Creer siempre que va a llegar alguien, y luego ver que anochece y ya es demasiado tarde para esa visita.
Mirar siempre cómo se hincha la cortina, como si una pelota gigantesca se metiera en el cuarto.
En los floreros las flores forman ramos tan grandes que ya no son sino espesura, una hermosa maraña, como si aquello fuera una vida.
Y el esfuerzo que nos cuesta esa vida.
Pasar sobre botellas que aún siguen en la alfombra desde ayer. La puerta del armario de par en par, como en una cripta yace en su interior la ropa, tan vacía como si su dueño no existiera.
El otoño para los perros en el parque, para las bodas tardías en los jardines de verano en noviembre, con dinero prestado y grandes flores de un rojo encendido y palillos en las aceitunas.
La comarca llena de novias en coches prestados, la ciudad llena de fotógrafos con gorras a cuadros. Tras los vestidos de novia se rompe la película.
Muchacha arrugada de ojos azules ¿adonde vas tan de mañana atravesando todo ese asfalto? Años y años cruzando el parque negro.
Cuando dijiste ya llega el verano, no pensaste en el verano. ¿Por qué hablas ahora del otoño, como si no fuera de piedra esta ciudad, como si alguna hoja pudiera secarse en ella?
Tus amigos tienen sombras en el pelo y te observan cuando estás triste, y se acostumbran y se resignan a ello. Eso es lo que eres ¿Qué puede uno hacer cuando, sea cual sea el tema de conversación, se habla siempre de perder? ¿Qué puede aún ser útil cuando el miedo en las copas de vino ayuda a combatir el miedo y la botella se va vaciando más y más?
Cuando la carcajada es estentórea, cuando se descoyuntan de risa, cuando se ríen hasta morir, ¿qué puede aún ser útil?
Y eso que aún somos jóvenes.
Y ha vuelto a caer un dictador, y la mafia ha vuelto a matar a alguien, y un terrorista agoniza en Italia.
No puedes beber, muchacha, para combatir tu miedo. Vas vaciando a sorbos esa copa como todas las mujeres que no tienen una vida, que no tienen cabida en este jaleo. Ni tampoco en el suyo propio.
Aún te lo pasarás mal, muchacha, dicen tus amigos.
Hay un vacío en tus ojos. Hay algo vacío y rancio en tus sentimientos. Lástima por ti, muchacha, lástima.
Para Richard
Las cinco y media de la mañana. Suena el despertador.
Me levanto, me quito el vestido, lo pongo sobre la almohada, me pongo el pijama, voy a la cocina, me meto en la bañera, cojo la toalla, me lavo la cara con ella, cojo el peine, me seco con él, cojo el cepillo de dientes, me peino con él, cojo la esponja de baño, me cepillo los dientes con ella. Luego voy al cuarto de baño, me como una rebanada de té y me bebo una taza de pan.
Me quito el reloj de pulsera y los anillos.
Me quito los zapatos.
Me dirijo a la escalera y abro la puerta del apartamento.
Cojo el ascensor del quinto piso hasta el primero.
Luego subo nueve peldaños y estoy en la calle.
En la tienda de ultramarinos me compro un periódico, luego camino hasta la parada de tranvía y me compro unos bollos, y al llegar al quiosco de periódicos me subo al tranvía.
Me bajo tres paradas antes de subir.
Le devuelvo el saludo al portero, que me saluda luego y piensa que otra vez es lunes y otra vez se ha acabado la semana.
Entro en la oficina, digo adiós, cuelgo mi chaqueta en el escritorio, me siento en el perchero y empiezo a trabajar. Trabajo ocho horas.
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[1]Los apellidos mencionados significan, por orden de aparición: zapatero, sastre, carretero, lobo, oso y zorro. (N. del T.)