– Si serás pava -dijo él-. Pero no te compliques la vida -agregó, mientras parecía buscar algo a su alrededor-. Por ahí no viene nadie. Ya te veo, solita tu alma, al lado del cajón.
– No, eso no -dijo Irene; no podía permitir ni por un segundo esta especie de derrota final y ya le estaba preparando un funeral precioso, lleno de esbeltas enlutadas.
Pero sin muerto, por Dios, sin muerto, rogó. Sólo un momento, porque él ya le estaba preguntando si no sentía un perfume, muy cercano, a jazmines. Y ella sentía, cómo no, ahí nomás, a un paso de ellos. Así que buscaron en la noche, abrazados y vivos, espiando en cada verja y detrás de cada tapia, porque los jazmines estaban allí aunque ellos no los vieran, fragantes y blancos, acechándolos.
– Entrá vos. Yo voy a comprar cigarrillos. Fue un primer aviso, el sacudón de una brevísima oleada de pánico, pero Irene no le prestó atención. Caminó lo que faltaba hasta la casa de Alfredo como si todavía estuviese embriagada por la felicidad del regreso. Va a llamarla, dijo con brutalidad una voz interior. “Cómo le va, tanto tiempo, señorita Irene.” ¿No había en la pregunta cierto tonito de burla? Devolvió el saludo con efusividad exagerada. Alegría fingida, pensó que debía pensar la portera. Basta. Ya estaba hilando demasiado fino. El lentísimo ascensor jaula se detuvo en el quinto piso. Irene sacó la llave y entró en el departamento.
Tiró la cartera en el sillón y encendió una lámpara. Todo está como era entonces. Algo dentro de ella se apaciguó. Eso estaba ahí, como siempre. Un ámbito impenetrable, tirando a sombrío, en el que cada detalle era un indicio del hombre que lo habitaba. Pero siempre se las arreglan para dejar rastros. Asquerosamente, el pensamiento atravesó la calma y la obligó a echar una mirada inquisidora a su alrededor. Estaba segura de encontrarlo: algo cambiado de lugar que Alfredo aún no había notado o no había tenido tiempo de poner en su sitio, un pequeño objeto olvidado o premeditadamente dejado allí para que lo viera ¿ella?, la cama tendida de manera inusual, la yerba puesta en otro estante. Había habido casos de señales más burdas, claro. Mujeres que se habían empeñado en dejar su propio y cariñoso sello, una agarradera a cuadritos para la pava, un pescado colgante que, si se le tiraba de una cuerda, dejaba oír el Sueño del Amor, de Liszt, un lechoncito de loza, objetos que pretendían instalar cierto tono retozón en la adustez habitual y que invariablemente iban a parar a la casa de Irene, constituyendo lo que ella llamaba sus trofeos de guerra. Pero eso no contaba. En cambio bastaban otras pequeñas certezas -una marca distinta de cigarrillos, un orden inusual en la alacena- para que una mujer que hasta el momento había sido un mero tema de conversación para Irene -él solía contarle hasta ciertos incidentes mínimos, como si algunos hechos sólo adquirieran para él su sentido completo cuando ella los conocía-, esa mujer hecha de palabras se transformara en un ser real que pugnaba por existir a su manera, por instalarse a su manera en el mundo de él.
