Kate Morton - El jardín olvidado

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Una niña desaparecida en el siglo XX…
En vísperas de la Primera Guerra Mundial, una niña es abandonada en un barco con destino a Australia. Una misteriosa mujer llamada la Autora ha prometido cuidar de ella, pero la Autora desaparece sin dejar rastro…
Un terrible secreto sale a la luz…
En la noche de su veintiún cumpleaños, Nell O’Connor descubre que es adoptada, lo que cambiará su vida para siempre. Décadas más tarde, se embarca en la búsqueda de la verdad de sus antepasados que la lleva a la ventosa costa de Cornualles.
Una misteriosa herencia que llega en el siglo XXI…
A la muerte de Nell, su nieta Casandra recibe una inesperada herencia: una cabaña y su olvidado jardín en las tierras de Cornualles que es conocido por la gente por los secretos que estos esconden. Aquí es donde Casandra descubrirá finalmente la verdad sobre la familia y resolverá el misterio, que se remonta un siglo, de una niña desaparecida.

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Contra el muro sur, crecía un antiguo y nudoso árbol. Cassandra se acercó. Se dio cuenta de que era el manzano, cuya rama había traspasado el muro. Alzó su mano para tocar una de sus doradas frutas. El árbol tenía unos cinco metros de alto y tenía la forma del bonsái que Nell le había dado a Cassandra por su duodécimo cumpleaños. Con el paso de las décadas el pequeño tronco se había inclinado y alguien se había tomado el trabajo de apuntalarlo con un madero bajo una larga rama para absorber parte de su peso. Una quemadura, a medio camino, sugería que había sido herido por un relámpago años atrás. Cassandra pasó sus dedos a lo largo de la quemadura.

– Este lugar es mágico, ¿no? -Christian estaba de pie en el centro del jardín, junto a un herrumbroso banco metálico-. Incluso de niño pude percibirlo.

– ¿Solías venir aquí?

– Todo el tiempo. Lo consideraba mi lugar secreto. Nadie más sabía de él. -Se encogió de hombros-. Bueno, casi nadie.

Más allá de Christian, al otro lado del jardín, Cassandra pudo ver algo brillando contra la pared cubierta de hiedra. Se acercó. Era de metal, brillante bajo el sol. Una puerta. Zarcillos como cuerdas la cubrían, una telaraña gigante bloqueando la entrada a la madriguera de la araña. O la salida, dependiendo del caso.

Christian se acercó y entre ambos retiraron varias de las ramas. Había un picaporte de bronce, ennegrecido por el tiempo. Cassandra lo sacudió. La puerta estaba cerrada.

– Me pregunto adónde conduce.

– Hay un laberinto al otro lado que atraviesa toda la propiedad -explicó Christian-. Termina cerca del hotel. Michael ha estado trabajando para recuperarlo en estos últimos meses.

El laberinto, por supuesto. Ella conocía su existencia. ¿Dónde había leído Cassandra sobre el laberinto? ¿En el cuaderno de Nell? ¿En uno de los folletos turísticos del hotel?

Una temblorosa libélula pasó cerca, antes de salir volando; luego ambos se volvieron hacia el centro del jardín.

– ¿Por qué compró tu abuela la cabaña? -preguntó Christian, quitándose una hoja seca del hombro.

– Nació en los alrededores.

– ¿En el pueblo?

Cassandra dudó, preguntándose cuánto más podía revelar.

– En esta propiedad, a decir verdad. Blackhurst. No lo supo sino a la muerte de su padre adoptivo, cuando tenía unos sesenta años. Averiguó que sus padres eran Rose y Nathaniel Walker. Él era…

– Un artista, lo sé. -Christian tomó un palo del suelo-. Tengo un libro con ilustraciones suyas, un libro de cuentos de hadas.

¿Cuentos mágicos para niñas y niños?

– Sí. -La miró sorprendido.

– Yo también tengo una copia.

Él enarcó las cejas.

– No se imprimieron muchas, ¿sabes?, no para las cifras de hoy día. ¿Sabías que Eliza Makepeace solía vivir aquí, en la cabaña?

Cassandra negó con la cabeza.

– Sabía que había vivido en la propiedad…

– La mayor parte de las historias fueron escritas en este jardín.

– Sabes mucho sobre ella.

– Últimamente he estado releyendo sus cuentos de hadas. De pequeño los adoraba, desde que encontré una vieja copia en una tienda de artículos de segunda mano. Había algo encantado en ellos, más de lo que se percibe a simple vista. -Pateó la tierra con su bota-. Es bastante patético, supongo, un hombre hecho y derecho leyendo cuentos de hadas para niños.

