José Santos - La Amante Francesa

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Primera Guerra Mundial. El capitán del ejército portugués Afonso Brandão está al frente de la compañía de Brigada de Minho; lleva casi dos meses luchando en las trincheras, por lo que decide tomarse un descanso y alojarse en un castillo de Armentières, donde conoce a una baronesa. Entre ellos surge una atracción irresistible que pronto se verá puesta a prueba por el inexorable transcurrir de la guerra.

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– DiostesalvemaríallenaeresdegraciaelSeñorescontigoybenditatúeresentretodaslasmujeresybenditoeselfruto…

Escuchando la oración que su amigo susurraba como una letanía, entre el estruendo y los zumbidos de la artillería, Matías se acordó con una sonrisa amarga de la decepción que sintió cuando llegó por primera vez a las trincheras, dos meses antes, en septiembre de 1917. Imaginaba antes que la guerra era una gran aventura, repleta de acción y emoción, y se quedó sorprendido por el volumen de trabajo rutinario y de soporífero tedio que poblaba la vida en las líneas. Gran parte del día estaba dedicado a trabajos de diversa índole. Los hombres cargaban municiones y vituallas, llenaban sacos de arena, reparaban vallas y redes de alambre de espinos, cavaban huecos, realizaban drenajes, clavaban tablas en los parapetos, reforzaban paredes, hacían limpieza, siempre con el estómago que se encogía de hambre y el cuerpo que temblaba de frío. El agotamiento era tal que Matías comenzó a concluir que hacía trabajo de siervo en condiciones de esclavo y viviendo como un hombre de las cavernas.

Cuando se produjeron los primeros bombardeos pesados fue una alegría, los lanudos parecían unos chicos traviesos, estúpidamente entusiasmados por el espectáculo prodigioso que iluminaba la noche. En aquel momento, todo sonaba a novedad, había incluso quien salía de los refugios para observar lo que sucedía, la acción parecía excitante, palpitante, tremenda, se disparaba la adrenalina, la guerra era un alucinante juego de luces, colores, sonidos y emociones fuertes. Se sentían extrañamente invulnerables, turistas en un inofensivo paseo, actores en una aventura emocionante. Matías pensaba entonces que las granadas no apuntaban a él, que las balas pasarían siempre al lado sin alcanzarlo, y se sorprendía cuando veía a los tommies meneando la cabeza, estupefactos ante la alegría infantil de los lanudos. Pero cuando empezó a ver morir a sus camaradas, pedazos de carne desparramados por el suelo y miembros mutilados a su alrededor, todo cambió, la muerte dejó de ser abstracta. Lo que inicialmente no parecía otra cosa que una fantasía irreal se convirtió ahora en peligro letal, dejó de ser broma y comenzó a ser pesadilla. Llegaron los temblores, el sudor, el horror, la impotencia. Matías empezó gradualmente a comprender que la guerra estaba hecha en un ochenta por ciento de tedio y rutina, en un diecinueve por ciento de frío polar, pero en un uno por ciento de puro horror, el mismo horror que en aquel momento lo paralizaba, a él y a sus compañeros. Huir de ahí estaba descartado, aunque los reglamentos militares lo permitiesen. Los refugios lo acorralaban, es cierto, pero siempre ofrecían alguna protección. Fuera, bajo la tempestad de acero y de fuego, sospechaba que no sería posible sobrevivir mucho tiempo.

– Los cabrones de los «pájaros» deberían estar aquí -rezongó Vicente, el Manitas, que había acabado hacía una hora la ronda de centinela e intentaba ahora apartar la atención del bombardeo pesado que continuaba en el exterior.

Vicente era el que más protestaba entre los soldados del grupo, no perdía oportunidad de flagelar a los oficiales con palabras cargadas de rabia, pero la verdad es que se limitaba a expresar de viva voz lo que otros pensaban sin decirlo. El resentimiento de los soldados con respecto a los oficiales y la multitud de militares con tareas exclusivamente burocráticas era profundo; además constituía un tema recurrente en sus conversaciones. Los soldados formaban una comunidad cerrada, unidos por una miseria extrema, tenían conciencia de ser carne de cañón y se sentían olvidados por el país y pisoteados por sus jefes.

– Tenemos que aguantar -comentó Matías lacónicamente, apretando los dientes para controlar el miedo.

