Jesús Torbado - El peregrino
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El diente de don Ramírez que llevaba siempre colgado al cuello dentro de un tahalí de plata le había favorecido con muchas fortunas. Martín solía atribuirlo a san Pedro, al padre de Jesucristo, a san Martín, a santa Oria, al Buen Ladrón, a san Gil o a cualquier otro santo que mereciese la devoción de quien le preguntaba. Nadie conocía a don Ramírez y todos hubieran dudado de la santidad del diente si pronunciaba su nombre.
Aceptó, en fin, la invitación del rey.
Y para no sentirse perdido o abrumado en su cortejo, que prometía ser numeroso, brillante y muy rico, decidió hacer el viaje tres días antes que don Alfonso. Pidió a ben Yacún que lo acompañase, tomó dos criados y buenas cabalgaduras, condujo a Zulema a la casa de Hasday y se puso en camino.
Aunque recordaba bien sus pasos de peregrino, se daba cuenta de que se había convertido en un magnate poderoso y rico.
Cruzó hasta León por lugares conocidos, mas apenas lograba reconocerse a sí mismo. No dormía ya en los atrios de las iglesias o al amor de una zarza, sino en las camas de los párrocos o de los infanzones. No mendigaba pan, sino que acarreaban sus mulas todos los alimentos que podía apetecer, bien ordenados por Zulema. Ben Yacún, cuya pierna no le había permitido conocer el mundo y que ahora empezaba a hacerlo con mucha prudencia, se admiraba a cada paso de las nuevas iglesias y hospitales, de los tramos del camino ensanchados y tapizados de piedras, de viejos corrales convertidos en aldeas y de aldeas que se habían trocado en burgos.
– Sólo en el reino de Murcia, donde me crié de niño, he visto riquezas semejantes -dijo-. Y cuando estuve en León, antes de fijar mis huesos en Sahagún, todo esto era un desierto vacío. ¿Qué ha pasado?
– Es el gran milagro de nuestro apóstol Santiago.
– Grande ha de ser su gloria, sin duda.
Pero Martín descubrió poco después que todo aquello era tan sólo una sombra de lo creado más atrás, en ese mismo camino.
Después de cenar y dormir en la casa de ben Saruq, en una nueva casa con grandes jardines junto al Bernesga, emprendieron una lenta subida por las montañas, primero a través de altas mesetas boscosas y luego hundidos en valles con amenazadoras rocas en sus lados. En lo más alto del puerto se detuvieron a dormir dentro del único edificio que se había atrevido a resistir los vientos y los fríos. Era una iglesuela muy parecida a la del Cebrero, más pobre aún, y estaba dedicada a Nuestra Señora de Arbas.
Allí encontraron que se había refugiado otro viajero, acompañado de su único criado.
– Soy el prior de Nájera, señores -les explicó al verlos-. Mi santo abad me manda a Oviedo a ver y venerar las reliquias de la gran arca, porque él se encuentra enfermo, y no sé si he errado el camino por estos montes vacíos.
– Un joven prior, sin duda; pues yo conocí a otro hace tiempo.
– Pasan los años y pasan los priores -sentenció el otro-.
Tres inviernos llevo en este cargo. Desde que mataron al venerable abad don Conegisto.
– ¿Tal vez lo hizo algún peregrino airado? -preguntó Martín, que recordaba bien de qué cruel manera les habían tratado a él, a la hermana Oria y a don Ramírez: negándole a éste albergue bajo techo, aunque estaba muy enfermo y era un piadoso sacerdote; y cómo los monjes rechazaron sus reliquias y los golpearon con libros y jarros de vino.
