Cuando entraron en el bar, Julián cantaba Tatuaje. Hablaba de un extranjero que había llegado en un barco. Llevaba en el pecho un tatuaje con el nombre de la mujer que había amado. Otra mujer, a quien contó su historia, le perseguía de mostrador en mostrador:
– Hay amores que matan -suspiró María, que era una seguidora de las telenovelas, mientras ocupaban una mesa en un extremo de la sala.
– No debes de hablar por ti. -No pudo evitar la ironía-. En todo caso, debes de decirlo por mí. Pero tendrías que corregirte: mis amores casi me matan, pero ellos siempre se mueren.
– Ay, querida, ¡cuánto lo siento! -María era incapaz de captar el tono burlón de la otra-. No me refería a tu vida. Ya sabes cómo me duele.
– No hablemos más de ello, mujer. Era una broma. Escucha, ¿crees que hay algo mejor que un bolero para definir el amor?
– Me encantan -suspiró aliviada por el giro de la conversación.
– Un buen bolero y una copa de cava. -Hizo un gesto al camarero-. ¿Qué te parece?
– Una combinación acertada. Me gustaría saber por qué los boleros son siempre tristes.
– A la gente le gusta escuchar historias que hablan de amores desgraciados. Después pretenden vivir un amor feliz, pero no todo el mundo lo consigue. Algunos ya hemos renunciado, tras comprobar que la vida puede ser un auténtico bolero.
Los ojos se les acostumbraron a la penumbra de la sala. Empezaron a distinguir las siluetas de los demás. Debía de haber una veintena de noctámbulos, que no hacían demasiado ruido. El murmullo de las conversaciones, de alguna risa subida de tono, de las copas que tintineaban se unía a la canción. Sin darse cuenta, se habían situado cerca del escenario. Algunos metros las separaban del hombre que tenía la voz de terciopelo desgarrado. «Me recuerda el sofá de la casa de los abuelos», pensó Matilde, mientras sonreía, extrañada por la comparación. La voz se asemejaba a la tela en apariencia fuerte, pero deteriorada por los años, que mantenía una textura que recordaba antiguas glorias, pese a estar ajada. Habría querido acariciarla. Aunque parezca imposible llegar a tocar la voz de alguien, estaba segura de que la sensación debía de resultar grata. Cuando el hombre acabó Tatuaje, aplaudieron. Estaban sumergidas en un ambiente cálido, donde los humos de los pitillos dibujaban espirales y los secretos podían convertirse en un rumor. Julián las saludó, haciendo una ligera inclinación con la cabeza. Tenía el aspecto de un solitario a quien la vida ha robado la sonrisa. El aspecto serio concordaba con las letras de las músicas que interpretaba. Inició los acordes de Si tú me dices ven.
«Dejarlo todo por alguien no debe de ser fácil», pensó Matilde, mientras le observaba de reojo. Desde que se miraron, reconoció una vieja señal de alarma.
Hay indicios que nos recuerdan experiencias vividas. Amores que empiezan evocándonos otros amores, aunque cada pasión sea única. Enamorarse puede ser el resultado de mucho tiempo, o puede surgir en un instante. Hay quien no cree en las historias que nacen del desconocimiento del otro, pero Matilde nunca las había cuestionado. Consideraba que el amor exige grandes dosis de insensatez. Una capacidad de dejarse llevar, cuando se desconoce el rumbo de la travesía. Habría querido saber protegerse. Ante cualquier signo de peligro, estaba dispuesta a actuar con firmeza. La situación la pilló desprevenida. ¿Cómo podría haber imaginado que volvería a caer en el mismo error? Habría jurado por la memoria de sus muertos que estaba curada del mal de amores. Había padecido demasiado sus miserias. Pero la carne quiere carne, y no escucha demasiado las recomendaciones de la razón.
Los boleros tuvieron la culpa. Se lo repetía, cuando intentaba aclararse aquella noche. Son más peligrosos que el alcohol, la tristeza, la soledad. Se embriagó con ellos y la voz de un hombre llenó su mente, anulando las otras voces que la advertían. Los boleros son los culpables de ciertas reacciones absurdas. La historia que cuentan queda retenida en algún rincón de nuestro cerebro; transforma nuestra percepción de las cosas. Quizá no son las historias, sino el sentimiento que transmite alguien cuando los canta. No se puede interpretar un bolero con la boca chica, con prisas, ni como si se padeciera estreñimiento. Tienen que significar un vómito de sensaciones, la capacidad de desafiar el ridículo, la propia vulnerabilidad, los días grises.
