Jesús Torbado - El peregrino
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El mozárabe había pasado un mes recuperándose en Sahagún y dudando si asentarse allí, al lado de ben Yacún, o volver a Granada. Le atraía la llamada de su maestro Abul Abbás, demasiado viejo y sin fuerzas para desempeñar su oficio; pero le rechazaban los muchos crímenes que también en aquella ciudad se sucedían, sobre todo desde la llegada del nuevo rey.
En Sahagún contaba con la amistad y la hospitalidad de Martín y de Zulema, con la protección del joven conde de Grajal; pero no le gustaba el trato de los monjes. Entretanto, aprendía nuevas artes curativas con ben Yacún, procuraba hablar con Zulema en algarabía para que no olvidase ella todos sus recuerdos, desgranaba sus vacilaciones ante Martín y disfrutaba pescando en el río y cazando conejos y avutardas en las tierras del conde, del que se había hecho asiduo amigo.
Cuando estaba mediado el otoño y se preparaban en el monasterio para la vendimia, dio una grave señal el cielo.
Era apenas la hora nona, el sol no se había cansado de calentar la tierra y de iluminar el cielo con toda su gloria. Todavía las cigüeñas no habían abandonado las charcas ni las codornices se habían ido de los recientes barbechos en los que rebuscaban las espigas olvidadas. Dormían los zorros en sus madrigueras a causa del calor, las liebres esperaban el crepúsculo para buscar su alimento…
De pronto, empezó a oscurecerse un borde del sol. La gente fue saliendo de sus casas, avisados unos por otros, y miraban extrañados aquel cendal que iba creciendo poco a poco. Los asustados campesinos abandonaron las herramientas en los surcos y corrieron desde los huertos y sembrados para refugiarse en las calles más estrechas de la ciudad. Los pastores huían de sus rebaños y los perros de guardia intentaban cavar agujeros en la tierra para esconderse. Dejaron de saltar las truchas y los barbos en el río, los pájaros se refugiaron en lo más hondo de los matorrales, incluso las abejas y los tábanos olvidaron su zumbido. La mancha crecía poco a poco delante de todos, como un mordisco lento y continuo, y el sol iba cubriéndose de un siniestro velo de sangre.
Una mujer se puso a chillar en el medio de la calzada de los peregrinos y otras varias la secundaron. El párroco de San Martín, con el hábito subido por encima de las rodillas, salió corriendo de su iglesia hacia la entrada del monasterio.
– ¡Dios nos castiga! -gritaba-. ¡Es el castigo de Dios!
Era casi completamente de noche cuando andaba mediada la tarde y los que no estaban demasiado aterrados empezaron a llorar y a darse golpes de pecho, sin apartar los ojos de aquella sombra cárdena y redonda que presidía los cielos.
Los que vieron al párroco, se lanzaron detrás de él. Abrieron de par en par las dos grandes puertas de maderas clavetea das de la iglesia monástica; y ricos y pobres, siervos y libres artesanos y campesinos, sacerdotes y judíos, todos los habitantes de Sahagún se hacinaron dentro de la iglesia o permanecían gritando y lamentándose ante sus puertas.
Buscaban alguna clase de consuelo en los monjes, pero ellos tampoco entendían aquella súbita maldición. Algunos iniciaron salmos de penitencia y cantos de misereres, pero temblaban sus voces como los juncos bajo la tempestad. Lloraban también y abandonaban los bancos del coro para postrarse en tierra y golpear la frente contra las piedras del pavimento.
Zulema se había negado a salir de su casa del barrio de San Martín y el peregrino tuvo miedo de dejarla sola. Sin hablarse, sin mirarse siquiera, sin atreverse a asomarse a la puerta, permanecían abrazados y trémulos en un rincón de su cámara.
Pero luego, la luz empezó nuevamente a acariciar la tierra. El mismo velo que había iniciado su camino por el oriente del sol se retiraba ahora por occidente. Se iluminaba poco a poco aquella noche repentina y con la misma lentitud asomó el sol de nuevo y reapareció el día. La multitud salió de la iglesia sin haber secado sus lágrimas y a los llantos siguieron las risas y las exclamaciones de alivio.
