Jesús Torbado - El peregrino
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Cuando los tres regresaban al camino principal, Martín retuvo por un momento la marcha del médico.
– Acuérdate de darme otro nombre a partir de ahora -le susurró con una risa contenida, pero también velada por la tristeza-. No quieras destruir la fe de nuestro hermano prior ni el consuelo que esa fe le proporciona.
– ¿Y cómo debo llamarte, santísimo merino?
– Dime Adalbero, si quieres. Te será más fácil recordarlo. Y también a mí.
En Oviedo había tanto estremecimiento y bullicio como en Santiago cuando Martín llegó con Iscam y Abul Abbás.
La noticia de que el rey volvía al solar de sus mayores, acompañado de los mejores hombres de su reino, y de que se desvelaría el gran secreto que durante años inquietó a todos, había llevado a la ciudad a una gran multitud. Pastores de caballos y de vacas, medio salvajes, que parecían vestidos con los propios excrementos de los animales, vagabundeaban entre el polvo de las calles junto a hombres del mar, los cuales olían peor aún que ellos. Caballeros ataviados con todo su esplendor se mezclaban a algunos peregrinos sorprendidos por aquella agitación imprevista. Las rameras se burlaban con muecas de algunas señoras que visitaban las iglesias al lado de sus siervos. Casi en cada esquina los mercaderes habían colocado una cuba de vino o de sidra para animar todavía más a los visitantes. Asaban pescados en las plazas, cocían pan de escanda y de centeno, giraban sobre las brasas carneros y jatos enteros, hervían huevos en grandes y humeantes ganzas de azófar.
El deán de San Salvador hizo poco aprecio de los requerimientos del prior de Nájera y del merino de Sahagún. Todos los albergues de las iglesias estaban reservados para la corte y para los obispos: los de San Julián, los de San Miguel, los que él poseía en la casa de los canónigos, el palacio de caza del monte Naranco…
Por otra parte, tampoco existían en la ciudad hospitales o posadas como en Santiago. En realidad, la ciudad era muy pequeña, incluso más pequeña que Sahagún. Alrededor de la iglesia catedral y del antiguo palacio se apiñaban algunas hileras de casas bajas de piedra, a ambos lados de calles oscuras, y luego, en el ancho valle que se abría hasta el mar, algunas otras construcciones de madera, rodeadas de prados y de humedad. Sólo destacaban tres iglesias, los palacios del rey y del obispo, y media docena de casas de condes y nobles.
– Yo me encargaré de buscar albergue, aunque sea pobre -aseguró ben Yacún cuando ya Martín había decidido dormir a los pies de un castaño frondoso-. Aquí se nos reblandecerían los huesos.
Fue preguntando y acabó llamando a la puerta de un comerciante judío. Él mismo se ocupó de convocar a otros dos más de su religión y entre todos, por poco dinero, hicieron hueco en sus cámaras, más pobres que ricas, a los tres viajeros, e incluso encontraron un corral para los criados.
La iglesia de San Salvador rebosaba de gente cuando llegaron. Los soldados del rey y los canónigos les situaron en una posición de cierto privilegio, cerca del altar.
Al cabo de una larga espera, vieron cómo don Alfonso y doña Constanza caminaban hacia el ara muy lentamente, vestidos con trajes tan valiosos como Martín no había visto jamás; sonaban trompetas y darbucas, y más tarde los canónigos entonaron a voces el Te Deum. Seis obispos escoltaban al rey, cada cual más soberbio y más lujosamente ataviado. Detrás de ellos, los dos capitanes más famosos de don Alfonso, García Ordóñez y Sidi Díaz de Vivar; y a continuación, condes, escribanos, abades, dos legados del Papa de Roma, embajadores franceses…
Antes de abrir el arca, el obispo de San Salvador, don Pelayo, celebró con otros seis sacerdotes una misa muy larga, interrumpida por cantos de antífonas, rociadas de hisopos sobre los nobles, golpes de incensarios ante los reyes, genuflexiones, reverencias y lecturas. Luego, un joven canónigo pidió permiso al rey para descerrajar con martillo y escoplo de cantería el arca. Era casi tan larga como la mitad de un hombre y de un codo de alta por algo más de ancha. La recia madera de ciprés estaba cubierta de hilos de oro y de plata y adornada con piedras incrustadas de ágata y ónice, así como camafeos de marfil y nácar. Las figuras crucificadas del Buen Ladrón y del Malo, situadas en cada uno de los extremos, introducían sus brazos de plata por dentro de la madera y la cerraban con más solidez.