Bebían cava. Cuando tenían la copa vacía, un camarero volvía a llenarla. Les dijo que era una gentileza de don Julián Ramírez, el cantante, y las dos le agradecieron la atención levantando la copa a la vez, en un gesto que el alcohol hacía descomedido. María, que no era de reacciones demasiado rápidas, murmuró:
– Tengo la sensación de que ese hombre te mira mucho. Canta para ti.
– ¿Qué dices? -le preguntó la otra, disimulando.
Durante una pausa en la actuación, les pidió permiso para sentarse a su mesa. Tenía los ademanes de un caballero de otra época, pero añadía una ampulosidad innecesaria, una exageración en el movimiento de las manos. Era parlanchín, pensó María, a quien le resultaba difícil abrir el corazón a los desconocidos. En cambio, Matilde tenía la impresión de conocerlo de siempre. Les contó que hacía treinta años que actuaba en el local. Tenía un extenso repertorio. Se dedicaba en cuerpo y alma a la interpretación de las piezas, porque los artistas tienen que dejarse la piel en cada actuación. Lo aseguraba sin sonreír, con un rictus en los labios que Matilde leía en silencio. Había estado dispuesto a quemar la vida por la música, mientras otro fuego lo devoraba. Padecía ataques de bronquitis, que le dejaban fuera de juego durante semanas. Tenía las cuerdas vocales cansadas, la garganta oscurecida por el tabaco, el cuerpo vencido, pero no habría abandonado el trabajo por nada del mundo. Volvía a sentir la ilusión del adolescente que sube a un escenario, aunque no tuviera ningún escenario ni fuera un adolescente. Cuando se iban, interpretó una última canción para Matilde. Se titulaba Contigo en la distancia, y ella la escuchó con una tristeza que le resultaba difícil de comprender.
Se casaron tres semanas después. Así era la vida de Matilde: una vorágine del corazón. Habría querido ser de naturaleza reflexiva, reposada en la forma de vivir las emociones, pero nunca supo. Le habría gustado no dejarse llevar por los impulsos que convertían la razón en una ridiculez, pero se enamoraba con la intensidad de una chica de quince años; vivía los amores con el convencimiento de una mujer adulta, y los perdía ignorando las causas, víctima de la servidumbre de los sentimientos. María no se lo acababa de creer. Como no era muy decidida, le sugirió con poca convicción que esperara un tiempo.
– Os acabáis de conocer -le dijo-. ¿Qué sabes de ese hombre?
– Cuando canta boleros, se deja la vida en ellos.
– ¿Y ésa es una buena razón para casarte con él?
– Le quiero como dicen los boleros: como no había querido nunca a nadie.
– ¿Ni a Joaquín, cuando bailabais aquella noche de San Juan en nuestro barrio? ¿Ni a Justo, que te hacía muy feliz?
– No me hables de ellos. Los dos se murieron.
– Perdóname. Quiero que seas feliz, que estés segura.
– Lo supe la primera noche. No hacen falta los días, que siempre son escasos, ni las razones, que son demasiado prudentes.
– De acuerdo -suspiró María con una sonrisa-. ¿De qué color vestiremos esta vez a la novia?
Se abrazaron con la complicidad de toda una vida. María le cosió una falda con un volante en la cintura. Matilde se puso flores de jazmín en el pelo. Cuando se movía, desprendía un olor penetrante. Julián decía que se mareaba al olerlos. Llevaba el corbatín que fue de su tío músico, porque pensaba que les daría buena suerte. Era la primera vez que se casaba. Ella se reía, mientras le pedía que le cantara un bolero que dice: «El día que me quieras, las estrellas, celosas, nos mirarán pasar.» La noche de bodas fue estrellada. Desde la ventana de un hotel del puerto de Alcudia, vieron estrellas fugaces que caen del cielo, para que las podamos alcanzar. Cada una significaba un deseo. Pensó tantos como puntos de luz fueron capaces de contar en la bóveda azul. Ella se dijo que, aunque tan sólo se cumpliesen unos pocos, sería feliz.
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