– Nosotros hundido'en la mierda y ellos en sus refugios con camas, viviendo a lo grande en los cuarteles generales junto al fuego de la chimenea, disfrutando a tope de las juergas con las demoiselles, atiborrándose en los comedores con sus raciones de carne de vaca, bebiendo tinto servido en copas de cristal y durmiendo en sábanas lavadas y perfumadas -enumeró Vicente con un rictus de desprecio.

Se acercó otro lanudo, casi gateando por el suelo fangoso del refugio. Era Baltazar, un serrano de Gerés que solía estar gordo; ahora, con la piel arrugada y el pelo prematuramente canoso en las sienes, mostraba un aspecto envejecido y ya lo llamaban «el Viejo». Sintiendo una especie de comunión del miedo, que lo llevaba a buscar a los hombres que con él sufrían, decidió animar el diálogo, sazonándolo con detalles sobre las demoiselles, una manera eficaz de abstraer la mente del bombardeo.

– El otro día, en Saint Venant, vi incluso a una mujer saliendo del cuartel general -dijo Baltazar-. ¡Qué categoría!

Se callaron, imaginándola. Cualquier noticia sobre la aparición de mujeres causaba siempre sensación.

– ¿Estaba buena? -preguntó Matias, sabiendo que el Viejo no perdía ocasión de usar la palabra «categoría», su expresión favorita desde que la oyera de boca de un oficial.

– Sabes que no soy delicado -dijo Baltazar, el Viejo, encogiéndose de hombros-. En mi aldea, en Pitões das Júnias, me he tirado a hembras mucho peores, con bigote y todo, ¿qué os pensáis?

– Pero ¿cómo era ella?

– Francesa o flamenca, algo pelirroja, grande y llena de carnes -describió con los ojos brillantes.

– ¿Un tanque? -preguntó Matias.

– Un tanque -confirmó el serrano-. Pero se movía con una categoría…

Una sucesión de violentas detonaciones cerca de allí los hizo callar y mirar hacia la entrada del refugio. La tierra volvió a temblar y cayó más barro del techo.

– ¡Joder! -soltó Vicente, el Manitas -. Parece que hoy no paran.

Nuevo silencio dentro del refugio, alterado por los estremecimientos y detonaciones que venían del exterior. Hasta Daniel, el Beato, interrumpió su oración un instante y se volvió, receloso, hacia la puerta del refugio.

– Espero que este antro aguante -dijo Baltazar con fervor, al tiempo que comprobaba la solidez de las paredes barrosas.

– ¡Vamos a morir todos en esta puta guerra! -vociferó Vicente, claustrofóbico, en aquel agujero-. Tengo un presentimiento…

– Esto es un quebradero de cabeza -intervino Matias con expresión tranquila. El hombretón de Palmeira tenía la cualidad de saber ocultar el miedo tras una máscara de imperturbabilidad, sólo lo traicionaba el temblor de sus manos. Matias daba importancia al buen ambiente en el grupo y se esforzaba por calmar a sus compañeros, en especial a Vicente, que era especialmente supersticioso e impresionaba a todos con sus malos augurios-. Pero no pasará nada.

Las trepidaciones hicieron caer nuevos trozos de barro del techo. Los hombres se callaron, mirando hacia arriba con alarma, observando las tablas que sujetaban las paredes del refugio.

– ¡A mí me tiembla hasta el alma! -murmuró Baltazar, angustiado.

– … vientrejesúsruegapornosotrospecadoresahora -proseguía Daniel con los ojos devotamente cerrados.

Pero las paredes resistieron y, minutos más tarde, los soldados retomaron la conversación.

– Me gustaría ver a los oficiales metidos aquí -rezongó Vicente-. Cuando las cosas se ponen jodidas, se las piran todos.

– Como metidos en garlitos -observó Baltazar-. Se encierran en refugios de cemento y nosotros tenemos que aguantarnos las bombas.

Cuando empezaron a sentir verdadero horror por los bombardeos, estos momentos los dejaban sin habla y sin reacción, permanecían postrados, encogidos en los refugios, quietos e inquietos. Pero ahora ya habían aprendido a conversar, en un esfuerzo titánico por pensar en otras cosas y no prestar atención a la tormenta de fuego que en el exterior se abatía sobre las trincheras. Llegaron incluso a intentar jugar a las cartas, pero era pedir demasiado, no lograban concentrarse y desistieron enseguida, sus mentes no podían abstraerse en absoluto de la sombra de muerte que se cernía sobre ellos en aquellos penosos momentos de tronar de hierro. Las conversaciones entrecortadas, las frases dichas de un tirón y las palabras pronunciadas como si quemasen eran el límite de su esfuerzo.

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