Jesús Torbado - El peregrino

Здесь есть возможность читать онлайн «Jesús Torbado - El peregrino» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

El peregrino: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «El peregrino»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

Martin de Châtillon ha emprendido un viaje desde su Francia natal hasta la ciudad de Santiago de Compostela. Su camino estará marcado por el encuentro con gentes variopintas y personajes peculiares; conocerá costumbres y usos de los reinos españoles; recorrerá una tierra que vive bajo la sombra de un Dios implacable. Sus aventuras elaboran un retrato crudo y descarnado del mundo medieval en el que transcurren.

El peregrino — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «El peregrino», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Se resguardaron junto a una pared, admirados y atentos a la violenta pelea. Desde allí vieron cómo el viejo prior Adalbero, ayudado por media docena de monjes, salía del claustro llevando varios enormes libros sagrados. Los arrojaron sobre una zona recién sembrada y con una antorcha les prendieron fuego.

– Ahí deben de estar encerrados los cantos que no les gustan -dijo ben Yacún-. Arderán las herejías y reinará la paz.

– El prior es de la facción gregoriana, ¿no es así?

– Por envidia del abad, se ha pasado a Roma. Antes le gustaban estos mismos ritos. Mil veces le he visto practicándolos.

Martín no sabía si reírse de lo que sucedía o lamentarlo. No veía, afortunadamente, espadas ni venablos ni dagas.

El mercader Hasday y el otro merino tampoco aparecían por parte alguna; tal vez habían escapado. Los monjes peleaban con piernas y pies, con palos y piedras, con cirios y antorchas. Algunos iban quedando vencidos sobre la tierra, por un golpe certero o por cansancio; aunque la mayoría no abandonaba él campo ni los insultos, que se repetían los mismos sin cesar: pecadores, herejes, gregorianos, paganos, lucernarios, diabólicos, traidores, infieles… La hoguera sobre la que iban cayendo más libros de oficios se elevaba alegremente en un lateral del huerto.

– Espérame aquí, no te muevas -dijo Martín al médico.

Había tenido una repentina iluminación.

Entró corriendo en el claustro, en el que cuatro monjes seguían apasionadamente enzarzados a golpes; pasó a la iglesia, trepó encima del altar y descolgó de una pared uno de los grandes relicarios que la adornaban. Con él entre las manos alzadas, hizo una prueba de eficacia junto a los gladiadores del claustro.

¡Lignum crucis, hermanos míos! -gritó con fuerza-. ¡Deteneos y adorad el lignum crucis!

Los cuatro monjes cayeron inmediatamente de rodillas, como fulminados por la espada de san Miguel Arcángel. Martín hizo amago de amenazarlos con la reliquia, hasta que logró que inclinaran la cerviz.

– ¡Vamos! Es la hora del perdón. Arrepentíos y daros el beso de la paz. Por Jesucristo Nuestro Señor, amén. ¿Qué locura se ha adueñado de vuestras almas? ¿No veis que es el mismísimo Satanás?

Ellos se miraron atónitos, como si regresaran de un sueño. Inclinaron la cabeza hasta tocar las piedras del pavimento y luego se besaron ruidosamente entre lágrimas.

Así los dejó Martín. Al salir a la huerta, vio que no era el lignum crucis lo que portaba, sino el trozo de la caña con que habían azotado a Cristo atado a la columna. Es decir, una caña del río Carrión que su amigo Iscam había mandado engarzar e insertar en un precioso relicario de plata; la misma que había salvado a aquella aldea de la plaga de langostas. Pensó que tal vez era efectivamente santa. En cualquier caso, se había referido a otra reliquia distinta y era ésa la que había apaciguado a los monjes.

Comenzó entonces a correr por la huerta gritando lo mismo:

¡Lignum crucis! ¡Lignum crucis! ¡Adorad el lignum crucis y detened esa furia, hermanos míos! ¡Luzca la paz de Dios entre nosotros, amén!

Ben Yacún cojeaba a toda prisa detrás de él, incrédulo ante lo que sus ojos estaban viendo: los combatientes se detenían, besaban devotos la reliquia y acababan besándose entre ellos. Luego, los que se mantenían en pie regresaban a la iglesia de la abadía. Algunos retornaron con baldes de agua para intentar apagar la hoguera. Don Roberto pasó junto a ellos, doliéndose de la espalda, con la preciosa capa persa desgarrada y sucia. Les sonrió triste y afectuoso.

– Deja que mire tu herida, reverendo abad -pidió ben Yacún.

