Array Array - Lituma en los Andes
Здесь есть возможность читать онлайн «Array Array - Lituma en los Andes» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, Триллер, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:Lituma en los Andes
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:5 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 100
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
Lituma en los Andes: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Lituma en los Andes»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
Lituma en los Andes — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Lituma en los Andes», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
— Cállate o te bajo del camión–la cortó él, indignado.
— Menos mal que no dijiste «Cállate o te agarro a patadas», «Cállate o te rompo e1 alma» — lo interrumpió Lituma-. Hubiera sido chistoso, Tomasito.
— Es lo que ella me comentó, mi cabo. Y nos vino a los dos la carcajada. Estuvimos riéndonos, contagiados. Nos poníamos serios y nos volvía la risa.
— Sí, hubiera sido chistoso que yo te pegara–reconoció el muchacho-. A ratos me dan ganas, te confieso, cuando te pones a reñirme por haberte querido hacer un bien. Te voy a decir una cosa. No sé qué será de mi vida, ahora.
— ¿Y de la mía? — replicó ella-. Al menos tú hiciste esa idiotez porque te dio la gana. A mí me metiste en el lío sin preguntarme mi opinión. Nos van a buscar, quién sabe a matar. Y nadie se creerá lo que de veras pasó. Dirán que trabajas para la policía, que yo era tu cómplice.
— ¿Ella no sabía que eras un guardia civil, entonces? — se sorprendió Lituma.
— Y ni siquiera sé cómo te llamas–recordó el muchacho.
Hubo un silencio, como si se hubiera apagado el motor, pero al instante volvió a roncar, a hervir. A Tomás le pareció que aquellas lucecitas, allá arriba, eran un avión.
— Mercedes.
— ¿Ése es tu verdadero nombre?
— Sólo tengo uno–se enojó ella-. Y, por si acaso, no soy puta. Yo era la amiga de él. Me sacó de un show .
— Del Vacilón, una boîte del centro de Lima–explicó el guardia-. Ella era una de tantas. El Chancho tenía una sarta de queridas. Iscariote le conoció como a cinco.
— Quién como él–suspiró Lituma-. ¡Cinco a la vez! Cambiar de hembra cada día, cada noche, como de calzoncillo o de camisa. Y tú y yo aquí, al hambre, Tomasito.
— Me dolían los huesos de la espalda–prosiguió su adjunto, embebido en el recuerdo-. No hubo manera de convencer al camionero que nos dejara ir en la caseta. Tenía miedo de que lo fuéramos a asaltar. Íbamos muy machucados. Y a mí me comía la duda, pensando en lo que Mercedes había dicho. ¿Sería cierto que todo ese lloriqueo era un teatro para excitarlo? ¿Qué cree usted, mi cabo?
— No sé qué decirte, Tomasito. A lo mejor era teatro. Él se haría el que le pegaba, ella la que lloriqueaba y, entonces, él se arrechaba y se iba. Hay tipos así, dicen.
— Qué tal puerco de porquería–gruñó su adjunto-. Bien muerto, carajo.
— Y, a pesar de todo, te enamoraste de Mercedes. Qué complicado es eso del amor, Tomasito.
— Si lo sabré yo–murmuró el guardia-. Si no fuera por el amor, no estaría en esta puna perdida, esperando a que unos fanáticos conchas de su madre se dignen venir a matarnos.
— ¿Oyes algo? Voy a tirar una luqueada, por si acaso–paró la oreja Lituma. Se levantó con el revólver en la mano y fue hasta la puerta de la choza. Espió en todas direcciones. Regresó a su catre riéndose-. No, no son ellos. Me pareció ver al mudito, tirando una cagada a la luz de la luna.
¿Qué iba a ser de él, ahora? Mejor no pensar. Llegar a Lima, allá se vería. ¿Iba a darle cara a su padrino, después de esto? Ése sería el trago más amargo, por supuesto. Él se había portado siempre como un caballero y cómo le habías respondido. Eso es lo que se llama hacer tamaña cojudez, Carreño. Sí, pero no le importaba. Se sentía mejor, ahora, sacudiéndose con los barquinazos y rozándola de vez en cuando; mucho mejor que allá en Tingo María, tembloroso, sudando, ahogándose, pegado a los tabiques de esa casa, oyéndole sus cochinadas. ¿Todos esos gemidos, ruegos, golpes, amenazas, puro teatro, pura mentira? Falso. O, de repente, sí.
— No tenía el menor remordimiento, mi cabo, ésa es la verdad–afirmó Tomás-. Me pasara lo que me pasara. Porque ya estaba templado de ella, como usted adivinó.