– No lo creo. -Cassandra observó que estaba alzando y dejando caer los hombros, las manos en los bolsillos, casi como si estuviera nervioso-. ¿Cuál es tu favorito?

Inclinó la cabeza, entrecerrando un poco los ojos al sol.

– «Los ojos de la vieja».

– ¿De veras? ¿Por qué?

– Siempre me pareció distinto al resto. De algún modo, más significativo. Además estaba enamorado como el niño de ocho años que era de la princesa. -Sonrió con timidez-. ¿Qué puede no gustarte de una princesa cuyo castillo ha sido destruido, sus súbditos expulsados y que sin embargo reúne el suficiente coraje para salir de expedición en busca de los ojos perdidos de la vieja?

Cassandra también sonrió. El cuento de la valiente princesa que no sabía que lo era había sido el primero de los cuentos de hadas de Eliza que había leído. En aquel caluroso día en Brisbane, cuando tenía diez años y había desobedecido las órdenes de su abuela, descubriendo la maleta bajo la cama.

Christian rompió el palo por el medio y tiró los pedazos a un lado.

– Supongo que intentarás vender la cabaña.

– ¿Por qué? ¿Estás interesado en comprarla?

– ¿Con el sueldo que me paga Mike? -Se miraron por un momento-. Lo veo imposible.

– No sé cómo la voy a poner a punto -comentó ella-. No imaginaba cuánto trabajo me esperaría aquí. El jardín, la casa misma. -Hizo un gesto hacia la pared sur-. Hay un agujero en el maldito techo.

– ¿Cuánto tiempo te quedarás?

– Me registré en el hotel por otras tres semanas.

Asintió.

– Eso debería ser tiempo suficiente.

– ¿Tú crees?

– Seguro.

– Cuánta fe. Y eso que no me has visto blandiendo un martillo.

Se acercó para enredar un brote de glicinia con otros.

– Yo te ayudaré.

Cassandra se sintió avergonzada: él habría pensado que se lo estaba pidiendo.

– No quise decir… no tengo… -exhaló-. No tengo dinero para los arreglos. Nada de nada.

Él sonrió, la primera plena sonrisa que le había visto.

– Mi sueldo es bastante ridículo. Así al menos podría ganarlo trabajando en un lugar que amo.

33

Cornualles, 1975

Nell miró en dirección al encrespado mar. Era el primer díanublado que le tocaba desde su llegada a Cornualles y toda la tierra parecía temblar. Las blancas cabañas aferrándose a los viejos peñascos, las plateadas gaviotas, el cielo gris reflejando el esponjado mar.

– La mejor vista en todo Cornualles -dijo la agente inmobiliaria.

Nell no se dignó responder a tan insulso comentario. Continuó mirando las olas rolar desde la pequeña buhardilla.

– Hay otro dormitorio al lado. Más pequeño, pero es un dormitorio.

– Necesito más tiempo para examinarlo -dijo Nell-. Me reuniré con usted en el piso inferior cuando termine.

La agente pareció conformarse con ser ignorada, y en menos de un minuto Nell la vio salir hasta la verja, envolviéndose en su abrigo.

Nell miró a la mujer batallando contra el viento para encender un cigarrillo, y luego dejó que su mirada se perdiera en el jardín. No podía ver mucho desde allí arriba, tenía que asomarse a través de un tupido tapiz de enredaderas, pero logró distinguir la pétrea cabeza de la estatua del niño.

Nell se inclinó sobre el polvoriento marco de la ventana, sintiendo la madera erosionada por la sal debajo de las palmas de la mano. Ahora sabía que de niña había estado en esa cabaña. Había estado de pie en ese mismo lugar, en esa habitación, mirando ese mismo mar. Cerró los ojos y se esforzó en esclarecer su memoria.

Había habido una cama allí donde ella estaba, una cama simple, sencilla, con acabados de bronce, remates redondos que necesitaban ser pulidos. Desde el techo caía un cono invertido de tul, como el blanco velo que colgaba del horizonte cuando las tormentas agitaban el mar distante. Un edredón, fresco bajo sus rodillas; barcos pesqueros oscilando con la marea, pétalos de flores flotando en la fuente, abajo.

Sentada en esa ventana que sobresalía de los muros de la cabaña como si estuviera colgada de la cima de un peñasco, como la princesa de uno de sus cuentos favoritos, convertida en ave y encerrada en la jaula de oro, colgando…

Se oyeron voces en el piso inferior, su papá y la Autora.

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