Anna Gavalda - El consuelo

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Charles Balanda tiene 47 años y una vida que a muchos les parecería envidiable. Casado y arquitecto de éxito, pasa las horas entre aviones y aeropuertos. Pero un día se entera de la muerte de Anouk, una mujer a la que amó durante su infancia y adolescencia, y los cimientos sobre los que había construido su vida empiezan a resquebrajarse: pierde el sueño, el apetito y abandona planes y proyectos. Será el recuerdo de Anouk, una persona tremendamente especial que no supo ni pudo vivir como el resto del mundo, lo que le impulsará a dar un giro radical y cambiar su destino.

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Tercer domingo de cuaresma.

La lluvia nos caló hasta los huesos, la helada endureció el pesado paño de nuestros hábitos y nuestras barbas, y anquilosó nuestros miembros. El barro nos manchó las manos, los pies y el rostro, el viento nos llenó de arena. El movimiento de la marcha…

– …ya no hace balancear los pliegues helados sobre nuestros cuerpos descarnados -recitó Charles bajito después de bajar la ventanilla para desahumarse.

Desahumarse… Pero ¿qué palabra es ésta? Eh, Charles, ¿no habrás querido decir más bien «para respirar»?

Sí, sonrió, dándole otra calada a su cigarrillo, exactamente. No se os puede ocultar nada, ya lo veo…

A esas horas tendría que haber estado muerto de aburrimiento en la mansión del tío Güito tragándose el rollo de los vendedores de reinforced concrete, y, en lugar de eso, entrecerraba los párpados para no perderse el cartel de la salida de la autopista.

Tomaba el aire, sacudía el pesado paño de su hábito y conducía hacia la luz.

Hacia sus votos rotos, su ingenuidad, el borrador de su juventud o lo poco de él que palpitaba todavía.

Se estremeció. No trató de averiguar si era de placer, de frío o de angustia, subió la ventanilla y se puso a buscar un bar donde tomarse un café de verdad con olores de verdad a tabaco frío, paredes sucias de verdad, pronósticos de verdad para la quinta carrera, broncas de verdad, borrachos de verdad y un dueño de verdad con un malhumor de verdad bajo un bigote de verdad.

* * *

La arquitectura imponente de la iglesia, de dimensiones comparables a las de la catedral de Soissons, es el fruto de un compromiso entre el fasto de la abadía real y la austeridad ásterciense… Pensativo, Charles levantó la cabeza y… no vio nada… pero, poco tiempo después de la Revolución, seguía explicando el panel, el marqués de Travalet, que ya había transformado la abadía en una fábrica textil, la mandó derruir por completo con el fin de recuperar las piedras para construir las viviendas de sus obreros. ¿En serio? Vaya, ¿y por qué no le habían cortado la cabeza a ese estúpido?

Por lo que hoy en día ya no hay monjes en la abadía de Royaumont.

Sino artistas alojados en una residencia. Y un salón de té. Fantástico, oye.

Menos mal que el claustro sigue en pie.

Charles lo recorrió con las manos en la espalda, se apoyó contra una columna y observó largo rato la forma de los nidos colgados del arco crucero.

Éstas sí que sabían construir…

El lugar y el instante le parecieron absolutamente perfectos como punto final de una función. Ya podían bajar el telón.

Adiós, adiós, golondrinas, Nounou no tuvo ocasión de volver a lucir el traje elegante de su primera comunión.

Un día no volvió. Al día siguiente tampoco. Ni la semana siguiente.

Anouk los tranquilizaba: seguramente le habrá surgido algo. Se quedaba pensando: se habrá ido a visitar a su familia, creo que me habló de que tenía una hermana en Normandía… Trataba de convencerse: y si tuviera un problema, me lo habría dicho, y… callaba.

Callaba y se levantaba por la noche para preguntarle a la primera botella que pillaba si tenía noticias suyas.

