Era así entonces, era esto lo que ella había venido a aprender a este espejado cuarto de hotel, esta soledad que la libraba a sí misma y que dejaría este acto, y todos sus actos, sin expiación. No era la mirona de ojos chiquitos, no, no era la pequeña Cecilia quien le venía a robar su exigua felicidad. No era esa que ahora empezaba a vivir sin saber aún que sus trampas y sus alegrías estaban tejiendo ya una red que nunca sería destramada quien le estaba quitando su lugar en el mundo. Era ella la que tal vez ya no podía entrar en la áurea burbuja de la irisada. Esa que en su tiempo dorado de correr bajo los árboles, una tarde de sol, deteniendo de golpe su desenfrenada carrera, escuchando los golpes descontrolados de su corazón, sintiendo debajo de la piel la vertiginosa borrachera del mundo, comprendió de golpe la maravilla de estar viva y dijo: Ésta soy yo sobre la tierra; el mundo existe porque yo lo siento, acá, parada sobre la tierra.
Y esa que un día había latido al ritmo del corazón del universo era la que ahora, como enajenada aún de sí misma, como si todavía no se animara a creer que la muchacha de los latidos era ella misma, y la infanta calculadora cara de luna era ella misma, y la engreída que a los diecisiete años rechazó por tediosa la leyenda del Príncipe Azul y quiso tenerlo a Don Juan, y la que perversamente se había divertido con las aventuras de Don Juan, y la que en silencio lo había amado, y la que muy temprano había reconocido que el mundo era algo más que este resplandor dorado que la aureolaba, que los hombres morían de indignidad y de miseria sin haber conocido este dorado resplandor, esta dicha de saberse existiendo sobre la tierra; ella, que a ningún conocimiento se había negado porque tenía la vanidad de creer que podía abarcar todo conocimiento, pero que era incapaz de llevar sobre sus hombros el mundo que había conocido, incapaz de ser en el mundo con toda su pesada carga, era la que ahora, rítmicamente, desesperadamente, hasta casi sentir arcadas, hundía su boca en la enhiesta carne desconocida, como si su propia boca no le perteneciera, como si su cabeza pudiera volar todavía hasta las elevadas cumbres, ignorando por completo lo que hacía su boca. Y no. Estaba a punto de darse cuenta de que no: ella no había venido a este espejado cuarto de hotel para eso. Ahora que manos extrañas la subían empezaba a darse cuenta de que el cuerpo que se incorporaba y caía por fin hasta quedar debajo del cuerpo desconocido era ella misma. Y ella misma, con toda su carga, ya no cabía en la áurea zona de la irisada. Asida a la espalda del desconocido empezó a disponerse, abandonada y rítmica, a la fugaz borrachera, al fugaz olvido del amor. Pero no era amor, no. Ella no se engañaba. En eso consistía esta prueba, este ritual iniciático en la penumbra. Este era un acto despojado de amor, un acto impío, debía recordarlo, debía repetirlo mientras su cuerpo, turbulento y pecaminoso, latía al ritmo del cuerpo desconocido, mientras su respiración se agitaba, mientras en algún rincón de su cerebro una adolescente altiva repetía: ¿éste es el destino que elegimos, el mundo que elegimos?, mientras una mujer asustada decía: No tengas miedo, Alfredo, soy yo, es mi maldito orgullo el que ha querido todo esto. ¿No supe a qué precio? Supe a qué precio. Y no me arrepiento.
Y aferrada a la espalda del desconocido, como quien se aferra feroz y definitivamente a la soledad, Irene se arqueó, se abandonó a la fugaz locura, al fugaz olvido. Hasta que su cuerpo blando y pesado fue despojado también de este cuerpo forastero, como si ocurriera un desgarramiento.
Ahí estaba la del techo, lánguida y trivial, junto al muchacho sudoroso.
– Sos toda una sorpresa -dijo el muchacho-. Una cosita genial.
De pronto la miró con real interés y le hizo una pregunta. Fue una pregunta tan vulgar, tan prosaicamente fisiológica, y la formuló con palabras tan extrañas, que Irene no supo si debía reír o llorar. La observaba con curiosidad. Le preguntó:
– ¿Vos también fuiste feliz?
E Irene miró a la del techo y pensó: He perdido el paraíso. Ya no tenía con quién compartir esta risita súbita; esta historia ya no se la podía contar a nadie. Soy tu par, pensó sin alegría. Y supo que ahora estaba tan sola como él estaba solo, que ya nadie vendría a abrigarla con su rara luz, que de estos descensos sin expiación tendría ella que hacer brotar un día su propia luz, que con esta madera tendría que encender fogatas y pasiones. Si le da el cuero, marquesa. Ella sonrió con cierto cansancio. Me dará el cuero, conde.
Entonces cerró los ojos. Y abandonando a la muchacha del cristal, llena de sí misma, reconcentrada en sí misma, cargando por primera vez sobre su cuerpo el pavoroso peso del mundo, caótica y única y desolada, dijo:
– Fui feliz.
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