La Argüello se había dado vuelta y ahora apretaba las manos de un hombre diminuto muy parecido a Einstein.
– Pobrecito -decía-, pobrecito. Tantas noches sin dormir, matándose a pastillas, para encontrar una cosa que perseguía.
Algo que nunca se sabría qué era, se fue enterando Irene después, mientras flotaba, como entre las babas de una pesadilla, en medio de gente que blandamente, casi con satisfacción, iba caminando hacia la decrepitud. Ya que a la una de la madrugada, después de días y noches de escribir casi sin tregua, raramente desorbitado y casi loco, quemó todo lo que había escrito, llamó a su mujer (a quien Irene acababa de distinguir entre los rumiantes, el pelo negrísimo recogido en un rodete y una expresión tan digna y enigmática que la llevó a Irene, aun difusamente, a descubrir algo sobre sí misma), le dijo algo aún no revelado, murmuró: “Perdoname, amor”, apoyó la cabeza entre las manos y se quedó así, hasta que por fin la cabeza cayó sobre las teclas de la máquina vacía. “Una especie de suicidio”, oyó, y en el mismo momento en que conseguía definir aquello que había descubierto, pálido, con una cara tan de desamparo que la conmovió, lo vio emerger a Alfredo entre las flores.
Lo que había descubierto es que el tiempo no pasa en vano. O mi tiempo personal, escribiría, no había pasado tan en vano como yo aun sospechaba. Porque la Irene Lauson que ahora estaba contemplando a esta hermosa mujer de pelo negro sabía algo que la adolescente sobradora que bebía vino blanco nunca llegaría a saber. Sabía que a veces hace falta una fuerza desmesurada o un desmesurado amor para aceptar convertirse en la estatua que un hombre cruel y solitario acariciará como al descuido. Y sabía también que ni la imperturbabilidad de una mujer de rodete negro, ni el sencillo llanto de la vecina, ni nada de lo que ocurre o late sobre la tierra cabe en una rápida y despectiva mirada, por sagaz que esa mirada pretenda ser. La mujer que en ese momento dispensaba mesurados saludos parecía tan dignamente sola, tan guardiana de un dolor privado e incomunicable, que Irene tuvo ganas de correr hacia ella y decirle hasta qué punto la conocía. Acto ridículo que por supuesto no llegó a realizar. Sobre todo porque en ese momento advirtió que Alfredo, quien acababa de descubrirla entre la multitud como se encuentra a otro náufrago en la famosa isla de la palmerita, venía a su encuentro.
– Qué estás haciendo acá -le preguntó él en voz muy baja.
Irene vaciló. Imposible darle la respuesta verdadera. De cualquier modo, a la luz de esta muerte y de la desolación que podía leer en la cara de Alfredo, todo le pareció tan grotesco que le agradeció a Ram el gesto oportuno que la había hecho entrar en razón. Con habilidad agarró para el lado de los tomates.
– Y vos -dijo-, ¿qué estás haciendo con esta cara de velorio?
Él, pudorosamente, alejó de su cara los vestigios de esta nueva orfandad. Con su mejor tono impersonal, dijo:
– No sabés. Llegué a las siete, como le había dicho a Ram, y me lo encuentro lo más pancho adentro de un cajón y con todas esas momias velándolo. Menos mal que viniste, si no, me tenían que velar a mí también -la miró con una especie de amor que venía de lejos y que para confirmarse no necesitaba (o tal vez sólo él creía que no necesitaba) de indignas demostraciones de amor-. No sé cómo hacés -dijo-, pero siempre estás cuando hace falta. -Lo dijo en serio.
Irene se sintió avergonzada de sí misma; sobre todo, se sintió avergonzada de sentirse feliz. Pensó que algún día le tendría que contar la verdad, la real y mezquina razón por la que estaba acá. Pero eso iba a ocurrir mucho más adelante, cuando todo esto no fuera más que una anécdota inofensiva.
Ahora se rió.
– ¿Viste? -dijo-. ¿Viste las consecuencias de obrar mal? Dios al fin castiga, sin palo y sin rebenque.