La situación era desconcertante. Lo sabían todo del Nounou de pestañas postizas y el cabaret Bobino, el Rincón del Arte, el Alhambra y toda la pesca, pero desconocían su nombre y dónde vivía. Y eso que se lo habían preguntado, pero… «Por ahí…», y sus anillos describían un gesto vago en el aire, por encima de los tejados de París. Ellos no insistían. Nounou ya había bajado la mano, y «por ahí» les parecía tan lejos…

– ¿Queréis que os diga dónde vivo? Vivo en mis recuerdos… Un mundo que hace tiempo que no existe ya… Os he contado cómo calentábamos el lápiz de ojos a la luz de la bombilla y…

Los chicos suspiraban. Sí, nos lo has contado mil veces. André no sé qué con su cerezo rosa y su manzano blanco, el Maestro Yo-Yo y sus ruiseñores amaestrados, arriba el telón todas las noches, y aquel ruso al que le ataban las manos y que para beberse el vodka tenía que arrancar de un mordisco el cuello de la botella, y la dueña de L'Échelle de Jacob que había encerrado a un periodista en la carbonera, y Milord el Arsouille, y el chucho Jeannot de Flandes que se subía a las mesas y metía el hocico en las copas de champán de las dientas guapas antes de llevárselas al borracho de su amo, y la noche en que Barbara subió a escena en L'Écluse y tuviste que volver a maquillarte de lo mucho que lloraste…

Ante tanta perfidia, Nounou se enfurruñaba, y la única manera de que se dejara de comedias era pedirle que imitara a la cantante Fréhel. Se hacía un poco de rogar, claro, pero luego inflaba los carrillos, le robaba un cigarro a Anouk, se lo pegaba en el labio, se ponía en jarras y cantaba a pleno pulmón con una voz muy ronca:

Ohé, les cóóópains!

V'nez vous rincer la gueu-heu-leu!

Ce soir je suis toute seu-heu-le!

II est mort ce matin!

Los dos chicos se partían de risa, y los Rolling podían irse a paseo. Con eso ya tenían toda la satisfaction que necesitaban.

– Y cuando no estoy en mis recuerdos, vivo con vosotros, ya lo veis…

Vale, pero ¿dónde estás entonces, todo este tiempo, si tu historia de amor más bonita somos nosotros?

Anouk investigó en el hospital, encontró el historial de la madre, llamó por teléfono, le confió su preocupación a la famosa hermana de Normandía, escuchó lo que ésta le contestó, colgó el teléfono y se cayó de la silla.

Sus colegas la ayudaron a levantarse, insistieron en tomarle la tensión y terminaron por darle un terrón de azúcar, que Anouk escupió junto con un chorro de saliva.

Cuando los chicos vieron su rostro a la salida del colegio aquella tarde supieron que Nounou ya no vendría a recogerlos nunca más.

Anouk se los llevó a merendar.

– No nos dábamos cuenta por el maquillaje y todo eso, pero el caso es que… era ya muy mayor, Nounou…

– ¿Y de qué ha muerto? -preguntó Charles.

– Pues os lo acabo de decir. De viejo…

– Entonces, ¿ya no lo volveremos a ver nunca más?

– ¿Por qué decís eso? No… yo, yo… lo veré siempr…

Fue su primer entierro, y los chicos vacilaron un segundo antes de soltar su puñadito de lentejuelas y de confeti sobre el ataúd, en la fosa: ¿quién era ese Maurice Charpieu?

Nadie vino a saludarlos.

El cementerio se quedó vacío. Anouk buscó sus manos, avanzó hasta el borde del abismo y murmuró:

– Bueno, ¿qué, Nounou…? ¿Te has reunido ya con toda esa gente maravillosa de la que siempre nos has hablado hasta aburrirnos? Vaya jolgorio estaréis montando ahí arriba, ¿no? ¿Y… y tus pequeños caniches? Dinos… ¿están allí ellos también?

Después los chicos se fueron a dar un paseo, y ella se sentó junto a él como lo había hecho años atrás.

Le tiró piedrecitas a la cabeza por el gusto de verle levantar los ojos al cielo una vez más con un gesto de exasperación y se fumó un último cigarro con él.

Gracias, decían las volutas de humo. Gracias.

Volvieron a casa en silencio y, en el momento exacto en que debían de estar diciéndose, los tres, que la vida era el número de cabaret más infame del mundo, Alexis se inclinó hacia delante para subir el volumen.

Leo Ferré les repetía que era fantástico y, está bien -pero sólo porque era él y porque Nounou lo había conocido de pequeño-, quisieron creerlo durante los tres minutos que duraba su puta canción. Después Alexis apagó la radio, cambió de tema y repitió séptimo.

Una noche Anouk, que hacía tiempo que le daba vueltas a esa historia en la cabeza, se atrevió a preguntarle:

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