– No es más que un simple golpe… O unos cuantos. Ocúpate de los otros, por favor. Algunos te necesitarán más.

– ¿Quieres que te ayude? -preguntó Martín.

– Debes de ser el único que puede hacerlo. Sí.

6

Quiso el mismo rey en persona calmar las tensiones del monasterio, que estaban incluso desbordándose por toda la ciudad.

Cuando entró en Sahagún, sin embargo, otros ocho monjes habían escapado ya del santo cenobio y habían pedido refugio en pequeñas abadías que continuaban fieles a los antiguos ritos mozárabes; algunas, en las montañas y valles de El Bierzo; otras, cercanas a la frontera con el reino de Toledo. Contaban que incluso uno, maestro muy respetado, había obtenido asilo en una habitación de los demonios, en una mezquita sarracena al sur de Coimbra.

Antes de abandonar la abadía, aquellos hombres apóstatas o piadosísimos, según se los describían a Martín los de una u otra facción, no escondieron su lengua ni guardaron para sí el veneno que en ella acumulaban. Tres de ellos hasta se atrevieron a pasar una semana recorriendo las iglesias rurales, todas ellas propiedad de San Facundo, para adoctrinar a los ignorantes párrocos y sublevados.

Mucho habían luchado ellos por engrandecer el reino de León, decían, por sostener a don Alfonso y mantener la piedad antigua; ahora, el monarca les imponía monjes extranjeros que pretendían sólo borrar las sagradas tradiciones tan fecundamente cultivadas junto a las tumbas de los mártires del Cea, y taparlas con grandes rigores en la nueva regla. Esos párrocos sembrarían la maléfica cizaña entre sus feligreses, entre las monjas y entre sus mismos compañeros. También difundirían la maldad los capellanes de los condes y de los caballeros.

Ben Yacún pensaba que detrás de tanta agitación no se escondía tan sólo una cuestión de gustos por la manera de cantar o de recitar las misas, ni siquiera los frecuentes fantasmas de la herejía entre los cristianos. El papa Hildebrando, antiguo monje cluniacense muy poderoso y conspirador, ahora llamado Gregorio, quería desde Roma someter para siempre al rey de León y de Castilla, como había hecho ya con otros monarcas y emperadores.

Entre otros muchos géneros de presiones, como veladas amenazas de excomunión y petición de más oro para la silla de San Pedro, le había mandado una carta reprobando y declarando nulo su matrimonio con la reina doña Beatriz, después de que hubiese muerto doña Inés, primera esposa del rey. Nada más que porque era prima suya de tercera clase y prima también lejana de la anterior reina.

Don Alfonso tuvo que repudiarla y casarse otra vez, por consejo o mandato del Papa, con una princesa borgoñona llamada Constanza, la cual le ayudó en seguida a traer de Francia más caballeros para su corte, más maestros para su palacio, más soldados para sus guerras y más monjes para sus abadías y prioratos. Ella misma se hizo tan devota de san Facundo y san Primitivo, que empezó a construirse un palacio cerca del monasterio, en la parte más baja del barrio de San Martín.

– ¿Y qué gana nuestro rey con ese sometimiento? Ya es suya la mitad de España, le han jurado vasallaje los navarros, muchos reyes moros le pagan buenas parias, no sólo el de Toledo… Es emperador de toda la cristiandad… ¿Por qué esa humillación ante un cluniacense sentado por sus conspiraciones en la silla de San Pedro?

Martín no podía comprender el pensamiento de los poderosos. Ben Yacún, que era más viejo y los conocía mejor, había reflexionado con mayor hondura sobre sus ambiciones. Y había otro hombre en Sahagún que aún sabía más que él. Hasday recibía secretos no sólo de su hermano el banquero de León, sino de muchos comerciantes que recorrían medio mundo y tocaban el dinero en todas partes, de silenciosos espías, de capitanes traidores y de sacerdotes de distintos dioses a los que no solían guardar siempre la fidelidad jurada.

Según él, don Alfonso perdía algo con ese sometimiento al Papa, pero obtenía mucho más. Todo el camino que llevaba a Santiago empezaba a abundar en grandes iglesias, puentes, hospitales, ricas abadías, milagros, fortalezas; germinaban los santos y los sabios. Eran ya raros los peregrinos que seguían los montañosos senderos del norte, junto al mar, los cuales habían cambiado por el que todo el mundo llamaba ya Camino Francés. Y el que no traía dinero, portaba reliquias; el que no llevaba libros, ofrecía enseñanzas.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «El peregrino»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «El peregrino» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «El peregrino»

Обсуждение, отзывы о книге «El peregrino» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.