Sus lágrimas lo cegaron hasta tal punto que no se dio cuenta de que su caída había sido observada. No hasta que sintió un golpecito en el brazo. Alzó la vista y vio a su hermanita de pie, junto a él, sosteniendo algo que le entregaba. Era Claudine, su muñeca favorita.
– Linus triste -dijo-. Pobre Linus. Claudine pone contento a Linus.
Linus se quedó mudo, había aceptado la muñeca, mirando a su hermanita mientras ella se sentaba a su lado.
Con un incierto desdén empujó uno de los párpados de Claudine, de modo que quedara hundido. Miró a ver qué efecto tenía el vandalismo sobre su hermanita.
Se estaba chupando el pulgar, mirándolo, los grandes ojos azules llenos de empatía. Tras un instante ella tomó la muñeca y hundió el otro párpado de Claudine.
A partir de ese día, formaron un equipo. Sin quejas, sin siquiera fruncir el ceño, ella toleró los ataques de ira de su hermano, su cruel humor, todas las cosas que el rechazo le había impuesto. Permitió que peleara con ella y la reprendiera, para después abrazarla.
Si sólo los hubieran dejado solos todo habría salido bien. Pero sus padres no podían tolerar que alguien lo quisiera. Los escuchó hablar en voz baja -tanto tiempo juntos, no es adecuado, no es saludable- y en cuestión de meses él fue enviado interno a un colegio.
Sus notas eran desastrosas. Linus se aseguraba de ello, pero su padre había cazado en una ocasión con el director del Balliol College por lo que le hallaron ubicación en Oxford. Lo único positivo que resultó de sus días universitarios fue el descubrimiento de la fotografía. Un tutor de inglés, sensible, le había permitido que usara su cámara y luego lo asesoró para que comprara una.
Y finalmente, cuando cumplió los veintitrés, Linus regresó a Blackhurst. ¡Cómo había crecido su poupée! Trece años y tan alta. La más larga cabellera roja que hubiera visto. Por un tiempo se sintió intimidado frente a ella; había cambiado tanto que tendría que conocerla de nuevo. Pero un día, cuando estaba tomando fotografías cerca de la cala, ella había aparecido en su visor. Sentada en la cima de la roca negra, mirando el mar. La brisa salada le agitaba los cabellos, los brazos en torno a las rodillas, y sus piernas, sus piernas estaban desnudas.
Linus casi no podía respirar. Parpadeó, continuó mirando mientras ella giró la cabeza con lentitud, mirándolo directamente. Mientras que otros modelos no podían ocultar la artificialidad en su mirada, Georgiana era completamente natural. Parecía mirar más allá de la cámara, directamente a sus ojos. Los suyos eran los mismos ojos comprensivos que lo habían visto llorar todos esos años atrás. Sin pensarlo, apretó el disparador de la cámara. Su rostro, su rostro perfecto, era suyo para ser capturado.
* * *
Con delicadeza, Linus sacó la copia fotográfica del bolsillo de su abrigo. Tuvo cuidado, puesto que ahora era vieja, gastada en los bordes. La última luz del sol casi había desaparecido, pero si la sostenía en el ángulo correcto…
¿Cuántas veces se había sentado así a mirarla, a examinarla después de que desapareciera? Era la única copia que tenía, porque cuando Georgiana se fue, alguien -¿Madre? ¿Adeline? ¿Uno de los criados?- había entrado en el cuarto oscuro llevándose los negativos. Sólo le quedaba ésta, salvada porque la llevaba siempre consigo.
Pero ahora tenía una segunda oportunidad y no la perdería. Ya no era un niño, sino el amo de Blackhurst. Sus padres hacía mucho que yacían en sus tumbas. Sólo quedaban esa agotadora esposa suya y su enfermiza hija, y ¿quiénes eran ellas para oponerse a la marcha de Linus? Había cortejado a Adeline para castigar a sus padres por la huida de Georgiana, y el compromiso había infligido un golpe final tan brutal que el tolerar a esa mujer en su casa le había parecido un precio bajo a pagar. Y así había sido. Y continuaría siendo. Ella era ignorada con facilidad. Él era el amo, y lo que quería, lo tendría.
