Anna Gavalda - El consuelo

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Charles Balanda tiene 47 años y una vida que a muchos les parecería envidiable. Casado y arquitecto de éxito, pasa las horas entre aviones y aeropuertos. Pero un día se entera de la muerte de Anouk, una mujer a la que amó durante su infancia y adolescencia, y los cimientos sobre los que había construido su vida empiezan a resquebrajarse: pierde el sueño, el apetito y abandona planes y proyectos. Será el recuerdo de Anouk, una persona tremendamente especial que no supo ni pudo vivir como el resto del mundo, lo que le impulsará a dar un giro radical y cambiar su destino.

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Así que era a mí a quien amaba.

Pero ¿qué edad tengo, para hablar así? ¿Nueve años? ¿Diez?

¿Y por qué este convencimiento de que Anouk me correspondía por derecho? Porque mi madre, mis hermanas, las maestras, las jefas de exploradores y todas las otras mujeres de mi entorno me desesperaban. Eran feas, no entendían nada, sólo les preocupaba saber si me sabía las tablas de multiplicar y si me había cambiado de camiseta.

Claro.

Claro, puesto que yo no tenía más meta que crecer para librarme de ellas.

Mientras que Anouk… Precisamente porque no tenía edad o porque yo era la única persona del mundo que la escuchaba y que sabía cuándo mentía, Anouk no se había inclinado sobre mí, no soportaba que me llamaran Charlie o Charlot, decía que yo tenía un nombre dulce y elegante, que cuadraba conmigo, me preguntaba siempre mi opinión y reconocía que a menudo tenía razón.

¿Y por qué yo, que no levantaba tres palmos del suelo, estaba tan confiado?

¡Anda, pues porque me lo había dicho ella!

Me había quedado a dormir en casa de Alexis y, antes de salir para el colegio, Anouk nos había metido la merienda en la cartera.

A la hora del recreo nos habíamos reunido con los demás niños con nuestra bolsita de canicas en una mano y, en la otra, nuestros paquetitos envueltos en papel de aluminio.

– ¡Hala! -se había entusiasmado Alexis, abriendo el suyo-, ¡galletas que hablan!

En cuclillas, yo dibujaba una pista (ya entonces…) sobre el suelo del patio.

Te tengo en la punta de la lengua y Me haces gracia -leyó en voz alta antes de zampárselas.

Yo me frotaba las manos sobre los muslos.

– ¿Y a ti? ¿Qué te ha tocado?

– ¿A mí? -dije, un poco decepcionado al ver que a mí sólo me había puesto una galleta.

– Venga, dime.

– Nada…

– ¿No pone nada?

– Sí, pero pone eso: «Nada.»

– Bah… Vaya porra… Bueno, entonces ¿quién empieza, a ver?

– Tú -dije, poniéndome de pie para poder guardarme la galleta en el bolsillo de la cazadora.

Jugamos y perdí mucho aquel día… Todos mis ojos de gato…

– ¡Oye! Pero ¿qué te pasa hoy que juegas tan mal?

Yo sonreía. Ahí, en medio del polvo, y luego en fila para entrar en clase, tocándome el bolsillo, y luego en mi taquilla y por fin en mi cama, después de haberme levantado varias veces para cambiar la galleta de escondite, sonreía.

«Te amo con locura.»

Cuarenta años después, Charles no recordaba haber recibido nunca una declaración más eficaz…

La galleta se desmenuzó, y terminó por tirarla a la basura. Luego aquel niño creció, se marchó, volvió y Anouk rió. Y él la creyó. Y el niño envejeció, engordó, y… ella murió.

Fin de la historia.

Vamos, vamos, Balanda, si no era más que una galleta… ¿Sabes cómo las llaman hoy en día en las tiendas de comestibles en plan retro? Galletitas divertidas. Y además no eras más que un niño.

Todo esto es ridículo, ¿verdad?

Ridículo.

Sí, pero…

No tuvo tiempo de justificarse. Se quedó dormido.

3

En el aeropuerto lo esperaba un chófer con su nombre escrito en un cartel.

En el hotel lo esperaba una habitación con su nombre escrito en una pantalla de televisión.

Sobre la almohada, una chocolatina y el pronóstico del tiempo para el día siguiente.

Cielos nubosos.