– Lo peor es que debe ser cierto -dijo Alfredo-. Seguro que este hijo de puta lo hizo a propósito. Me acuerdo que una vez le dije que yo odiaba estas payasadas; que toda esta pompa lo que consigue es distanciarnos de la real angustia de la muerte -se rió, como disculpándose-. Yo era joven, en fin, todavía me sentía obligado a decir ciertas frases enfáticas para impresionar al maestro. La cosa es que él se rió. Nunca diga de esta agua no he de beber, Etchart, me dijo misteriosamente. Seguro que esta vez también.
Me lo imagino un segundo antes de morir, matándose de la risa porque al final me iba a obligar a asistir a su velorio.
Irene le iba a explicar algo pero él hizo un rápido ademán con la mano, como quien quiere borrar alguna cosa que no soporta.
– Pero lo voy a joder -dijo-. Ahora mismo nos vamos de acá.
La agarró a Irene del pescuezo y eludiendo sin ningún miramiento a un señor pelado que en ese momento venía a saludarlo, y a Celia Argüello que como una niña indefensa les hacía adiós con la mano, y a la altísima e inmutable mujer de Ram que pareció a punto de decirle algo a Alfredo -tal vez un último deseo del hombre muerto, tal vez un mensaje elaborado y cruel-, y eludiendo al que yacía para siempre entre flores corruptas, pero sobre todo eludiendo la muerte, el horror o el cautivante vértigo de la muerte, salieron sin ninguna reverencia a la ancha y despejada noche. Así, abrazados y elusivos, caminaron en dirección a la casa de Alfredo, hasta quedar exhaustos.
Pero en esa larguísima caminata hasta la casa de Alfredo en la que descubrieron entre el asfalto un fragmento de vía y evocaron el traqueteo lento y amable -porque esos destartalados tranvías amarillos siempre iban a estar en los orígenes de su historia y otras mujeres podrían amarlo o creer que lo amaban, escribiría Irene, pero nunca tendrían esta trajinada música nocturna enredándose en los inicios de la ardua aventura de conocerlo-, y reconocieron o creyeron reconocer el perfume de un jazmín al que buscaron anhelosos y errantes detrás de las tapias -pero estaba, el perfume estaba ahí, acechando, y los dos lo podían sentir-, en esta demorada caminata en la que trataron desesperadamente de aferrarse a la vida, a lo que los dos amaban de la vida, o a lo que cada uno creía que el otro amaba de la vida, en esta alumbrada noche de octubre en la que caminaron abrazados como dos amantes ebrios o como los hermanitos perdidos en el bosque que se protegieron uno al otro bajo la encina en medio de la soledad y el horror del mundo, en esta clara noche de recuperación y de alegría la muerte no hizo su aparición. O apareció ladinamente, como un chiste, o como otro juego secreto entre ellos dos, más o menos entre los vestigios del tranvía y el olor a jazmín, cuando, sin saber por qué, se encontraron armando, como una bien planeada fiesta, el velorio de Alfredo.
– Te imaginás lo que puede ser eso -dijo él.
Irene echó un poco el cuerpo hacia atrás.
– Mi Dios, no va a faltar ninguna -dijo-. El despelote que se va a armar.
– Van a despedazar mi cadáver -dijo Alfredo.
– Quedate tranquilo -dijo ella-. Yo te voy a hacer quedar como un rey.
Y pensó que sí, que seguramente iba a hacer eso como una última prueba de fidelidad, y que él lo sabía. Y ahora mismo estaría imaginándola, afanosa y atenta, tratando de mantener por última vez el delicado equilibrio que había sido la vida de él, con la misma pasión -¿y con el mismo sentimiento de inutilidad?- con que él lo habría hecho.
¿Pero quién me va a ver?, se le cruzó con temor.
Con quién compartiría los pequeños equívocos, los indecibles absurdos de este velorio. A quién iba a buscar para reírse juntos cuando la representación terminase y todas las viudas inconsolables se hubiesen ido y ella se quedara sola con su alma. No hay peor tristeza que la de reírse solo, escribiría, y pensó que ahí estaba el secreto de este matrimonio, más sagrado que los que se consumaban en altares o a la luz del día, y pensó dónde voy a buscar refugio cuando vos no estés, y pensó por favor, Alfredo, no te mueras nunca.
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