Pierre Szalowski - El Frío Modifica La Trayectoria De Los Peces

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Algunas navidades son inolvidables… Las de 1998 en Quebec, no se le olvidarán a un niño que, entonces tenía once años.
Sus padres le anunciaron que iban a separarse. Nunca hubiese pensado que algo así podría sucederle a él. Al día siguiente empezó la peor tormenta de hielo que Quebec había conocido jamás.
En el hielo florecieron situaciones inesperadas. Las personas recordaron sentimientos que habían olvidado. La vida cotidiana se detuvo. Algunas cosas dejaron de ser como habían sido durante mucho tiempo. Aquella tormenta cambiaría para siempre la vida del niño, de su familia y de sus vecinos. Incluso los peces, de uno de ellos, modificaron su comportamiento. Finalmente, la tormenta pasó.
A veces, las situaciones inesperadas hacen que veamos todo diferente.
El frío modifica la trayectoria de los peces. La historia de una felicidad caída del cielo.

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– ¡Miau!

En los brazos de un niño de unos doce años, el gatito. Subida en aquellos tacones, Julie parecía desmesuradamente alta; la cabeza del niño solo le llegaba al pecho. Al ver a su gato en los brazos de su joven vecino, Julie se inclinó hacia delante. Su liviana bata se entreabrió ligeramente.

– ¡Brutus! ¿Qué hacías otra vez fuera?

El niño, entonces, clavó los ojos en el seno medio descubierto de Julie.

– ¡Ha vuelto a escaparse!

– Ya van tres veces esta semana…

Julie, con la mirada experta de las mujeres que conocen a los hombres que miran a las mujeres, captó enseguida el jueguecito de su salvador providencial. Se inclinó un poco más y tendió los brazos para agarrar al gatito. La bata se entreabrió un poco más. El niño no se movía. Un seno de Julie se mostraba ahora casi al completo.

– Va a coger frío…

El niño, subyugado por aquel pezón poniéndose duro, no se movía.

– Alex, me refiero al gato… Te llamas Alex, ¿no?

– Sí, Julie.

Se inclinó un poco más para coger a Brutus. Alex, inmovilizado ante aquellos dos senos que flotaban en el aire, casi tocándole la cara, parecía no querer dejar marchar al gatito.

– Alex, el gato no será el único que se pondrá enfermo…

– ¡Miau!

Alex se resignó a soltar a Brutus, que de inmediato se acurrucó en el pecho de su ama, sin duda mucho más cálido.

– Gracias, Alex.

– Si vuelve a escaparse, te lo traeré otra vez…

Julie, divertida, tan dulce, miró un instante a aquel muchachito cuya audacia, a fin de cuentas, le parecía encantadora.

– ¡No me cabe la menor duda!

¡Clac! La puerta se cerró. Alex, con el orgullo propio del preadolescente, se volvió hacia el otro lado de la calle. Levantó el pulgar en señal de satisfacción, de misión cumplida, de victoria. Curioso, se acercó al cristal de la puerta de Julie para ver cómo su trasero desaparecía por el pasillo. De repente, dio un paso atrás para bajar la escalera. Acababa de ver al hombre.

– ¿Quién era?

– Un vecinito que me ha devuelto a Brutus… Bueno, en realidad estoy segura de que ha venido para disfrutar de las vistas.

– ¿Eh?

– Que no ha parado de mirarme las tetas, hombre.

– Es que son para mirarlas, la verdad.

El imbécil había recuperado toda su soberbia. Un tipo, en función de lo que espera de una mujer, puede ser muy versátil. La noche anterior había interpretado La grande séduction , por la mañana Un homme et son peché , y en aquel momento Mémoires affectives . [1]

– ¿Ha pagado para mirar?

Julie no le dirigió una mirada fría. Era helada. Más helada que el hielo.

– ¿Has pagado tú por esta noche? Te ha costado tres bailes, una botella de vino en el Couche-Tard y dos horas de embustes.

Acompañar a una bailarina de striptease a su casa y conseguir colarse en su cama es el Grial de todo un pueblo, el súmmum del jugador de póquer. Pero lo importante, al final de la partida, es decir una frase anodina que relaje el ambiente en el momento en que uno se levanta de la mesa después de haberla dejado limpia.

– ¡Joder, qué pronto empiezan hoy en día!

– ¡No exageres! ¡Solo son niños!

