Fue un golpe bajo. Lo habíamos hablado, me había pedido perdón y yo se lo había dado, y ahora volvía a sacar las viejas cuentas, como si nunca terminara el tiempo del rencor. Permanecimos en silencio el resto del viaje. Al llegar a la ciudad, brillaban las estrellas en el cielo. No, no quería seguir luchando. Estaba cansada de aquel mundo de reproches, insultos y silencios cargados de rencor. No quería volver a empezar. Tenía la mano sobre el pecho y sentía los latidos acelerados de mi corazón. ¿Que será de nosotros?, pensé, ¿en qué nos convertiremos? Era como si hubiéramos sufrido un hechizo y de aquellos que se habían enamorado en una pequeña joyería de una ciudad de provincias sólo quedaran las cáscaras.
Veía el rostro de tu padre y sabía que era él, pero no podía alcanzarle. Había un muro que me lo impedía. Tendí la mano para acariciar la suya y fue como si el corazón que antes latía en mi pecho lo hiciera entonces sobre el volante. Tu padre tenía el don de intensificar la vida, y ahora que todo había acabado entre nosotros, sentía un vacío que no sabía cómo llenar. No había nada luminoso en nuestro amor. Miré hacia las estrellas que había en el cielo y me acordé de cuando vivíamos en casa de la tía Marta. Nos hacía dormir separados, porque decía que no estaba bien que una mujer embarazada durmiera con su marido, pero yo me escapaba por las noches para colarme en el cuarto de tu padre. Siempre iba descalza, para no hacer ruido y no despertar a la tía. Entonces yo no sabía que la vida podía ser así, que la vida podía dar tanto sufrimiento. Y busqué en el cielo estrellado algo que me recordara la felicidad de esos pies descalzos.
Unos días después vino Luisa a la ciudad. Venía cada poco, a comprar y a darse un paseo, y siempre me llamaba para vernos. Era muy guapa, y los hombres se volvían a mirarnos, lo que a ella le encantaba, pues seguía teniendo alma de actriz. Pasamos junto a un baile. Había muchos jóvenes agrupados en la puerta, esperando entrar. Los muchachos acosaban a las chicas, y a ellas se las veía excitadas y felices, como si se agitaran entre una manada de potros.
Fuimos a un café y nos sentamos a hablar. Yo seguía muy impresionada por la muerte de Paula y le estuve contando que la habíamos enterrado en el pequeño cementerio del pueblo. Un cementerio que se parecía a un corral, y en el que los pequeños nichos recordaban los ponederos de las gallinas. Luisa me pidió que perdonara a Carmina. Me dijo que era una ignorante y que no tenía dos dedos de frente. Le contesté que dependía de para qué, y que desde luego no pensaba que fuera ninguna santa. Acababa de llover y la lluvia había dejado brillantes las calles y los cristales de los escaparates. Pasaron varios niños. Iban en hilera, muy serios, erguidos y altivos como el cortejo de una boda. Se había hecho de noche. La pantalla verde de la lámpara proyectaba sobre la mesa su sombra transparente. Recordaba el resplandor de un diminuto acuario. Entonces Luisa empezó a hablarme de Carmina, de su desgraciado matrimonio con Gonzalo, que a su muerte las había dejado prácticamente en la calle. Y me contó algo que cambiaría mi vida.
Los amoríos entre tu padre y Carmina comenzaron a finales del mes de agosto y se prolongaron hasta que a Carmina se le declaró a comienzos de otoño la enfermedad que la llevaría a la tumba. A su entierro sólo fueron el cura y dos o tres personas más. El vergonzoso cortejo cruzó el pueblo bajo una intensa lluvia, y nadie se asomó a las puertas para santiguarse o despedirse de ella. Ni siquiera tu padre fue a ese entierro. Había cogido el coche con esa intención pero finalmente cambió de idea. Y, sin embargo, tu padre la había querido. Bueno, no sé si era amor. Era algo más físico, semejante a lo que debía de sentir cuando montaba a una de sus yeguas y se sentía dueño de su fuerza. Pero para Carmina esa relación había sido algo muy distinto, tal vez la única posibilidad que había tenido en su vida de amar de verdad a un hombre. ¡Cómo comparar a tu padre con su exangüe marido! Recuerdo que Luisa, que era muy graciosa, le llamaba Gonzalo II el Hechizado, en recuerdo de aquel rey de España que creció raquítico, enfermizo y de corta inteligencia, además de estéril. Tu padre lograba que una se sintiera protegida y en peligro a la vez, siempre basculando entre el temor y el deseo, pero Carmina encontró un obstáculo para enredarse con él. No me refiero a nuestra amistad, que de las amigas una se olvida enseguida, al menos mientras estás en los brazos de sus maridos. Era algo que tenía más cerca, en su propia casa: Paula, su hija.