A Martín le había contado el rey, en la celda de San Facundo, que dentro de aquella arca se habían guardado las reliquias más valiosas de la cristiandad; que había sido traída desde Jerusalén a Toledo, a través de África.
Había más cofres llenos de huesos y de varios tesoros santos, escondidos tanto en Oviedo como en otras ciudades, pero ninguno tan preciado como aquél. En esos otros se conservaban reliquias innumerables, recogidas por toda España cuando los sarracenos asolaron sus tierras, trescientos cincuenta años antes.
Ahora, don Alfonso le hizo una seña para que se acercase y se situara cerca de él, entre los obispos, los alféreces y los condes. Una vez abierta el arca con un golpe seco y luego un chirrido, el obispo don Pelayo acercó las manos a su interior y comenzó a sacar las reliquias y a decir en voz alta lo que eran, después de leído su título escrito con letras muy pequeñas. Martín recordó de pronto la carta del papa Gregorio.
– Este hombre morirá en seguida por tocar esos objetos -susurró a los oídos del rey.
Don Alfonso se puso una mano en la boca para pedirle silencio, aunque le dirigió una mirada de comprensión.
Don Pelayo iba recitando lentamente sus hallazgos:
– ¡Un trozo de la cruz de Nuestro Señor!
– ¡Adoremus! -vocearon inmediatamente obispos y sacerdotes y, detrás de ellos, todos los demás asistentes.
– ¡Una cápsula con gotas de leche de su Madre Santísima!
– ¡Adoremus!
– ¡Una uña de san Juan Bautista! ¡Un trozo de pan de la última cena del Señor! ¡Una suela de la sandalia derecha de san Pedro! ¡Otro trozo de la cruz! ¡Una espina de los peces que Nuestro Señor multiplicó en Cafarnaún, la ciudad del consuelo! ¡Un fragmento de la túnica de Cristo que los soldados romanos se sortearon! ¡Otro de la sábana en que envolvieron el cuerpo de Nuestro Señor, con un trozo de su carne! ¡Un puñado de tierra sobre la que posó sus pies! ¡Tela de un vestido de la Santa Virgen María! ¡Humo de las pajas del pesebre del Dios Niño encerrado en una ampolla! ¡Dos espinas de la corona de Nuestro Señor! ¡Un denario de los que Judas cobró por traicionarle! ¡Cuero del apóstol san Bartolomé! ¡Una piedra de las que martirizaron a san Esteban, con mancha de su sangre! ¡Un poco del panal de miel que el Niño Jesús comía! ¡Sangre que manó del santo crucifijo en la ciudad de Baruth! ¡Una astilla de la mesa en la que trabajaba san José, también marcada con su sangre! ¡Un trozo de la vara de Moisés! ¡Una piedra del sepulcro del Señor…!
Después de cada anuncio, la multitud dibujaba sobre su cuerpo la señal de la cruz y gritaba con más o menos fuerza, según la admiración que provocaba:
– ¡Adoremus!
Así continuó la ceremonia durante un buen rato: don Pe-layo sacando y enseñando al rey minúsculos fragmentos encerrados en aquella arca inagotable. Emocionados todos, llorando muchos de los presentes.
Pero no era ésa toda la riqueza que la iglesia de Oviedo poseía. Cuando hubo terminado don Pelayo, condujo a don Alfonso y a sus próximos a la sacristía para enseñarles una hidria de mármol blanco, de las seis que hubo en las bodas de Cana de Galilea y en las que milagrosamente el agua se convirtió en vino; una cruz con piedras labradas por los ángeles y otra de roble que cayó del cielo sobre las manos del rey don Pelayo, el santo sudario con manchas de sangre, un calcáneo de santa María Magdalena, los cuerpos de san Eulogio, santa Leocricia, san Julián, parte del de santa Eulalia de Mérida, santa Florentina y varios más, así como huesos de otros setenta u ochenta santos y santas, apóstoles y mártires.
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