Liliana Heker - Zona de clivaje

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Irene Lauson experimenta y analiza su vida a través de la Física y persigue tenazmente un vínculo posible entre la verdad y la felicidad. Alfredo Etchart, su profesor de literatura y luego el hombre con quien mantiene un vínculo amoroso intenso y en muchos momentos conflictivo, ve el mundo a la luz del arte y del marxismo y busca, ante todo, seducir. El despliegue inteligente, irónico y conmovedor de esa relación es la piedra de toque para que la protagonista llegue al fondo de sí misma, se pierda una ymil veces y encuentre una salida que no es otra cosa que el trabajoso camino hacia la madurez. Y al acompañar esa travesía gobernada alternativamente por la razón y por la pasión, el lector accederá no sólo a las claves inefables del universo femenino sino también a lasmarcas culturales y sentimentales de toda una época. “En la estructura destellante y perfecta del cristal”, se explicita en algún momento del libro, “la zona de clivaje es aquella donde la unión de los átomos se muestra débil y donde, por lo tanto, el cristal se vulnera y se quiebra”. Liliana Heker no podría haber encontrado mejor metáfora para condensar lo que sucede en esta novela excepcional. VICENTE BATTISTA “Una de las pocas novelas argentinas de los últimos años a la que se puede califcar de necesaria.” CRISTINA PIÑA “Historia de amor, entonces, y de difcultosos ‘años de aprendizaje’, Zona de clivaje posee la virtud de revitalizar el placer de leer.” SUSANA SILVESTRE

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Sobre todo porque esa adolescente jetona y de ojos chiquitos (según él le acababa de informar) no podía tener mucho de reina. Ahí estaría lo tentador, en ese apenas rielar de la belleza, un mero soplo, demasiado inconsistente para ser percibido por el ojo humano en estado normal. Él sin embargo lo vio. Acababa de decir algo sobre la función del arte, cierta ilusión que ellos debían perder de un arte utópico que caería sobre la sociedad como una bomba. En una palabra, que asistir a esta primera clase de Introducción a la literatura no era el mejor camino para hacer la revolución, podían ir pensándolo como primer trabajo práctico. Y la jetona se enojó. Yo también me hubiera enojado, pensó Irene comiéndose una uva. ¿O a los diecisiete años no necesitaba creer que cada uno de mis actos acarrearía su fatal granito de arena a la? ¿Y a los treinta? Al parecer, esa noche de abril en el Aula Magna todos necesitaban creerlo porque Alfredo advirtió el revuelo. Seiscientos alumnos dispuestos a saltar sobre él -pero demasiado enfáticos, aclaró y le robó una uva, mucho más fervorosos que ideológicos-. ¿No se estará poniendo viejo?, pensó Irene. Pero no fue el revuelo lo que lo inquietó. Fue la jetona. Su enojo, dando lugar a ciertas transformaciones. Fruncimiento de la boca, medio giro de la cabeza. Y el pelo, el modo en que se le balanceó el pelo cuando dio vuelta la cabeza. Y la boca trompuda vista ahora de perfil. Un efecto simultáneo y complejo que fulguró un segundo entre las seiscientas cabezas y produjo en Alfredo un estado de ebriedad. ¿Lo fugitivo dejándole un rastro de angustia? Comprensible, pensó Irene, ¿acaso no me ocurre también a mí? Una muchacha que de pronto pasaba a su lado y le provocaba un relámpago de maravilla y de miedo. La hermosura es como un imán, escribiría, o como un pozo sin fondo. Sobre todo cierta hermosura… ¿inocente? No, nada inocente. Maligna y arrogante pero desentendida de sí misma. Esa belleza escurridiza y versátil que se percibe en ciertas adolescentes. La trompudita parecía ser de la familia. Peligrosa, iba a pensar Irene después, de las que se toman su tiempo. Pero eso al cabo de dos meses, cuando los alumnos hubiesen perdido la desconfianza inicial que solía provocar Alfredo y ya lo odiaran o lo idolatraran sin dobleces. Entonces se iniciaría un rito al que Alfredo estaba habituado. Los alumnos más vehementes abordarían su escritorio al final de cada clase para seguir discutiendo. La trompudita no. Ella se quedaría a mitad de camino, mirándolo de lejos, como si no se animara a acercarse pero, en el fondo (iba a pensar Irene), como si no quisiera que él la confundiese con el montón. Entonces pensaría: peligrosa. Ahora todavía no. Ahora, en esta primera clase que Alfredo le sigue contando mientras Irene come uvas y en el preciso momento en que el profesor ha dicho que no era con libros que cambiarían el mundo y ha captado -pero ya menos voraz- el acecho general, la cabeza de la jetona se ha vuelto hacia él y su mirada ¿no le está prometiendo a Alfredo cierta posibilidad de salvación? Sí. Claro que los libros también entran en ese mundo mejor. Ciertos libros. Ya que toda obra de arte es una búsqueda solapada de belleza, una condena entonces a lo que embrutece al hombre, a aquello que lo degrada a un destino indigno. Estos locos perseguidores de lo bello -y está pensando en Baudelaire, y está pensando en Wilde- son más peligrosos para las buenas conciencias que ciertos farsantes que te enchufan dos o tres clisés políticos en un novelón mediocre y se creen los ángeles de la barricada. E Irene podía imaginarlo realmente apasionado por lo que decía y al mismo tiempo controlando a la trompudita que poco a poco se va transformando, confiadamente deja ahora que las palabras de Alfredo penetren en su alma virgen, todavía más embriagada (piensa Irene) por el sonido de las palabras que por lo que de verdad significan. Ya que toda formación es un proceso largo e intrincado, escribiría. Las alumnas intuitivas perciben tonos, matices, hasta omisiones en las que deben confiar. Como perras. Olfatean la verdadera sabiduría, y se disponen, desenfadadas y putas, alegres y desenfrenadas, a que las ideas audaces entren en sus cabecitas.

