Liliana Heker - Zona de clivaje

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Irene Lauson experimenta y analiza su vida a través de la Física y persigue tenazmente un vínculo posible entre la verdad y la felicidad. Alfredo Etchart, su profesor de literatura y luego el hombre con quien mantiene un vínculo amoroso intenso y en muchos momentos conflictivo, ve el mundo a la luz del arte y del marxismo y busca, ante todo, seducir. El despliegue inteligente, irónico y conmovedor de esa relación es la piedra de toque para que la protagonista llegue al fondo de sí misma, se pierda una ymil veces y encuentre una salida que no es otra cosa que el trabajoso camino hacia la madurez. Y al acompañar esa travesía gobernada alternativamente por la razón y por la pasión, el lector accederá no sólo a las claves inefables del universo femenino sino también a lasmarcas culturales y sentimentales de toda una época. “En la estructura destellante y perfecta del cristal”, se explicita en algún momento del libro, “la zona de clivaje es aquella donde la unión de los átomos se muestra débil y donde, por lo tanto, el cristal se vulnera y se quiebra”. Liliana Heker no podría haber encontrado mejor metáfora para condensar lo que sucede en esta novela excepcional. VICENTE BATTISTA “Una de las pocas novelas argentinas de los últimos años a la que se puede califcar de necesaria.” CRISTINA PIÑA “Historia de amor, entonces, y de difcultosos ‘años de aprendizaje’, Zona de clivaje posee la virtud de revitalizar el placer de leer.” SUSANA SILVESTRE

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– Qué amable el hombre tipo -saltó Irene. Demasiado enojada, cuidado-. Lo que es yo no conozco a ningún tipo que me pueda transformar en consciente a mí… Más de lo que soy.

Los ojos azules fijos en su cara. ¿Risa interna? ¿Ya te voy a dar yo a vos? Irene sintió que se ponía colorada. Minga.

– Lo que quiero decir…

– Ya sé lo que querés decir. ¿Y por qué soy un farsante?

– No dije que era, dije que parecía. No sé. No sé cómo explicárselo. Habla con los otros como si le importaran. Esa clase de gente, digo, como si le importaran muchísimo. Y la verdad que le importan un reverendo… -se interrumpió-. Le importan un cuerno.

– Muy lindo no te queda decir “reverendo carajo”, pero ya que llegaste hasta ahí, mejor que sigas hasta el final.

– La próxima vez lo voy a tener en cuenta.

Él pareció estudiarla.

– No me cabe la menor duda -dijo-. ¿Y entonces?

– Entonces qué.

– Esa clase de gente, habíamos quedado. Me importaban un reverendo carajo. ¿Y entonces?

– Y se porta como si le importaran. Eso era todo.

– Es decir que no parezco. Soy un farsante.

Irene sacudió la cabeza con decisión.

– No, no. Usted no es un farsante porque no lo hace para engañar a los demás. Usted -y se trabó. Sabía lo que quería decir pero no sabía cómo. ¡Las hénides! No debía permitir que las hénides la devoraran. No usufructúa, ¡yes! Se sintió poderosa-. Usted no usufructúa, eso. No usufructúa con sus mentiras -extraordinario: nunca antes había dicho esa palabra; ni siquiera sabía que sabía su significado-. Usted lo hace para. Es decir, no sé, ser un farsante es algo asqueroso pero usted -volvió a interrumpirse.

– ¿Yo no soy asqueroso?

– Ufa -dijo Irene-. Al fin siempre echa agua para su molino.

Él se rió. A Irene le sorprendió algo en esa risa. La alegría. La alegría era sorprendente en su cara, algo como una transgresión. O un descuido.

– La cuestión es que tan enojada conmigo no estabas -dijo él, y le quedaban como manchones de alegría.

– Quién le dijo. Claro que estaba enojada. Me daba una rabia bárbara que perdiera así el tiempo con todos esos estúpidos, no sé, que les hiciera creer que se los tomaba en serio.

– Oiga, mocosa -la expresión de él había dejado de ser amistosa-, ¿quién le hizo creer que la gente, toda la gente, no es digna de que yo y usted la tomemos en serio?

Irene habló con furia.

– Usted se divertía -dijo-. Yo lo estuve mirando todo el tiempo. Usted se divertía a costa de los otros -y ahora se divierte a mi costa, habría necesitado decirle, pero ¡tu abuela!, ese gusto sí que no se lo iba a dar-. Estaba como del otro lado, no sé, como mirándolos de afuera.

Bruscamente él acercó su cara a la de ella.

– Y vos, cómo sabés esas cosas.

Una embestida, escribiría trece años después. La mirada era una embestida para probar cuándo se caía ella. Tu abuela.

– Soy perspicaz -de pronto se había puesto contenta; nunca había tenido un interlocutor tan selecto: todo estaba permitido-. Perspicaz y picarona.

Él levantó un dedo. Advertencia.