Empezaba otra noche, y Charles no tenía sueño. Ya estamos, suspiró, otra vez la jodienda del desfase horario. En el pasado no le habría dado ninguna importancia, pero hoy su pobre cuerpo se quejaba. Se sintió… desalentado. Bajó al bar, pidió un bourbon, leyó la prensa local y tardó un momento en darse cuenta de que las llamas del hogar no eran de verdad.

Tampoco era de verdad el cuero de su butaca, ni las flores, ni los cuadros, ni los paneles de madera que revestían las paredes, ni los estucos del techo, ni la pátina que cubría las superficies brillantes, ni los libros de la biblioteca, ni el olor a cera para muebles, ni la risa de esa mujer bonita en el bar, ni la amabilidad del señor que velaba porque no se cayera del taburete, ni la música, ni la luz de las velas, ni… Nada era de verdad, absolutamente nada. Era el Disneyworld de los ricos, y por muy lúcido que Charles fuera, formaba parte de todo eso él también. Sólo le faltaban las orejas de Mickey Mouse.

Salió al frío de la calle. Caminó durante horas y no vio nada más que edificios funcionales. Deslizó una tarjeta de plástico en la ranura de la habitación 408, apagó la calefacción, encendió el televisor, apagó el sonido, apagó la imagen, intentó abrir una ventana, soltó un taco, renunció, se dio la vuelta y se sintió, por primera vez en su vida, atrapado.

03:17 se tumbó

03:32 y se preguntó

04:10 con calma

04:14 sin ponerse nervioso

04:31 qué estaba

05:03 haciendo ahí.

Se dio una ducha, pidió un taxi y se volvió a su casa.

4

Nunca había pagado tanto dinero por un billete de avión ni había perdido tanto tiempo. Dos días enteros, nada menos. Perdidos. Irrecuperables. Sin proyecto, sin llamadas telefónicas, sin decisiones que tomar y sin responsabilidades. En un primer momento le pareció aberrante, y luego… tremendamente exótico.

Mató el rato en el aeropuerto de Toronto, hizo lo mismo durante la escala en Montreal, compró docenas de periódicos, tonterías para Mathilde, un cartón de tabaco y dos novelas policíacas que se dejó olvidadas sobre el mostrador.

Eran las ocho de la mañana cuando recogió su coche del aparcamiento. Se frotó los ojos, sintió la barba de varios días en las mejillas y se cruzó de brazos sobre el volante.

Reflexionó.

A falta de tener las ideas claras sobre todo lo demás, se ubicó geográficamente en este mundo, se entregó a lo más sencillo, se lamentó de que no hubiera por ahí cerca ninguna más bonita, reconoció que, a esas alturas, daba igual tocar cualquier piedra… Consultó sus mapas, le dio la espalda a la capital y, sin bastón de peregrino ni más meta que olvidar la fealdad acumulada en su retina y bajo las suelas de sus zapatos durante semanas, se marchó a visitar la abadía de Royaumont.

Y mientras volvía a tragarse una tras otra una sucesión de zonas urbanas, industriales, comerciales, transformables, residenciales y otros calificativos más enrevesados todavía, recordó aquella conversación surrealista que había tenido con un taxista la mañana del día en que se había enterado de su muerte… ¿Estaba Dios en su vida? No, saltaba a la vista que no… Pero sus arquitectos, sí. Y desde siempre.

Más que a la súplica de Anouk al pie de esas monstruosidades de hormigón que la ayudaron a renunciar definitivamente a su familia, Charles debía gran parte de su vocación a los cistercienses. De una lectura que había hecho de adolescente, para ser más precisos. La recordaba como si fuera ayer… Él, enardecido en su habitacioncita de la periferia, en una casa situada a tiro de piedra de la nueva autopista de circunvalación, y devorando este libro, Las piedras salvajes, de Fernand Pouillon.

Enganchado a lo que relataba ese monje genial que, año tras año, privación tras privación, luchando contra la duda y la gangrena, extraía de una tierra árida su abadía, su obra maestra. La impresión había sido tal que siempre se había prohibido a sí mismo releer el libro. Quería que al menos una parte de él, y pese a las desilusiones que lo aguardaban en la vida, permaneciera intacta…

No, no reviviría los tormentos del maestro Paul en su cantera desolada, ni la Regla a la que se habían doblegado los conversos, ni la muerte espantosa de la mula aplastada bajo el tiro, pero las primeras frases no las había olvidado y todavía a veces se las recitaba bajito para volver a sentir la textura de la piedra ocre, el mango de las herramientas y la exaltación de su adolescencia:

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