macho y sus cuatro o cinco hembras cuidándolo, y la madre con la cría reciente enredándose en sus patas. Husmeaban el agua del aire, escrutaban la tierra revuelta, la paja derribada, olfateaban esas hierbas que el sol comenzaba a secar y que ellas irían ahora a comerse. Movían las cabezas a derecha y a izquierda, arriba y abajo, las orejas estiradas, su cuerpo vibrando con esa desconfianza que era el rasgo dominante de su naturaleza. Pedro Tinoco las veía pasar, rozarlo, desperezarse cuando les daba un tirón en el nido cálido de las orejas o les metía los dedos entre la lana para pellizcarlas.

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