Pero ésta no. Irene ya había inspeccionado las alacenas y ahora, rastreramente, estaba revisando los ceniceros: la mirona no parecía dejar indicios de su presencia. Y, sin embargo, tenía que haber estado en esta casa, la habría alumbrado con su particular modo de ser. Y algo peor: la seguía alumbrando todavía con un brillo fantasmal y evasivo. O la alumbraría apenas Alfredo abriera esa puerta. La concavidad de un almohadón, un libro preciso en la biblioteca, algo que ya estaba ahí, latente, pero que Irene no podía ver, desencadenaría en Alfredo un recuerdo intacto. Y ahí estaba -descubrió de golpe cuando salía del dormitorio-, ahí estaba la falla de esta noche casi perfecta: todos los huecos habían estado llenos con la ausencia de Cecilia. ¿Cuándo, en qué momento exacto de este mes había dejado Alfredo de mencionarla? O ella de preguntarle. ¿Sí? Estaba tratando de volver atrás, de reconstruir el hecho o serie de hechos que los había llevado a esta omisión -¿y habría pasado el tiempo suficiente como para que se lo considerara una omisión?-, cuando lo vio. En el escritorio de Alfredo, entre pilas de papeles donde él trataba de expresar un orden en el que cabrían la revocación del hambre y el soneto de Ronsard, en medio de un caos en el que tal vez era posible leer el amor por los hombres que sus gestos retaceaban -caos que Irene no indagó porque presuntuosamente creía conocerlo-, semioculto por los papeles estaba el cuaderno. A Irene le bastó observarlo, con sus tapas rojas y un intento de barquito en el ángulo inferior izquierdo, para saber que era un cuerpo extraño. Un sacrilegio. La marca de una adolescente entrometida que adora los cuadernos de tapas rojas y, arrogante e impúdica, los instala donde no debe. Cómo lo había permitido Alfredo. Se está poniendo gagá, se dijo con una saña que la sobresaltó. Cuando sea viejo lo van a hacer caminar en cuatro patas. Y abrió el cuaderno. “ Mi cuerpo inmundo”, leyó al azar. “ Mi hermana vestida de novia, el órgano de la iglesia emprendiendo con virulencia la Marcha Nupcial, todos a mi alrededor con repugnantes lágrimas de emoción en los ojos, y yo en medio de las buenas conciencias, sabiendo que esa misma noche, por primera vez sola en mi dormitorio, iba a consumar mi matrimonio conmigo misma.” Acá estaba ella entonces, llena de sí. Existía. Irene escuchó el sonido de la llave. Tuvo el impulso abyecto de ocultar el cuaderno en el mismo lugar en que lo había descubierto. No. Con lentitud, obligándose detenidamente a no ser puerca, apoyó el cuaderno de tapas rojas, bien visible, sobre los papeles de Alfredo. Él entró.
– No fuiste a comprar cigarrillos -dijo ella.
No era su estilo: arriesgar una acusación tan sin preámbulos ni pruebas.
Él, con su mejor aire de inocencia, mostró el paquete. Elemental, Watson.
– Sí -dijo ella-, pero sobre todo fuiste a hablarle a Cecilia.
Él, con extrema minuciosidad, como si estuviese conteniendo algo que al menor descuido podía estallar, sacó la tirita de celofán.
– Y qué -dijo, apenas amenazante.
– Y qué, y qué -repitió Irene, desarmada. ¿Qué podía reprocharle? Vos me engañás con esa chica. Vos te acostás con. No encontraba nada sensato que argumentar, nada que resistiera el análisis. Pero no. No detenerse a pensar lo que diría-. No podés estar un momento sin llamarla, eso es lo que pasa. Y para peor tenías que ocultarte. Todo el tiempo te estás ocultando con esa Cecilia, no sé si te habrás dado cuenta.
No era eso lo que quería decir. En realidad, aún no sabía qué quería decir, o si quería algo.
Él había encendido un cigarrillo. Le dio una pitada.
– La verdad, no -dijo con sequedad-. No me di cuenta.
– Me encanta eso. Me encanta que nunca te des cuenta de nada. Actuás como si fueras un arcángel. Como si tus actos no tuvieran consecuencias.
Él habló como se acerca un tigre.
– Conozco bastante bien las consecuencias de mis actos -dijo-. Lo que no conozco, lo que no tengo por qué conocer, son las consecuencias de tus actos. No puedo prever, digamos, qué te puede pasar mientras voy a comprar cigarrillos.
– ¡No fuiste a comprar cigarrillos! ¡Fuiste a llamar a Cecilia!
– No trates, por favor, de descubrirme en algo que yo mismo acabo de decirte. No está a tu altura.
– Dejame de joder con mi altura. Yo fui feliz esta noche -sorpresivamente se encontró diciendo-. ¿Entendés eso? Feliz. Ya sé que suena estúpido pero no sé. No sé cómo decirlo con otras palabras.
– No hacen falta otras palabras -dijo él, cortante-. Fuiste feliz, ¿y entonces?
– Que fue hermoso. Que todo lo que pasó desde que nos encontramos hoy me parecía que fue hermoso. Y resulta que no; que todo el tiempo venías pensando que tenías que llamarla a la Cecilia ésa.
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