Anna Gavalda - El consuelo

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Charles Balanda tiene 47 años y una vida que a muchos les parecería envidiable. Casado y arquitecto de éxito, pasa las horas entre aviones y aeropuertos. Pero un día se entera de la muerte de Anouk, una mujer a la que amó durante su infancia y adolescencia, y los cimientos sobre los que había construido su vida empiezan a resquebrajarse: pierde el sueño, el apetito y abandona planes y proyectos. Será el recuerdo de Anouk, una persona tremendamente especial que no supo ni pudo vivir como el resto del mundo, lo que le impulsará a dar un giro radical y cambiar su destino.

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– ¿Iba maquillado y todo?

– No, era algo aún más indefinible… Parecía un bebé muy viejo… Con ese acné rosáceo que tenía en la cara, esos ojos como gelatinosos, esos guantes de piel de cabra y sus cuellos de camisa no muy limpios. Terrible, te digo…

– ¿Y te siguió hasta casa?

– Sí. Quería ver dónde vivía. Pero no quiso subir a tomar algo. Y sabe Dios si insistí, pero no, no había manera de convencerlo.

– ¿Y después?

– Después me despedí de él. Le dije que sentía haberlo aburrido con todas mis historias y que podía volver cuando quisiera. Que siempre sería bienvenido, y que a mi hijo le encantaría oír hablar de Fulanitojak, o como demonios se llamara, pero que, sobre todo, sobre todo, no debía volver al hospital… ¿Prometido?

»Me alejé buscando las llaves y oí: "¿Sabes, tesoro, que yo también era un artista?" Toma, pues claro, ¡si ya me lo imaginaba! Me di la vuelta para despedirme por última vez. "Artista de music-hall…? "¿Ah, sí?"

»Y entonces, Charles, entonces… Trata de imaginarte la escena-La noche, su sombra, esa voz tan rara que tenía, el frío, los contenedores de basura y toda la pesca… De verdad, no las tenía todas conmigo… Ya me veía en la sección de sucesos del periódico del día siguiente… "¿No me crees?", añadió. "Mira…"

»Metió entonces la mano entre los botones de su abriguito, y ¿sabes lo que sacó?

– ¿Una foto?

– No. Una paloma.

– Qué fuerte…

– Ya te digo… Anda que no nos hizo shows, ¿verdad? Pero para mí ése será siempre el más bonito… Era a la vez tan loco, tan hortera y tan poético… Era… era Nounou… Tendrías que haber visto su cara… Una cara de felicidad total… Y entonces se me escapó una sonrisa enorme que ya no se me despegó de los labios. Me tomé el café, me lavé los dientes y me fui a la cama con esa sonrisa y… ¿sabes qué?

– ¿Qué?

– Esa noche, y por primera vez durante años… años y años… dormí bien, bien de verdad. Sabía que iba a volver… Sabía que iba a cuidar de nosotros y que… No sé… me sentía segura… Nounou había visto bien que mi línea de la suerte era aún más corta que la del amor… Me había llamado «tesoro» acariciando la cabeza de su pajarito y enseñando unos dientes todos renegridos… Iba… iba a querernos, estaba segura. Y, ya ves, por una vez no me equivocaba… Los años con Nounou fueron los más bonitos de mi vida. Al menos los menos duros… Y todos esos fuegos artificiales que iban a ocurrir dos años más tarde, para mí estaba claro: era por él. El artificiero era él. Él, ese enanito alegre y saltarín fue mi revolución y… ah… qué felices fuimos con él…

– Esto… perdona que sea tan ramplón, pero… ¿todos esos días que pasó en el hospital tenía siempre la paloma en el bolsillo?

– Tiene gracia que me lo preguntes porque es precisamente algo que le pregunté yo a él poco después, y nunca quiso contestarme… Me di cuenta de que el tema lo incomodaba y no insistí. Sólo años más tarde, un día que debía de sentirme particularmente mal y que seguramente me había venido abajo una vez más, Nounou me mandó una carta. La única que me escribió nunca, de hecho. Espero no haberla perdido… Me decía cosas muy bonitas, cosas halagadoras que nadie me había dicho nunca… Sí, una carta de amor ahora que lo pienso… y, al final, terminaba con estas palabras:

»¿Recuerdas aquella noche, en el hospital? Sabía que ya nunca más volvería a mi casa y por eso llevaba a Mistinguett en el bolsillo. Para liberarla antes de… Pero entonces llegaste tú, y volví a casa después de todo.

Le brillaban los ojos.

– ¿Y cuándo volvió?