– No, no; ni peregrinos ni sarracenos ni soldados… Fueron los mismos monjes, y sin duda habréis oído hablar de aquel famoso suceso. El santo Papa ordenó a todos los abades de aquellas tierras que redujesen a un décimo la entrega diaria y regular de vino que se hacía tanto a profesos como a novicios; e incluso que, de ser posible, se suprimiese esa entrega, salvo en tiempos de grandes fríos o como remedio para los débiles y enfermos. Don Conegisto prefirió elegir la primera alternativa para no castigar en exceso a sus hermanos. Pero no fue bastante su buena voluntad ni tampoco su generosidad reconocida. En la tercera noche, cuando los monjes encontraron en el refectorio una porción de vino que les pareció tan pequeña como una lágrima de infante, unos pocos al principio y luego casi todos se levantaron de sus bancos, comenzaron a arrojarle vasos y escudillas, luego los bancos mismos, cucharas, sandalias, cualquier objeto que a mano tenían… Después se lanzaron sobre él con los puños cerrados y lo golpearon de tal modo que acabaron matándolo allí mismo.
– Rara manera de comportarse con un hombre superior, benévolo y obediente -comentó ben Yacún.
– Así es, aunque explicación tiene ese crimen, desde luego -dijo el prior-; pues parecía muy grande tal castigo sobre piadosos varones que mantenían de antiguo gran familiaridad con el vino, que dedicaban muchas horas a su cultivo y a su veneración, y muchos meses a la maduración y mejora de cada cosecha… Pero más grande fue el castigo que el propio Papa les mandó desde Roma, cuando supo lo sucedido -añadió el de Nájera-. Excomulgó durante un tiempo de trescientosaños a todos los que habían participado en aquella cena diabólica. De ese modo, los vivos siguen esperando su condenación eterna y los muertos, por haberse ido al Otro Lugar fuera de la comunión de los santos, penando para el resto de los siglos deben estar.
– ¿Y cómo pudiste tú eludir esa justicia, don prior? -preguntó lleno de interés el merino.
– San Millán sin duda me cubrió con su sombra… Aquel día estaba yo, con otros dos hermanos, en su monasterio, adonde había ido a llevar unos libros. Después de llegada la carta, y como sólo tres quedamos libres del castigo, nombraron abad a uno, prior a mí y cillerero al otro. Así se cumplen los designios del Señor, alabado sea.
– Muchos peregrinos lamentarán esas calamidades -dijo Martín a ben Yacún-, pues en ese tiempo tenían en aquella abadía un vino tan bueno y oscuro que todos pugnaban por revestirse de él y perfumarse con su aroma… Aunque lo escatimaban demasiado ante los romeros.
– Bien me gustaría haberlo probado -dijo el médico.
– Puedes cumplir tu voluntad, señor judío. Un par de zaques del mejor he traído para aliviar mi viaje. Dios está tan lleno de misericordia como de generosidad y su santo representante, el Papa de Roma, no prohibió que se entregara vino a los que iban de viaje. Por otro lado, ese vino nuestro es cada vez más abundante y mejor, sobre todo desde que los de Cluny, Dios los bendiga por esa obra, trajeron nuevas cepas de su abadía, que en gran manera han mejorado a las nuestras. Con mucho orgullo os ofreceré unos tragos.
Sobre el mismo desnudo suelo Martín puso su comida y el de Nájera el vino. Se sirvieron de todo con abundancia, pues por los resquicios del tejado y de la puerta penetraba un frío tan cruel como el aliento del diablo. Y el prior, en la conversación que siguió, fue quien le habló de las grandes maravillas surgidas junto al camino de Compostela y de los muchísimos milagros que se producían allí. Un gran hombre llamado Domingo de Viloria, un gigante como Polifemo, aunque no tuerto, había tendido él solo muchos puentes y levantado muchas iglesias, allanado caminos y abierto pasos en los bosques.
– Nuestro rey le aprecia tanto que le envía mucho dinero para que siga adelante con esas obras -añadió el prior.
En realidad, desde Roncesvalles hasta Sahagún se habían llenado los reinos de grandes y hermosas iglesias, aseguraba el monje. Algunas eran nuevas, otras se habían edificado sobre las antiguas. En muchas partes se iniciaban los cimientos de otras… Y por ilustres peregrinos sabía él que también en Francia estaba sucediendo lo mismo.
– Tendremos que contemplar todas esas maravillas, ben Yacún -dijo Martín con los ojos brillantes, tanto por el vino de su compañero de posada como por lo que oía de su boca.
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