– ¡Han sido ellos! ¡Ha sido su maleficio! -gritó un hombre en la misma puerta del templo.
Como si se tratara de una llamada de trompeta, todo un ejército de hombres despavoridos y de mujeres espantadas se pusieron a protestar y a explicarse unos a otros que aquella ocultación del sol había sido artimaña de los monjes para castigarlos aún más.
En unos corros hablaban de los toneleros de Villa Zacarías; en otros, de una molinera que había sido arrojada al caz por esconder las hogazas; en otros, de un párroco azotado públicamente porque no había querido tomar los diezmos de una viuda; en otros, de un artesano franco apresado por no haber querido regalar al prior una silla de montar… Todas las ofensas, todas las injurias, todas las amenazas y rencores, todos los odios brotaban ante la abadía como la nueva luz en los cielos.
Volvieron a entrar unos cuantos en la iglesia y reaparecieron llevando con ellos a cuatro monjes, a los que daban patadas y puñetazos mientras los tenían sujetos por los brazos. Al verlos los demás facundinos, se apresuraron a volver al templo para buscar a otros. Arrancaron las rejas del coro y muchos de los monjes y novicios saltaban sobre sus libros, corrían por las naves, agarraban candelabros para defenderse. Todos gritaban, pero nadie escuchaba. Algunos de los profesos se desgarraban de prisa los hábitos negros e intentaban huir en bragas, casi desnudos, con la esperanza de que no los reconociesen.
La multitud, por otro lado, se había desbordado sobre el claustro y golpeaba las sólidas puertas de las dependencias interiores, deseosa de devastarlo todo, de apresar a todos los santos moradores. Entre la masa, algunos hombres armados con palos, cuchillos, herramientas del campo y espadas intentaban dirigir la rebelión y reclamar obediencia, aunque sin ninguna fortuna. Casi todos sabían que eran los Hermanos, miembros de aquella cofradía de descontentos que llevaba más de tres años conspirando contra los dueños de la abadía. Lanzaban vivas al rey y muerte al abad y no les costaba mucho esfuerzo que los otros se unieran a sus voces.
Cuando Martín se asomó al patio de su casa para alegrarse de la recuperación de la luz, con Zulema cogida por la cintura, todavía medrosos y acobardados los dos, oyó el alboroto lejano.
– ¿Qué ha pasado, Martín? -preguntó Zulema.
– No lo sé. Es una gran señal del cielo.
– ¿Y qué significa?
Martín esperó un tiempo para responder.
– Grandes desgracias, desde luego. Grandes calamidades venideras.
– ¿Por nuestros pecados?
– Sin duda -dijo él-. Dios no nos privaría de la luz si fuéramos santos y piadosos.
Tenía deseos de acercarse al monasterio para averiguar el origen del vocerío y del humo que brotaba en uno de sus lados, pero no deseaba dejar sola a Zulema. Iscam estaba cazando en Grajal, a ben Yacún no lo había visto desde el día anterior, los criados habían desaparecido.
– Esperaremos -dijo Martín, como respondiéndose a sí mismo.
Sentado en el patio, sin saber qué hacer, aguardó el declinar de la tarde, admirado de la recobrada regularidad y naturaleza del sol. Se iban apaciguando poco a poco los gritos, aunque se oían algunos tan pronto por la parte del río como en lo alto de la colina o en el centro de la ciudad, más cerca o más lejos de su casa. Gritos que muchas veces eran cantos y otras eran alaridos. Repicaban de vez en cuando las campanas solemnes de San Facundo y respondían, más débiles, las de otras iglesias.
La columna de humo negro se mantenía fija y pesada sobre el ala occidental de la abadía, en donde estaban bodegas y graneros; como si no quisiera separarse de allí.
Caminó hasta la puerta cuando oyó voces y carreras muy cerca, calle arriba. Aún había luz bastante. Vio a dos hombres corriendo, uno de ellos con la saya negra y larga de la abadía, el otro casi desnudo, y un grupo que los perseguía con estacas y horcas. Lo formaban sobre todo mujeres y niños. Se situó en el medio del camino que traían, con los brazos extendidos para detenerlos.
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