Carmen Gaite - Los parentescos

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Baltasar, un niño que atravesará varias edades a lo largo de la novela, trata de hacerse un hueco, su propio hueco en la casa familiar, allí donde conviven su madre, sus tres medio hermanos, su padre cuando aparece, la criada Fuencisla que busca con desesperación una vida propia y, en el piso de arriba adonde se llega a través de una puerta disimulada por un tapiz, los abuelos de sus hermanos. Baltasar, Baltita, guardará silencio hasta los cuatro años.

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– Sí, sheriff. Pero lo dejo para otro día. Hoy llevo prisa. Y si le vuelves a dar un plantón te enterarás de quién es Joe Burton.

Se me acababa de ocurrir aquel nombre, pero me di cuenta del efecto que hizo y me enorgullecí. Pegaba que mejor imposible. Era un éxito.

Se quedaron riéndose, mientras yo les daba la espalda y torcía hacia la derecha a paso vivo. Sin volver la cabeza. Eran sólo las siete y media. Tenía tiempo de ir a ver a Isidoro.

XVI. QUE EN PAZ DESCANSE

Acababa de bajar el cierre metálico y estaba agachado de espaldas, ajustando el candado de abajo. Al ponerse de pie, se dio la vuelta y se topó conmigo de manos a boca.

– ¡Anda! ¿Qué haces tú aquí? ¿Venías a comprar algo?

– No, sólo a verte. Hace mucho que no nos vemos. Igual te apetece dar una vuelta. Hace una tarde súper.

– No puedo. Mi madre está sola y a estas horas se pone de los nervios. Pero sube, si quieres. En cuanto la atienda, podemos charlar un rato.

– ¿De verdad no te importa?

– No, no, en serio. Así me distraigo. Tengo muchos follones.

– ¿De trabajo?

– Y de familia. De todo.

Me pasó un brazo por los hombros y entramos en el portal. Me di cuenta de que no era mucho más alto que yo. Y a él le pasó lo mismo.

– Has dado un estirón, Balti -me dijo mirándome.

– Sí. Tres dedos. De unas fiebres. Nunca había estado tanto tiempo en la cama. He leído kilos de Historia de España.

Luego, mientras le seguía escaleras arriba, me di cuenta de que era la primera vez que un amigo me invitaba a su casa. Lo de Bruno fue distinto, más fantástico, menos de la vida corriente. Isidoro era un chico de mi colegio, especializado en novelas de aventuras, hablaba como yo, había leído los mismos cómics y visto las mismas películas, tenía una hermana mayor, como yo, creceríamos entre preguntas parecidas. Cuando él tuviera veinticuatro años y yo veinte, no se notaría la diferencia. De repente, me vi de paquete en una moto grande que él guiaba, sorteando coches por las calles de una ciudad enorme, Londres, Chicago, Tokio, tal vez huyendo juntos de algún peligro. Y tuve ganas de agarrarme a su espalda. ¿Pero nos seguiríamos viendo a los veinte años? ¿No se trataría de un espejismo? Mamá había dicho que de los amigos de infancia se olvida uno. Y ahí se me cayó el casco de los sueños y me volvió un poco el aleteo.

Al llegar al primero, Isidoro sacó una llave del bolsillo y la metió en la puerta de la derecha, que tenía una imagen del Corazón de Jesús. En ese momento la mirilla, que era de gajos dorados, giró y al otro lado se vio un ojo vigilante.

– Apártate, mamá, que soy yo. No te vaya a empujar como el otro día. ¿Me oyes? ¡Que te quites! -insistió en tono impaciente.

Era una mujer con cara pálida y ojos de loca, vestida de riguroso luto hasta los tobillos, desgreñada y con bastantes canas. Me pareció demasiado mayor, más con pinta de abuela que de madre. Isidoro dio la luz del vestíbulo en penumbra y ella se encogió como si le molestara. A mí ni me miró siquiera.

– ¿Dónde está Nieves? -preguntó con angustia-. No ha subido ni me ha llamado en toda la tarde. Estoy sin merendar, sin tomar la medicina. Y luego estos ruidos en la cabeza que no paran, es como tener un barreno por dentro. ¡Qué sola me dejáis!

Vi un perchero antiguo lleno de abrigos y me dieron ganas de irme a esconder allí para no ser testigo directo de aquella escena. Era violento. Y además la madre de Isidoro daba un poco de miedo. Me fijé en que tenía una cicatriz en la cara.

