Jesús Torbado - El peregrino
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– Deteneos por ejemplo en Frómista -le advirtió el prior al médico-. Allí un rico hombre de tu religión ha pagado la que es sin duda la más bella de las iglesias de esas partes.
Como era buen conversador y generoso con su equipaje, y como, además de desconocer el camino, se mostraba muy incapaz de encontrarlo, Martín le pidió que los acompañase a ellos hasta Oviedo. Así podría conocer el resto de las novedades de unos paisajes que repentinamente recordaba con nostalgia.
Iniciaron el camino al amanecer, espantados de la belleza del valle profundísimo que se abría a sus pies. Montañas como el peregrino no había visto jamás en ninguna parte se acumulaban unas detrás de otras, verdes y azules bajo la luz del sol.
Atrás habían dejado el río que llegaba hasta León y delante, tan hundido que parecía correr por el mismo infierno, se vislumbraba la presencia de otro. La senda, sin embargo, no era mala. Ben Yacún dijo que ése era uno de los principales caminos por los que los cristianos, sus sacerdotes y sus reyes, habían ido pasando antes de establecerse en León, mientras empujaban poco a poco a los sarracenos hacia Andalucía. Y que sin duda por ello, pese a la vertiginosa altura y la dificultad de los bosques, se mantenía ancho y libre de bandidos.
El prior de Nájera rogó a sus compañeros que se desviasen un par de millas de su ruta, dado que andaban sobrados de tiempo, pues estaba muy deseoso de venerar una gran reliquia que, según le habían dicho y señalado, guardaban en aquellas soledades.
Aceptó Martín la petición. Bajaron hasta el fondo del valle por una senda estrecha, entre castaños frondosos y suaves helechos que parecían inclinarse a contemplar su paso, y luego treparon por el otro lado.
Allí pronto dieron con una iglesia pequeña y muy hermosa, un edificio alto y sólido, con otros tres mucho más bajos adosados a él; en el muro frontal, encima de las dovelas que dibujaban el arco de la puerta, colgaba una campana muy pequeña dentro de un hueco, ya que el templo carecía de torre y de espadaña. En lo alto de la construcción aneja de la izquierda el alarife había levantado una gran linterna hecha de piedra y con cuatro ventanas delgadas. Si de noche colocaban allí unos cirios prendidos, su luz alegraría todo el valle y sería como la mirada de Dios.
Salió a recibirlos un sacerdote joven y fuerte, armado de una vara seca parecida al bordón de los peregrinos. Tenía las barbas rapadas y las manos sucias de argamasa.
– ¿Venís a adorar mi reliquia? -preguntó antes incluso de darles la paz de Dios.
– Ése es nuestro propósito, venerable hermano -respondió el de Nájera-. Si tú nos lo permites.
– Su fama ha traspasado ya estas altas montañas, desde luego, y ha saltado sobre los profundos valles. Llegan devotos de León, de Astorga e incluso de Santiago a ofrecer valiosos donativos para conservarla y darle gloria -explicó el sacerdote, sin disimular su mendicante intención.
Se presentaron ellos mismos: el prior de Nájera, el merino de Sahagún y un notable médico judío, dijo el monje. Pasó por alto la presencia muda de los criados.
– Muchos nobles señores como vosotros han pasado ya por aquí a rezar ante los huesos del santo perro de Santiago.
– ¿Qué perro es ése? -preguntó sorprendido Martín.
– Nuestra gran reliquia.
– ¿De un perro?
– Sin duda el merino no conoce la naturaleza de tu reliquia -dijo el prior.
Su dueño pareció muy dispuesto a alabarla y empezó a hablar mientras conducía a los viajeros al interior de la iglesia. Enmarcada por dos recias columnas de piedras, con alguna tosca labra en su parte superior, vieron un arca de hierro negro, con letras confusas escritas en su parte delantera.