– Dos días después… A la hora de merendar… Muy elegante, con el pelo teñido de otro color, un ramo de rosas y caramelos de regaliz para Alexis. Le enseñamos la casa, el colegio, las tiendas del barrio, tu casa… Y… nada más. Lo que vino después ya lo sabes.

– Sí.

Me brillaban los ojos.

– El único problema por aquel entonces era Mado…

– Lo recuerdo… Ya no me dejaban ir a vuestra casa…

– Sí. Y ya ves… al final consiguió ganarse también su cariño…

* * *

En ese momento no me atreví a llevarle la contraria, pero la cosa no había sido tan fácil…

Mi madre no era exactamente una palomita blanca que cerrara los ojos cuando la acariciaban en el sentido de las plumas. Alexis seguía siendo bienvenido en nuestra casa, pero a mí me prohibieron ir a la suya.

Yo oía palabras nuevas, palabras sobre Nounou que no parecían muy amables. Moralidad, abusos deshonestos, peligro. Palabras que me parecían totalmente estúpidas. ¿Qué peligro? ¿Tener caries porque nos daba demasiados caramelos? ¿Oler a chica porque nos daba demasiados besos? ¿Sacar peores notas en el colegio porque no dejaba de repetirnos que éramos príncipes y que más tarde nunca necesitaríamos trabajar? Pero mamá… No nos lo creíamos, ¿sabes? Además, siempre se equivocaba en todas sus predicciones. Nos había jurado que ganaríamos el circuito de las 24 horas en la tómbola de la feria y no ganamos nada de nada, así que ya ves…

No, si mi madre terminó por ceder fue porque yo por una vez no tiré la toalla. ¡Estuve doce horas sin comer y nueve días sin dirigirle la palabra! Y el Mayo del 68 terminó también por tambalear un poco sus convicciones… Puesto que el mundo corría hacia su perdición, pues nada, hala, hijo, ve, ve a jugar a las canicas…

Volví a su casa, pero de milagro y con recomendaciones y horarios muy estrictos. Con advertencias sobre gestos, sobre mi cuerpo, sobre sus manos, sobre… Con frases que yo no entendía en absoluto.

Hoy, por supuesto, veo las cosas de otra manera… Si yo tuviera un hijo, ¿se lo confiaría a una niñera tan híbrida como Nounou? No lo sé… Probablemente yo también tendría reticencias… Pero no… No teníamos nada que temer… En todo caso, nunca hubo el más mínimo equivoco. Lo que Nounou hacía por las noches era otra historia, pero con nosotros era el más púdico de los hombres. Un ángel. Un ángel de la guarda que se perfumaba al pachulí y nos dejaba jugar a la guerra en paz.

Y después se convirtió en un pretexto. Era Anouk la que molestaba a mi madre, y eso también puedo entenderlo. La turbación de mi padre el otro día vale por todas las explicaciones del mundo…

Podía ir a jugar a las canicas, pero llegó un tiempo en que ya no podía pronunciar su nombre en casa. Ignoro lo que pasó exactamente. O lo sé demasiado bien. Ningún hombre habría querido vivir con ella, pero todos estaban dispuestos a asegurarle lo contrario…

Cuando estaba alegre, cuando los vértigos la dejaban en paz, cuando se soltaba el pelo y prefería andar descalza, cuando recordaba que su piel seguía siendo suave y que… entonces era como un sol. Dondequiera que fuera, dijera lo que dijese, volvía las miradas a su paso, y todo el mundo quería un poquito de ella. Todo el mundo quería cogerla del brazo, aunque para ello tuviera que hacerle un poco de daño, y, de hecho, le hacían un poco de daño, para dejar de oír un segundo el ruido de sus pulseras chocando entre sí. Sólo un segundo. El tiempo de una mueca o de una mirada; de un silencio, de un abandono, de cualquier cosa de ella, lo que fuera. De verdad lo que fuera. Pero sin tener que compartirlo con nadie.

Oh, sí… Anda que no debía de haber oído mentiras, Anouk…

¿Acaso estaba yo celoso? Sí.

No.

A la fuerza había aprendido a reconocer esas miradas y ya no me daban miedo. No tenía más que envejecer, y me empleaba en ello. Día tras día. Estaba esperanzado.

Además, lo que yo sabía de ella, lo que me había dado, lo que me pertenecía, ellos, todos los demás, no lo tendrían nunca. Con ellos Anouk cambiaba la voz, hablaba demasiado rápido, reía demasiado fuerte, pero conmigo, no, conmigo era la misma de siempre.

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