– Ha habido mucho trabajo esta tarde, mamá -dijo Isidoro con voz tranquila-. Ahora te pongo yo la merienda. Nieves ha salido a dar un paseo. Tiene derecho, ¿no? Y tú debías dejar de dar vueltas por aquí como un fantasma y hacer lo mismo que ella: salir a tomar el aire. Y tirar las pastillas por el retrete. Mira, éste es mi amigo Baltasar.

– ¿Y qué quiere? -preguntó con gesto agrio.

– Nada. Le voy a prestar unos apuntes que ya a mí no me sirven. Pasa a ese cuarto, Balti, y espérame un momento, que enseguida voy. Sí. Ése.

Entré. Era un despacho antiguo y había muchas estanterías y armarios con puertas de cristal llenos de libros. Otros se apilaban encima de las sillas y por el suelo. Enfrente de la puerta, ocupando casi toda la pared, llamaba la atención un mirador alargado, con escalón para subir a él. Crucé la habitación, y entré como en un templete. Daba justo encima de las letras mayúsculas que decían ARIÑO en color rojo. No muy lejos, más abajo, se veía el acueducto. Se habían encendido ya las luces de la calle, y la gente circulaba despacio, como si no supiera muy bien adonde quería ir.

Si levantaran los ojos, podrían verme en mi templete de cristal y yo asomarme y abrir los brazos para echarles un discurso o recitarles una poesía. Por ejemplo, de «La canción del pirata» de Espronceda, me sabía dos trozos de memoria, que a Fuencis le encantaban:

Con cien cañones por banda,

viento en popa a toda vela,

no surca el mar, sino vuela

un velero bergantín.

Bajel pirata que llaman

por su bravura «El temido»,

en todo el mar conocido

de uno al otro confín.

Y ve el capitán pirata

sentado alegre en la popa

Asia a un lado, al otro Europa,

y allá en su frente Estambul.

Lo de Estambul lo podía decir señalando hacia el acueducto, que es lo más raro que hay en Segovia, antiquísimo además. Le puede echar un pulso a cualquier maravilla de Estambul. Se formaría un corrillo en la calle, todos mirando para arriba, cuchicheando. ¡Qué cara tan asustada pondrían! Y hubiera sido tan fácil. Al fin y al cabo no estaba en mi casa. Y eso da otra libertad.

Me di la vuelta rápidamente para huir de la tentación; y el despacho visto desde el mirador parecía más grande y más bonito. Tenía chimenea, dos butacas, un sofá y una mesa grande de estilo español. Me acerqué a fisgar las cajitas, pisapapeles, carpetas y sujetalibros que tenía encima. También un Quijote en bronce, con su escudo y su lanza. Todo un poco polvoriento.

Encendí una lámpara de flecos y a su resplandor rojizo destacaba una fotografía de boda con marco de plata. Me quedé pasmado, porque en la mujer (a pesar de lo desfigurada que estaba ahora) reconocí a la madre de Isidoro. Su marido parecía más joven, era alto, delgado, interesante, con pelo y bigote muy negros. Los dos miraban al frente, él con desafío, ella como un poco asustada. También detrás de la mesa, ocupando un buen trozo de pared, se veían dos filas de retratos enmarcados en madera oscura. Quitando una mujer, todo eran hombres. Me imaginé que serían personajes famosos. De familiares no tenían pinta.

Me senté en el sofá, que estaba a la derecha de la puerta, y me apoyé en un almohadón. De puro a gusto que estaba, se me caían los párpados y empezaba a ver lo que no había. Pero no pude llegar a dormirme porque la puerta no quedó bien cerrada y se colaban trozos de una conversación de Isidoro con su madre, quebrada en altibajos del susurro al grito. Hablaban sobre todo de Nieves, pero cada uno por su lado, sin oírse. Para su madre no tenía más que quince años. Para su hermano tenía ya quince años, y las chicas de esa edad hoy día son mayores, no vivimos en el Medioevo.

– Pero se ha muerto su padre.

– ¿Y qué? Precisamente ha crecido y se ha vuelto más seria por eso, porque se ha muerto él. Y yo lo mismo, que no te enteras; ¿qué hay que hacer para metértelo en la cabeza? Crecemos, sí, tratamos de salir adelante. Tú en cambio retrocedes, pareces una niña de seis años; dime, ¿qué apoyo podemos encontrar en ti?

La voz firme y paciente de Isidoro chocaba contra la de ella, destemplada, machacona y sin hilván.

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