El frío modifica la trayectoria de los peces

Cuatro peces exóticos, iluminados por una luz blanca de neón, daban vueltas en un enorme acuario situado justo en medio de la habitación. Una tabla, colocada sobre dos caballetes, se combaba bajo el peso de libros que trataban de matemáticas puras. Hojas garabateadas con ecuaciones y cálculos tenebrosos los recubrían. Otras estaban esparcidas por el suelo, algunas arrugadas. En un rincón había una bolsa de deporte con la efigie de los Foreurs de Val-d’Or. Encima había tres bastones de hockey. Bastones de zurdo con la pala muy curvada; sin duda de un delantero.

Al otro lado de la calle se entreabrió una puerta. En el rellano del piso de la planta baja apareció Julie, todavía vestida con aquella bata tan corta. Con desdén, tiró en el contenedor azul la botella de vino vacía, que se rompió al primer golpe. El hombre salió deprisa, mirando a derecha e izquierda. Hizo un pequeño gesto con la mano a Julie, que no le contestó. Cerró con un tremendo portazo. Su historia de amor había terminado.

Boris Bogdanov interrumpió la lectura de un libro de Andrei Markov, no el jugador de hockey sino el gran matemático ruso. Desde su ventana lo había visto todo. Boris Bogdanov esbozó una sonrisita enigmática, como si supiera algo que su vecina ignoraba.

¿Acaso Boris Bogdanov estaba enamorado de la vecina?

Niet ! Boris Bogdanov no se había enamorado nunca, pues lo único que le interesaba desde siempre era su propia persona y sus peces. Cuando llegó de Rusia en 1990, con dieciocho años, soñaba que podría cambiar su vida en el hielo de las canchas de Quebec. Tuvo su oportunidad participando en los partidos de pretemporada de los Foreurs de Val-d’Or en la liga juvenil mayor. Los buscadores de talentos pensaban que habían encontrado en aquel joven ruso una perla rara, esa que se les había escapado a los otros clubes. No los decepcionó.

Los expertos saben que a los rusos no les gusta el juego duro pero son muy hábiles, goleadores naturales. Boris Bogdanov había mentido un poco a los entrenadores sobre su pasado como jugador en el club-escuela del Dinamo de Moscú, no mucho, apenas por unas dos decenas de goles al año, ¡la mitad de los cuales en desventaja numérica!

Todo el mundo vio enseguida, el primer día de los partidos, en el encuentro organizado entre los nuevos fichajes, que no era un auténtico jugador ruso por el talento, sino un auténtico jugador ruso en cuanto al juego duro. En su primera actuación, en desventaja numérica, Boris distinguió de inmediato a un enorme buey de Alberta que quería hacerse un hueco en el equipo. Para aquella montaña de músculos, el juego duro era el pan de cada día, la sal de la vida, la única expresión corporal de la que era capaz. Así que el coloso hizo como los grandes depredadores. Él, de azul, buscó en la manada de los rojos a la presa más débil. La gacela más rápida es siempre la que escapa del león. Para las más lentas es el sálvese quien pueda. Para la más lenta entre las lentas es amén.

Boris Bogdanov no tenía intención de llevarse el disco cuando este se le apareció en el rincón. Solo intentó escapar del gigante de Alberta que le perseguía. De pronto lo oyó gruñir. Boris no dominaba los patines como había prometido. No pudo ir muy lejos y la cosa terminó en un gran ¡bum!

El hombro derecho de Boris Bogdanov, que no estaba muy musculado, se dislocó contra la banda. En resumidas cuentas, solo jugó cuarenta y cinco minutos en la liga juvenil mayor de Quebec, treinta y dos de los cuales se los pasó intentando huir. En Val-d’Or aprecian a los duros, a los auténticos, pero lo que no les gusta nada es que les tomen el pelo.

– ¡No cuentes con nosotros para pagarte el billete de vuelta!

Por lo menos el encargado del equipamiento tuvo la amabilidad de dejarle la bolsa de hockey con los colores del club.

– ¡Será un recuerdo para tus hijos!

Pero no porque uno haya mentido es un imbécil. La prueba es que Boris Bogdanov es un intelectual. Pero tomar a los demás por imbéciles es muy propio del intelectual.

Si Boris tenía un defecto sin duda era este. Siempre tenía esa sonrisita propia de quien sabe algo que los demás ignoran. Era un estudiante muy brillante y lo sabía. Los rusos no solo forman a jugadores de hockey miedosos. También tienen grandes matemáticos.

Boris Bogdanov era un apasionado de la topología o, mejor dicho, de una de sus disciplinas. La teoría de los nudos es una ciencia matemática compleja que permite explicar cosas muy simples de la vida. Cuando se tira del hilo de un ovillo de lana enmarañada, unas veces se deshace de golpe, otras veces se enreda aún más. Es como la vida: pequeños gestos pueden tener grandes consecuencias. Y a veces el mismo gesto no tiene el mismo efecto.

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