Irene abrió el Differential and Integral Calculus, de Courant. Con alevosía lo había traído. ¿No tenía ella un cierto aire a La Inmaculada, la conciencia pecadora de quien no lo es y la circunstancial desdicha de seguir siéndolo? Su situación era delicada. Qué actitud tomar ante profesor maduro: ¿perversa o inocente? Puso sobre la mesa un comodín. Courant. Las adolescentes con predisposición a los juegos matemáticos no son pura espuma. La experiencia ya le diría por qué meandros internarse después, pero mientras tanto ¡chupate esta mandarina!
Lo anotó en el cuaderno, debajo del esquema del átomo de Bohr, precedido a su vez por una frase que parecía venir de la página anterior: “la angustiosa alegría de saberme única, yo, Irene Lauson, centro del universo”. Dos números de teléfono y el precario dibujo de un ranchito y un sol muy sonriente en el margen superior prefiguraban el caos.
iba escribiendo con signos enormes. Error en la apertura que Alfredo Etchart viera la deficiente síntesis de la deficiente alma que emanaba de esa página. Tenía que dar vuelta la hoja lo antes posible. ¿Y darla vuelta ahora mismo? Eso nunca. Ella era una tramposa con ética. Sus mentiras, sólo en un recoveco escarmentado de su cerebro mostraban la costura. Y estaba el azar, claro. Empezar en la página mancillada era abandonarse al azar, esperar zozobrante que la moneda caiga, una especie de pito catalán a la maquinita que maquina. Mucho cálculo, sí, mucho tic-tic-tic-working, pero quién le impedirá el vértigo con que a veces cruza la calle, el temor con que lee el número de un boleto en el que de antemano ha puesto toda la fortuna y la desdicha del día, la incertidumbre con que está resolviendo esta integral sabiendo que si él llega antes de que dé vuelta la página. ¡Ay!
resuelve apurada y el corazón le palpita. ¿Él llegaría en la página peligrosa? ¿Llegaría en la página blanca? Llegaría sin que ella lo notase, eso estaba decidido. Y esto que está haciendo, ¿qué es? (ella levantaba la vista, sobresaltada, y lo descubría espiando el cuaderno). -Oh, perdón, no sabía que había llegado; estaba tan concentrada resolviendo… en fin (ella cerraba con brusquedad el cuaderno). -Pero eso era un ejercicio de matemática, ¿no? -Algo así, sí (ella se encogía de hombros como restándole importancia a lo que iba a decir). Análisis matemático (turbadísima). -¡Análisis matemático! (él se maravillaba, preguntaba si en serio). -Sí, en serio, yo estudio física, ¿usted no sabía? (él no sabía, nunca lo hubiera pensado, con su cara). -¿Y qué tiene de particular mi cara? (ahí acentuación del aire inocente, buena apertura de ojos). -¿Me lo pregunta en serio? (ahí cosas encantadoras que él decía sobre la cara de ella, ¿angélica y traviesa?, sí, y sobre lo intrigado que ella lo tiene desde que la vio en esa fiesta tan espantosa. Risa de ella, cantarina). – La cara nomás de ángel, de verdad soy el diablo; en serio, no se ría, la descarriada de la familia, mi mamá me ve acá con usted y se cae muerta (él igual se ríe, se deslumbra, nota lo difícil que le resultará comprender a una chica tan compleja, descubre que no se parece a ninguna de las estúpidas que ha conocido y se enamora de ella como nunca antes).
– Irene, ¿no? -¡Ay! Él se estaba sentando, lo más campante- ¿O Irenita?
No. Nada de vincularla con la profesora Colombo.
– Irene -dijo-. Irene Lauson.
– Irene Lauson -repitió él, formal-. Encantado. Yo soy Alfredo Etchart.
Irene le sonrió con confianza.
– Eso ya lo sabía -dijo.
– Ah, muy bien -él le pidió un café al mozo-. ¿Y por qué tanta desesperación por verme?
