Les confieso que aquello me sacó de quicio. «¿Qué quieres, güey? Tenía que ser así. Corina y tú debían estar lejos de aquí y el puto Walter me aseguró que él podría con la caja, ¿va? ¿Tengo yo culpa de eso?» Como era lógico, le pregunté que por qué tía Corina y yo debíamos estar lejos de nuestra casa. «Porque si se quedaban aquí los iban a liquidar», y en ese preciso instante tuve la certeza de que estaba mintiéndome. «Montorfano es un burro a dos patas, güey, pero su hijo es más listo que los sabios de Grecia.» Según Sam, el hijo del siciliano, escamado ante la inoperancia de aquellos objetos, pues ninguno de los experimentos ocultistas en que los implicaban los veromesiánicos tenía buen fin, recurrió hace unos meses a unos expertos que certificaron la falsedad tanto del anillo de Salomón como de la llave y del reloj de arena que en su día entregó Gerald Hall, de parte de mi padre, a Montorfano. Por si fuese poco, y ya puesto, mandó que hicieran la prueba del carbono 14 a las reliquias, a pesar de que los veromesiánicos jamás les dieron importancia como vestigios santos, pues les constaba su falsedad como tales. «El resultado te lo puedes imaginar, güey. Huesos de los años setenta. Y además de mono.»
El hecho de que algo -al margen de su grado de verosimilitud- resulte perfectamente comprensible no quiere decir que lo comprendamos, y yo comprendía poco. «Los mandé a ustedes a Colonia para salvarles la vida, ¿comprendes ahora? Tenía que robarles a ustedes para salvarles el pellejito, güey. ¿Tan difícil es eso de entender?» Y siguió contándome: Tarmo Dakauskas -el verdadero, el que vive en Luxemburgo- era el encargado de coordinar los intereses de Albert Savage, de Abdel Bari y de Giuseppe Montorfano, quienes, por causas distintas, seguían sintiéndose perjudicados por las maniobras de mi padre y empeñados en adueñarse de lo que suponían que habíamos heredado tía Corina y yo. Por su parte, el propio Dakauskas, al estar al servicio del Vaticano, tenía también intereses particulares en el asunto: recuperar las reliquias robadas, fuesen de quienes fuesen, pues eso a él le daba igual. Por lo visto, Sam hizo un pacto con Dakauskas: si el estonio le aseguraba que ni tía Corina ni yo sufriríamos daño alguno, Sam se encargaría de hacerle llegar el lote completo, a saber: las reliquias de los alquimistas, los fragmentos de la Tabla de Esmeralda y los tres objetos auténticos que reclamaban Montorfano y los suyos.
Comoquiera que el primo Walter se había incorporado a la profesión (o dicho tal vez con más exactitud: se había expuesto en la lonja), Sam consideró que sería el operario idóneo, por tener acceso a nuestra casa en virtud del parentesco. Pero se equivocó, claro está, ya que Walter sólo parece servir para ser Walter, y el hecho de serlo no reporta demasiados beneficios a nadie, empezando quizá por él mismo, pues me temo que vive muy esclavo de sí. «Tu primo me pareció un buen elemento, güey. El cabrón me mareó con Aristóteles y con su putísima madre.» Pero, claro, con Aristóteles no se abre una caja fuerte. «Ese mamahostias va a pedirte perdón ahora mismo.» No sé qué se habría metido Sam en el cuerpo, pero el caso es que se sacó del bolsillo el teléfono y marcó un número. «Oye, tú, perro mal parido, ponte ahorita mismo de rodillas y pídele perdón a mi compadre», y me pasó el teléfono. «¿Walter?» Pero no tuve respuesta. «Creo que se ha cortado.» Sam cogió el teléfono, se lo llevó a la oreja y volvió a marcar. «Se ha esfumado el cabrón», y ahí quedó la cosa.