Carmina era dueña de ese poder animal de atraer a los hombres y hacerles perder la razón, y tu padre la buscaba como buscan los perros a las hembras en celo. Ni siquiera se preocupaba de disimular. Iba al pueblo y aparcaba el coche en la misma puerta de su casa, y se pasaban horas enteras sin salir. Y, cuando por fin se iba, era Carmina la que se pavoneaba ante el pueblo de su victoria. Una vez tu padre se olvidó allí su sombrero, y al día siguiente Carmina se paseó por la plaza llevándolo sobre la cabeza, como si fuera un trofeo. Las beatas se santiguaban y las otras mujeres murmuraban a su paso, pero ella cruzó desafiante por delante de todas con esa crueldad de los niños y los animales salvajes. Triste trofeo aquel, pues tu padre la dejaría poco después. Fue a causa de Paula. Tu padre, como la mayoría de los hombres, no soportaba la presencia de aquella niña deforme, sus berridos, su terrible desamparo, su permanente mal olor. Un día empezó a gritar mientras ellos estaban en la cama, y Carmina tuvo que levantarse y quedarse un rato a su lado para atenderla. A partir de esa noche, siempre que volvía tu padre, Paula se ponía a gritar. Eran gritos estremecedores, como si se diera cuenta de que ese hombre venía a quitarle el amor de su madre. Y una tarde él le dijo a Carmina que no lo soportaba más, y que era mejor que no volvieran a verse. Supongo que los gritos de Paula le traían la conciencia de su propio pecado.
Carmina apenas aguantó un par de semanas su ausencia. Fue a Valladolid y le dijo que había encontrado una solución: llevar a Paula a casa de una prima las noches en que él la visitara. Bastaban unas pocas monedas para que no abriera la boca, pues no andaba muy bien de dinero. Y así lo hicieron desde entonces. Tu padre llamaba a Carmina para decirle cuándo iba a llegar, y esa noche ella llevaba a la niña con su prima. A él, sin embargo, le extrañaba que Carmina siempre le pidiera pilas para la linterna. No te olvides de las pilas, le decía cuando hablaban por teléfono para concertar la próxima cita. Y le explicaba que eran para Paula, que tenía miedo a la oscuridad y que sin una luz a su lado no dormía tranquila. Una noche tu padre se levantó porque tenía sed y vio por la ventana una luz que venía del pajar. Apenas era una leve fosforescencia que temblaba en las sombras, como si fuera la luz de una criatura que estuviera muriendo. Salió al patio y, acostada sobre un jergón, atada por una de las manos a la argolla a la que sujetaban el ganado, halló a Paula en el pajar. Llevaba una mordaza en la boca, y la linterna le colgaba del cuello atada con una cuerda. Las pilas se estaban acabando, pues apenas desprendía luz. La niña permanecía despierta y sus ojos se cruzaron con los de tu padre. Él nunca olvidó aquella mirada, la misma con que los animales domésticos miran a los hombres, cuya conducta no entienden. Y supo que no era cierto que Carmina llevara a Paula con su prima. Lo que hacía, cuando él iba a visitarla, era atarla en el pajar, para que no les molestara. Aquello le horrorizó. Al volver a la habitación, Carmina seguía dormida y él la despertó con violencia. Tu padre apenas podía hablar. Le dijo que si estaba loca, que cómo tenía a la niña así, como si fuera un animal. Carmina le confesó llorando que lo había hecho para que no les molestara, que tenía miedo de que él no quisiera volver. Carmina amaba a su hija, pero vivía sola, casi en la miseria, y se había enamorado de tu padre como la muchacha que flota en medio del mar lo hace del capitán del barco que viene a salvarla. Luego le contaría a Luisa que aquéllas habían sido las semanas más felices de su vida. ¡Las más felices! ¿Te imaginas cómo tuvo que ser el resto de su vida? Carmina ataba a Paula como si fuera un animal, y luego, cuando iba a buscarla, le pedía perdón. Ella no podía entenderlo, le decía, pero el amor a veces era así, y pedía a las mujeres que fueran buenas y malas a la vez.
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