– Ojo -dijo-, mirá que la bota de potro no es pa’ todos -con aire enojado se quedó mirando una mano temblorosa: el mozo que servía café. Súbitamente se rió-. Pero está bien. Vos también te divertís. ¿Sabés una cosa? Los de anoche también se divertían. A su manera. Mirá qué buen tipo soy en el fondo -se puso a revolver el café. Acto inútil, pensó Irene, porque no le había puesto azúcar. Estaba tan abstraído que ella no se animó a avisarle-. Y es así -dijo por fin-, a cada cual según su necesidad, como dijo Kropotkine.

Kropotkine, mi madre, había dicho Kropotkine. Adiós adolescente picarona, qué efímera fue tu vida. Ahora, a poner cara de estudiante revolucionaria. Jamás reconocer que no se sabe quién es Kropotkine. Suficiente con Weininger. Al fin y al cabo, el Manifiesto Comunista bien que lo ha leído y los Elementos de Filosofía de Politzer también. Que con semejante nombrecito era ruso, eso es fija. Lo que ella no ve tan claro es que ese Kropotkine haya podido decir lo que ahora está diciendo Alfredo Etchart: que uno a veces los ve tan satisfechos, Irene, y en el fondo tan hartos, que casi es un acto de amor complicarles un poco la vida.

– Pero Kropotkine no lo dijo en ese sentido -dijo Irene, y se sintió inteligentísima.

Él sonrió.

– Se ve que la realidad no tiene secretos para vos -tomó un trago de café-. Pero esto está asqueroso.

– No le puso azúcar.

– Gracias, nena. La próxima vez avisame antes -echó los terrones; revolvió-. ¿Y en qué sentido lo dijo Kropotkine?

Me está tomando examen , pensó Irene con fastidio.

– Bueno, Kropotkine… -mirada ambigua de él; imposible discernir si se está divirtiendo a costa de una ignorante, o lo deslumbra que ella pueda nombrar con naturalidad a Kropotkine, o se siente una especie de imbécil por estar perdiendo el tiempo con una mocosa engreída. Cosa suya: yo no lo invité-. Lo que quiso decir Kropotkine -volvió a empezar con decisión. Y fue como si la seguridad de su tono la arrastrara, como si el oírse, entusiasmada y vehemente, la convenciera de que sabía lo que estaba diciendo porque de pronto estaba rodando por una pendiente en la que había mucho campo, y hombres desamparados que lo cultivaban sin amor, y un gordo refulgente contemplando su propiedad desde un auto platinado junto a una rubia también platinada, y lo que había dicho Kropotkine era que es una vergüenza que haya hombres, unos pocos hombres, que exploten a millones y tengan casas y coches cualquier cantidad mientras otros que viven hacinados y con muchos hijos ¡no tienen ni siquiera un pan para darles a sus hijos! No se ría así, qué sonso: la tierra tiene que ser para el que la trabaja.

– Perdoname -él parecía encantado-. ¿Sabés que sos una cruza perfecta entre la Pasionaria y Periquita?

Qué estúpido, pensó Irene.

Él sacó los cigarrillos. Le ofreció a Irene.

– No fumo.

– No fumás -repitió él, como si estuviera registrando algo; o como si el hecho de que ella hubiese rechazado el cigarrillo tuviera una importancia insensata-. Volviendo a lo nuestro… no me vas a negar que no sólo de tierra debe vivir el hombre. Bueno, para decirlo de algún modo: yo soy una especie de trabajador de las almas -Irene iba a hablar; él la apuntó con el dedo, enojado-. Trabajar el alma, dije, que no siempre es lo mismo que tenerla. Más bien todo lo contrario.

Irene iba a decirle que a nadie le gusta trabajar lo que no tiene -¡Kropotkine!-, y entonces creyó entender. Nosotros, los fríos, los que no tenemos alma, pensó con arrogancia. Se sintió magnífica.

– No, claro -dijo-, no siempre es lo mismo.

Él estiró el labio inferior como quien dice “caramba”.

– Tampoco es tan simple -dijo-. A lo mejor no es una carencia sino más bien una exacerbación del alma. Algo así como una hipertrofia.

Ufa, pensó Irene, por qué no se decide de una vez.

– Cierto -dijo-, hay veces en que una siente que el alma no le cabe en el pecho.

La carcajada de él la tomó por sorpresa.

– ¿Pero vos entendés las cosas de verdad o sos muy mentirosa?

Irene también se rió. Empezaba a entenderlo. O a darse cuenta de que él la entendía.

– Las dos cosas. Bah, no sé. No entiendo todo. Eso de los trabajadores de las almas me parece que no lo entiendo muy bien. O no me gusta, no sé.

Un fulgor de afecto brilló por primera vez en los ojos de él. Lo apagó.

– Mirá, no es para tanto, a veces exagero. Lo que pasa es que la gente suele querer cosas y ni sabe que las quiere. Yo a veces creo que me doy cuenta, eso es todo. ¿Viste el pelado de ayer?

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