Eliza. Permitió que el sonido escapara de sus labios, se alojara en los rizos de su barba. Sus labios estaban temblorosos y sentía la piel fría.
Iba a hacerle un regalo. Algo que inspirara gratitud. Algo que sabía que ella deseaba, porque ¿cómo no iba a hacerlo si su madre lo había deseado tanto antes que ella?
Cassandra cruzó la verja y volvió a impresionarse con el extraño y pesado silencio que flotaba en torno a la cabaña. También había otra cosa, algo que ella sentía pero a lo que no podía dar nombre. Una extraña sensación de confabulación. Como si al atravesar la entrada estuviera aceptando un pacto cuyas reglas desconocía.
Era más temprano que la última vez y los parches de luz solar caían en el jardín. Faltaban quince minutos para que llegara el jardinero, por lo que Cassandra guardó la llave en su bolsillo y decidió explorar un poco.
Un estrecho sendero de piedra, casi oscurecida por líquenes, serpenteaba al frente antes de desaparecer en una esquina. Las hierbas en los laterales de la casa eran altas y gruesas y tuvo que apartarlas de la pared antes de poder avanzar.
Había algo en ese jardín que le recordaba el patio trasero de la casa de Nell en Brisbane. No tanto las plantas como el ambiente. Hasta donde Cassandra podía recordar, el jardín de Nell había sido una mezcla de plantas de granja, hierbas y brillantes plantas anuales. Pequeños senderos de cemento serpenteaban por entre las mismas. Tan diferente de los otros jardines suburbanos, con sus extensiones de césped quemado por el sol y el ocasional rosal sediento dentro de ruedas de coche pintadas de blanco.
Cassandra llegó hasta el fondo de la cabaña y se detuvo. Un denso entramado de setos espinosos, de al menos tres metros de altura, había crecido a lo largo del sendero. Se acercó y se puso de puntillas para intentar ver por arriba. La forma era uniforme, lineal, casi como si las plantas mismas hubieran formado un muro.
Se abrió paso a lo largo de los setos, rozando con los dedos las hojas serradas de las enredaderas. Avanzaba lentamente, la hierba le llegaba hasta las rodillas y amenazaba con hacerla caer a cada paso. A medio camino notó un claro entre los setos, un espacio pequeño pero suficiente para notar que la luz no se filtraba, que había algo sólido detrás. Cuidando de no clavarse las espinas, Cassandra extendió una mano y se inclinó sobre el seto que devoró sus brazos, hasta llegar al hombro. Sus dedos rozaron algo duro y frío.
Un muro, un muro de piedra, cubierto de musgo, si es que las manchas verdes en las yemas de sus dedos eran señal de algo. Cassandra se limpió la mano en sus vaqueros, sacó el título de propiedad de su bolsillo y examinó el mapa de la propiedad. La cabaña estaba claramente marcada, un pequeño cuadrado en la parte delantera. De acuerdo con el mapa, sin embargo, la línea de la propiedad se extendía bastante. Cassandra volvió a doblar el mapa y lo guardó. Si el mapa era correcto, esa pared era parte de la propiedad de Nell, no su límite. Pertenecía a la Cabaña del Acantilado, así como todo lo que se encontraba al otro lado.
Cassandra continuó el obstruido curso a lo largo de la pared, esperando encontrar una entrada o una puerta, cualquier cosa que le diera acceso. El sol se estaba elevando en el cielo y los pájaros habían cesado en su canto. El aire era denso por el dulce, embriagador perfume de un rosal trepador. Aunque estaban en otoño, Cassandra se sintió acalorada. Pensar que alguna vez había imaginado Inglaterra como un país frío en donde el sol era un extraño. Se detuvo para secarse el sudor de la frente y golpeó su cabeza contra algo que colgaba bajo.
La retorcida rama de un árbol se extendía sobre la pared, como un brazo. Un manzano, advirtió Cassandra al ver que la rama tenía frutas: brillantes manzanas doradas. Estaban tan maduras, tan deliciosamente fragantes, que no pudo resistir tomar una.
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