– ¿Yo? -los ojos se le agrandaron por su cuenta, sin que interviniera su voluntad. Pero no, nada de escandalizarse. Si la cosa venía así, nada de “perdón señor, no sé a qué se refiere”. Y no hay mejor defensa que un buen ataque, cualquier maestro de ajedrez lo sabe-. Porque tenía muchas ganas de decirle que usted me parece medio farsante.
– Señorita -profesoral-, ¿no le parece un poco exagerado que yo tenga que venir hasta acá para que usted me diga algo -interrupción, cejas, de pronto parecía divertirse-, algo que a lo mejor ya sé, señorita?
– ¡No! ¡Usted no lo sabe! -Irene le miró la cara y se atemperó-. No lo sabe porque en realidad no es ningún farsante. Parece nomás.
– Y lo que usted parece es un poco contradictoria.
– Parezco, pero no soy. Lo que pasa es que mis pensamientos son muy complicados, así que me cuesta muchísimo decirlos con claridad. Es decir, pienso bien…
Ojos azules, con puntitos. Se ríen solos.
– Pero obra mal.
– Eso aparte -dijo Irene, llena de vanidad-. Lo que pasa es que me vienen como masas de pensamientos y tengo que dar vueltas y vueltas para agarrar la punta y. No, marañas, claro, cómo voy a agarrar la punta de una masa. Son como marañas de pensamientos, así que me cuesta mucho pescar la punta y empezar a decirlos bien -vaga conciencia de que estaba hablando demasiado. No. No se podía detener-. Si me puedo quedar callada mientras la pesco, todo sale fácil. Pero si en el medio tengo que hablar, ahí soné.
– Pensás en hénide -dijo él.
– ¿En quién?
Él no se rió.
– En hénide. No es una persona, es una forma de pensamiento. Te puedo tutear, ¿no?
Se está burlando de mí. ¿O a su manera no?
– Y claro. Todos me tutean.
– Lo de “todos” estuvo de más. Ya vamos a hablar de eso.
– De qué.
– Del viejito ése de la fiesta.
– Ah, ése -indiferencia teatral-. Ni sé quién es -encogimiento de hombros-. ¿Qué es una hénide?
– ¿Oíste hablar de Weininger?
Irene tuvo que admitir que no y puso cara de alumna atenta, pero no le gustaba nada no saber tantas cosas. Las hénides, dijo él, eran los datos psíquicos en estado primitivo. Durante la primera infancia y en los seres inferiores (y a Irene la sacudió el deseo de pegarle) la vida psíquica estaba constituida por hénides, y en la hénide absoluta no era posible el lenguaje, claro. Pero hasta los hombres que habían alcanzado el más alto grado de inteligencia (ella empezó a sentirse mejor) encontraban en su psiquis partes oscuras y, por lo tanto, inexpresables (¡mucho mejor!). En la etapa en que los contenidos estaban en forma de hénides uno giraba en torno al objeto y en cada tentativa iba corrigiéndose y decía “ésta no es todavía la palabra exacta”, lo que representaba una inseguridad en el juicio. (¡Muchísimo mejor!, esto era justamente lo que le pasaba a ella. Y pensar que ahora hasta le podía dar un nombre: hénide. Su vida empezaba a organizarse. Y todo fue bien, hasta que aparecieron las mujeres.) Ocurre que en la etapa en que los hombres ya tenían sus contenidos psíquicos en forma articulada, las mujeres seguían pensando en hénide (¿qué mujeres?, pensó Irene). La prueba de eso, decía Weininger (dijo él), era que cada vez que la mujer trataba de expresar un nuevo juicio esperaba que el hombre le clarificase sus representaciones oscuras, le interpretase las hénides (¿por qué no te hacés un enema de puloil y te vas a escribir Safac al cielo?), de ahí que muchas mujeres no pudiesen amar a un hombre que no fuera más inteligente que ellas, que hasta experimentasen repugnancia sexual hacia aquellos hombres que les daban la razón en todo. En resumen, decía Weininger (dijo él) la función sexual del hombre tipo ante la mujer tipo era transformarla en consciente.
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