– Si lo sabré -dijo Irene. Y se comió otra uva.

Alfredo Etchart: así le han dicho que se llama. Hace casi dos horas que Irene Lauson no le quita los ojos de encima. Él, en cambio, no la ha mirado. La señora Colombo le dijo a Irene que él tradujo a Lawrence Sterne; le dijo: así joven como lo ves, es uno de los teóricos de literatura más brillantes de la Argentina; le dijo lástima que sea marxista. Irene no tiene la más remota idea de quién es Lawrence Sterne, no consigue vincular la palabra “marxista” con este hombre rubio de sonrisa maligna, no cree en absoluto que se lo pueda llamar joven. Ella tiene diecisiete años y los hombres de treinta le parecen irreparablemente viejos. Lo que sí cree es que si él mirara hacia la silla en que está sentada se sorprendería mucho y, a lo mejor, hasta se acercaría a preguntarle algo. Está convencida de que su presencia ha de ser desconcertante y atractiva en este living donde, con mundanidad, conversan cineastas, pintores, señoras muy paquetas, señores atildados, gente barbuda y, al parecer, literatos marxistas. ¿Gente importante? Vaya a saber. Salvo a la señora Colombo, su ex profesora de literatura que la trajo y la dejó abandonada, Irene no conoce a nadie. Pero eso no es un dato: no hay más que reparar en su pollera tableada, en la inquietud con que una y otra vez se acomoda en la silla, en su cara redonda e infantil, para adivinar que viene de otro mundo. Se siente mirada por todos. Menos por Alfredo Etchart, quien en este momento explica con pasión a varias personas qué habría pasado si en el cincuenta y cinco Perón le daba al pueblo la orden de salir a la calle mientras dirige miradas turbadoras a una señora muy fina y a una pelirroja tetona que se ignoran mutuamente y todo el tiempo hacen que sí con la cabeza. Como si estuvieran muy de acuerdo en eso de la revolución social -reflexiona Irene desde su silla-, aunque las dos deben estar pensando que él sacó ese tema ten antipático porque con toda este gente le resulte imposible rifárselas ahí mismo. Qué tarado, piensa; qué gracia puede hacerle levantarse a esas dos que por poco no se le sientan encima. Después de más de dos horas de observarlo, está dispuesta a jurar que él no tiene nada que ver con toda esta gente, por eso le da rabia que les preste atención y mire a cualquier parte pero no hacia el lugar que le depararía la grata sorpresa. Es un engrupido, decide, y también decide: tengo que llegar a ser una gran dama. Se levanta y atraviesa el living. Ahora está ante un gran espejo: ahí no hay nada que se parezca a una gran dama. Tiene las mejillas coloradas, lo que hace que su cara parezca todavía más redonda. Se chupa un momento las mejillas, se las cubre con el pelo. Bah. Con determinación se tira hacia abajo el borde del pullover, le hace una reverencia a la del espejo y, luego de atravesar otra vez el living, se sienta en un sofá.

Pero él tampoco ahí nota su presencia. Irene se revuelve en el sillón, reverberando de furia. Querría que este buen señor la viera ahora, sólo para que notase su mirada de desdén. Tranquilamente podría chantarle yo me río de sus buenos modales, querido profesor: soy una niña libre como el viento, indomable y superdotada, difícil aun para usted. ¿Parezco ingenua? Estoy llena de malicia. ¿Parezco asustada? Los doy vuelta a todos. ¿Parezco pendiente de usted? No pienso en otra cosa que en asesinarlo. ¿No parezco capaz? Soy capaz. Dentro de un segundo voy a hacerle traición.