Le pregunté a Sam qué sentido tenía, oído lo oído, el paripé de la operación de Colonia, ya que ninguno le encontraba yo. «Eso fue cosa de Dakauskas.» Al parecer, Tarmo Dakauskas proyectó un robo masivo de reliquias para demostrar a sus clientes eclesiásticos que era necesario reforzar la seguridad, y de ese modo aumentar él sus ganancias, así tuviese que sacrificar para ello la libertad de todos los implicados en aquel corpus vile . De todos salvo de nosotros, por supuesto, en virtud de lo apalabrado con Sam, a quien la memoria de mi padre mantenía incondicionalmente de nuestra parte, según me juró por la memoria del suyo. «Aparte de eso, la cosa era cargarse al Penumbra, güey.» Con una sonrisa que pretendí que fuese irónica, le comenté que el Penumbra estaba vivo. «¿Quién chingados te ha dicho eso?», y su sorpresa pareció sincera. «Ese puto está más muerto que la Muerte, cuate.» Le dije que Gerald Hall lo había visto en Londres más vivo que la Vida. «¿Gerald Hall? Pero si Gerald fue quien lo mandó a la guillotina, güey. ¿En qué sistema planetario vives tú?» Y ahí me quedé descolocado. «Gerald fue quien le dio el chivatazo a Dakauskas de que el Penumbra iba a poner un petardo en la catedral de Colonia, güey. ¿Cómo carajo va a verlo vivo Gerald Hall?»
Miren ustedes, les digo la verdad: a esas alturas, yo no sabía qué creer ni qué no, en el caso de que hubiese algo digno de ser creído.
«¿Y Cristi?» Pero salió por la tangente: «Esa se ha quedado ya huérfana, güey… ¿Listo, Panchito?».Y se levantaron al unísono. «¿Le echamos un tiento a la caja, compadre?» Los acompañé a la biblioteca y les pedí que me ayudasen a apartar el mueble que disimulaba la puerta de la vieja Rosengren. «Nadie ha podido con ella», les advertí. «Pero Panchito es un fenómeno», y a la labor se puso Panchito.
Mientras aquel fenómeno faenaba, Sam siguió mareándome: «Hoy en día las cosas son más complicadas que en tus tiempos, compadre. Esto es ya la nave borracha de los loquitos». Yo tenía muchas preguntas que hacerle, pero de momento desistí, porque se me vinieron encima al menos un par de sentimientos complicados: una especie de tristeza abstracta y una sensación inconcreta de humillación. Sabía que Sam estaba tratándome como a un viejo idiota, jugando con mi miedo y con mis indecisiones, con mi falta de desenvoltura en los negocios y, sobre todo, con mi pasado. «Todo esto lo hago para honrar la memoria de tu jefe, güey. Aquí está tu cuate para protegerte de todo mal», y ya me abatí.
Por muy fenómeno que fuese Panchito, el caso era que no conseguía abrir la caja fuerte. La auscultaba con un fonendoscopio, giraba la rueda a derecha y a izquierda, pero aquello seguía blindado. «¿Algún problema, Panchito?» Y Panchito se limitaba a bufar un poco, hasta que una de las veces se decidió a la manifestación verbal: «Creo que esto va a abrirse según el código criptológico de Hauser».
Panchito nos explicó en qué consistía tal código, aunque me declaro incapaz de transcribir su explicación, porque entendí poco de ella. Me pidió, eso sí, que escribiera en un papel el nombre completo de mi padre. Le di el papel y se puso de nuevo a la tarea. «Vamos a ver, la ele equivale a la raíz cuadrada de 38, menos 0,007, con dos giros a la derecha, tres a la izquierda y…», musitaba Panchito.
Sam cogió de la mesa el báculo del nigromante africano que yo pensaba regalarle a Lolo y se puso a jugar con él. Aunque no me importaba demasiado la respuesta a esas alturas, le pregunté a Sam que quién me lo había mandado. «¿Esto? Esto es un puto palo de mierda, ¿no? Vamos a ver… ¡Espíritus de la noche, vengan a mí, por la virtud y el poder de su rey y por las siete coronas y cadenas de sus reyes, para ponerse a mis órdenes!», y golpeó el respaldar de una silla con la contera en forma de áspid. «¡Que se separen los mares!» Y un golpe. «¡Que el cielo se ponga verde!» Y otro golpe. «¡Que antes de morirme me la chupe Lupita Ponderoso!» Y así.
«Lo que te dije, compadre. Un puto palo», y preferí abandonar la cuestión en ese punto.
Mientras tanto, Panchito hacía operaciones matemáticas. «Esto no va.» Me pidió entonces que le escribiese en otro papel la fecha de nacimiento de mi padre y volvió a sus especulaciones.
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