– Ahí guardo un hueso pequeño, como esta mitad de mi dedo -dijo su propietario, mostrándoles el más pequeño de su mano izquierda-, del santo perro que acompañó al señor Santiago a lo largo de sus predicaciones por España. Como sin duda sabéis, también estuvieron a su lado siete santos varones, pero todos ellos tomaron más tarde su propio camino y dejaron solo al santo apóstol frente a todas las adversidades. No solo, pues permaneció a su lado un perro que los ángeles le habían enviado, dorado como los ojos de esos santos espíritus que pueden mirar a Dios cara a cara. Al perro también lo martirizaron en Jerusalén, con el mismo golpe de hacha que asestaron al hermano del Señor.
El prior de Nájera se había arrodillado en el suelo de tierra, al lado de Martín, mientras los dos escuchaban; mantenía doblada la cerviz y las manos juntas. Levantó la mirada hacia el sacerdote.
– ¿Y lo trajeron también a Compostela en la barca de piedra los amigos del apóstol? -preguntó.
– No lo hicieron, porque no lo encontraron en el yermo en donde fueron a caer la cabeza y el cuerpo del apóstol. Pero pasó por allí al día siguiente otro discípulo de los que habían estado con él en España, san Cecilio, que era de Bizancio, y lo llevó en su huida a aquella gran ciudad, en donde fue adorado como correspondía. Después, muchos años más tarde, y a consecuencia de que la tierra se movió con fuerza y asoló las iglesias del lugar, fueron repartidas las reliquias por todo el mundo.
– ¿Y cómo conseguiste la tuya, hermano? -preguntó el merino.
– Es regalo de un obispo que fue hermano de mi madre. A él se la entregó un santo peregrino francés en el momento de su muerte.
Ben Yacún escuchaba en silencio y miraba atento el arca de hierro y la fábrica sorprendente de la iglesia que la guardaba. Era escasa la luz, pero caía sesgada desde dos estrechos ventanales directamente sobre el relicario, como si el constructor hubiera pensado en ese prodigio. El médico se sobresaltó al escuchar las últimas palabras del relato del sacerdote.
– ¿En el momento de su muerte?
– Era un hombre santísimo, de tal manera que le he dedicado a su memoria esta iglesia en que estáis. Y me han contado que ya hay otras tres más, dos en Francia y una en Navarra, bajo su nombre. Se llamaba san Martín de Châtillon -añadió el sacerdote mientras hacía una genuflexión y dibujaba el signo de la cruz sobre su pecho-. Después de morir, su débil cuerpo despedía un fuerte aroma a flores y junto a su tumba mana todavía una fuente que cura los males de las piernas y las fatigas de los caminantes.
– ¿Conociste tú a ese hombre? -preguntó el merino, que se mantenía aún arrodillado ante el arca.
– No se me concedió esa dicha, señor, sin duda por mis muchos pecados… Mi tío el obispo me habló de él, me relató su largo viaje para llevar esa reliquia junto al sepulcro del apóstol, a fin de que reposara siempre a su lado; ensalzó las grandes penitencias que realizaba, pues se alimentó durante su peregrinación de cinco años tan sólo de agua y de hojas de zarza de espino, caminaba desnudo y siempre dormía al lado de los caminos, sin aceptar nunca albergue o yacija; y rezaba sin cesar, día y noche. El obispo don Vegila lo encontró muy apenado y enfermo junto a una cruz, en lo profundo de un monte. Le dio socorro y los últimos sacramentos, lo llevó a su palacio y fue allí donde murió aquel peregrino, después de entregarle la reliquia y de contarle su santísima vida.
– Dios ha de tenerlo junto a su silla, sin duda -dijo ben Yacún, que estaba de pie, apoyando una mano en el hombro de su amigo el merino-. Nunca he escuchado una historia tan piadosa y verdadera.
– San Martín de Châtillon, ruega por nosotros -añadió el de Nájera.
– Y loada sea siempre su memoria -concluyó el peregrino, con voz devota.
Se levantaron los dos. El prior sacó medio sueldo de su cinturón y se lo entregó como ofrenda al sacerdote guardián de la reliquia. Martín decidió que debía ser mucho más generoso con aquel hombre que lo había conducido a la santidad. Le entregó dos talentos de oro, aunque sin hacer alarde de ello. Pero el sacerdote se echó al suelo para besarle los pies ante tan prodigiosa limosna.
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