Después de serle fiel más de tres horas, Irene Lauson traiciona a Alfredo Etchart. ¿Qué se creía h err professor?, ¿que ella no conoce el juego? Esto es moco de pavo: el abecé de la lucha por la vida. Hay que hablar poco, sonreír mucho, decir ¡oia! y abrir ojos despavoridos. Parpadearle con timidez a un hombre de piel oscura que quiere saber la causa por la cual una jovencita tan angelical ha venido a parar a este antro de perdición, embarullarse al contestarle, mirar con devoción, como a abuelas, al resto de las mujeres, cederles el asiento, oír que un hombre con canas en las sienes dice cómo vamos a permitir que la damita se quede de pie mientras Alfredo Etchart escucha con aire secretamente divertido a una muchacha rubia de vestido blanco quien, desesperada, se lleva las manos al pecho como si tratara de que él comprendiese algo muy íntimo que la de blanco guarda en el corazón. A mí este ruido me aturde la cabeza, le dice Irene al señor de las canas. Bueno, qué tonta, ¿no?, meaturdelacabeza ji ji, ¿qué me iba a aturdir, si no? El señor de las canas ríe, otro de barbita que la ha escuchado ríe, Irene se tapa la cara con el pelo, dice siempre digo palabras de más y candorosa ríe. La muchacha de blanco, tranquilizada de golpe, también ríe por algo que le acaba de decir Etchart, a quien le ofrece whisky una señora de vestido negro que se interpone entre él y la de blanco, quien se enfurece y rechaza un whisky. A mí el whisky no me hace nada, dice Irene, y acepta otro vaso. Si seguís así te vamos a tener que llevar alzada, le dice un muchacho de anteojos. No sería un trabajo muy duro, dice el de las sienes. Irene emite risitas, les dice a los dos que no se preocupen porque un año nuevo ella se tomó como once copas de sidra y no le hizo nada. La de negro parece haberse olvidado de que venía sirviendo whisky; está detenida ante Etchart y le cuenta algo en actitud confidencial. A la de blanco no le ha quedado más remedio que retirarse; ella y otra, que tiene un vestido brilloso y conversa con un señor muy feo al que no presta atención, no le quitan los ojos de encima a Alfredo Etchart. La de negro se ha colocado de tal manera que a Irene no se lo deja ver. Irene se corre. Me parece que el whisky te pone inquieta, dice el muchacho de anteojos. Soy inquieta, dice Irene, me la paso corriendo de acá para allá. Varios hombres ríen encantados. Ciertas mujeres pueden estar pensando por qué dejarán a estas mocosas venir a las reuniones de gente seria. La muchacha de blanco, la de vestido brilloso y una muy hermosa recién localizada deben de estar preguntándose si ciertas viejas reblandecidas no tendrán vergüenza de andar coqueteando con los hombres jóvenes. Por fin la muy hermosa avanza con decisión y, señalando a un señor muy menudito, le dice algo a la de negro. La de negro mira con perfidia a la muy hermosa y va a servirle whisky al señor muy menudito. Irene se siente un poco aturdida; le duele la cabeza. Etchart le está explicando algo a la muy hermosa. Cómo te brillan los ojos, dice el de las sienes. ¿Sí?, dice Irene; voy a mirarme. Atraviesa el living y va hacia el espejo del vestíbulo. Etchart dice que lo que suele llamarse poder parapsicológico puede no ser otra cosa que una exacerbación de la sensibilidad y de la inteligencia, pero no la ha mirado pasar. ¿Y?, pregunta el de las sienes. Cierto, dice Irene; pero no es el whisky, es el calor. Varios hombres ríen porque no le creen. Irene tampoco se cree. Ríe. Acepta otro whisky. La gente parece cansada y fea. El señor de las sienes ha puesto su pierna contra la pierna de Irene, quien no se retiró. La muchacha de blanco ha vuelto a acercarse a Etchart. Sos encantadora, dice el de las sienes. El muchacho de anteojos habla sobre los trastornos de la vejez. Irene asiente con ambigüedad. Nunca vi otros ojos como los tuyos, dice el de las sienes. Irene le sonríe. Que tengo que avisarle a esta chica, Irenita, que se prepare porque ya nos vamos, dice la profesora Colombo. ¿Ya te vas, Alfredo?, pregunta la de negro. No, qué voy a estar mareada, dice Irene, y trata de avanzar sin caerse.

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