A los dos les vino la modorra con el zamaqueo y el olorcito dulzón de los mangos. Mercedes trataba de apoyar la cabeza en un costal pero los brincos del camión no la dejaban.
Carreño la oyó refunfuñar, la vio hundir la cara entre las manos, moverse y removerse buscando una postura.
— Hagamos un trato–la oyó decir, por fin, tratando de ser natural-. Apóyate un rato en mi hombro. Después, yo en el tuyo. Si no dormimos algo, llegaremos muertos a Huánuco.
Vaya, la cosa se ponía interesante–comentó Lituma-. Cuéntame de una vez el primer polvo que le tiraste, Tomasito.
Ahí mismo estiré el brazo, haciéndole un sitiecito–dijo Tomás, regocijado-. Sentí su cuerpo juntándose al mío, sentí su cabeza recostarse en mi hombro.
— Y, por supuesto, se te paró–dijo Lituma.
El muchacho tampoco se dio por aludido esta vez.
— Le pasé el brazo, apoyé mi mano en ella–precisó-. Mercedes estaba transpirando. Yo también. Sus cabellos me rozaban la cara, se me metían por la nariz. Sentía la curva de su cadera pegadita a la mía. Cuando hablaba, sus labios me tocaban el pecho y, a través de la camisa, sentía el calorcito de su aliento.
— Al que se le está parando es a mí, puta madre — dijo Lituma-. ¿Y ahora qué hago, Tomasito? ¿Me la corro?
— Salga a orinar, mi cabo, y con el frío de afuera se le morirá.
— ¿Eres muy religioso? ¿Muy católico? ¿No puedes aceptar que un hombre y una mujer hagan ciertas cosas? ¿Fue por eso del pecado que lo mataste, Carreñito?
— Yo me sentía feliz, teniéndola tan cerca–cantaba su adjunto-. La boca bien cerrada, quietecito, oyendo cómo sufría el camión al subir la Cordillera, me aguantaba las ganas de besarla.
— No te molestes porque te lo pregunte–insistía Mercedes-. Es que trato de comprender por qué lo mataste y no se me ocurre.
— Duérmete y no pienses en eso–le pidió el muchacho-. Haz como yo. Ya no me acuerdo, ya me olvidé del Chancho y de Tingo María. No metas a la religión en estas cosas.
Era noche espesa en las moles de los Andes que, a cada curva del camino, parecían más y más altas. Pero, abajo, en la selva que dejaban atrás, una pequeña ranura entre azulada y blanca despuntaba en el horizonte.
— ¿Oyes? ¿Oyes? — se sentó en el catre Lituma, de golpe-. Coge el revólver, Tomasito. Son pasos en el cerro, te juro.
III
— A Casimiro Huarcaya tal–vez lo desaparecieron por dárselas de piste tacu — dijo el cantinero Dionisio-. Era una bola que corría él mismo. Aní donde está usted, yo lo oí mil veces gritando como un verraco: «Soy pishtaco y qué. Terminaré rebanándoles el sebo y chupándoles la sangre a todos… Estaría mareadito, pero ya se sabe que los borrachos dicen la verdad. Lo oyó toda la cantina. A propósito ¿en Pitara hay pishtacos, señor cabo?
Lituma levantó la copita de anisado que el cantinero le acababa de llenar, dijo «Salud» a su adjunto y se la bebió de un trago. El calor dulzón que le bajó hasta las tripas le levantó el ánimo, que había tenido por los suelos todo el día.
— Yo, al menos, no he sabido que haya pishtacos en Piura. Despenadores, sí. Conocí uno, en Catacaos. Lo llamaban de las casas donde penaban las ánimas para que las apalabrara y se fueran. Ciare, que un despenados; comparado a un pishtaco, es basurita.
La cantina estaba en el corazón del campamento, rodeada por los barracones donde dormían los peones. Era una construcción de techo bajo, con bar–Icos y cajones en vez de sillas y mesas, sue lo de tierra y grabados de mujeres desnudas claveteados en la pared de tablones. En las noches siempre andaba repleta, pero aún era temprano — acababa de ponerse el sol–y, además de Lituma y Tomás, sólo había cuatro hombres, con bufandas, y dos de ellos con cascos; sentados en una mesa, tomaban cervezas. El cabo y el guardia, con una segunda copita de anisado en las manos, fueron a ocupar la. mesa contigua.
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «Lituma en los Andes»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Lituma en los Andes» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «Lituma en los Andes» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.