Jesús Torbado - El peregrino
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Rincones y aldeas de esa calzada se convertían en grandes ciudades, crecía el comercio, se multiplicaban los artesanos de todo género y país. Los mejores canteros habían bajado a vivir junto a ella. El reino se iba poblando cada día más y con mejores gentes.
– Y por otro lado, para defender esta santa vía, el Papa ha ordenado a otros príncipes que ayuden a don Alfonso en su guerra contra los muslimes, dándoles la cruz de guerreros de Dios y prometiéndoles la salvación eterna. Si antes los sarracenos emprendían sus batallas enarbolando el brazo del santo profeta Mahoma, ahora los cristianos llevan siempre con ellos al Hijo del Trueno en su caballo, con la espada y la cruz… Soldados de todos los reinos veis frecuentemente pasar por el nuestro, de tal modo que muy pronto oiremos sin duda cómo don Alfonso ha conquistado Toledo y Zaragoza, Valencia e incluso Badajoz y Sevilla. ¿No vale eso quitar a unos monjes y poner a otros? ¿No vale eso abandonar a una mujer y tomar a otra? ¿No vale eso ordenar que los escribanos cambien la forma de sus letras y los abades la expresión de su canto?
– ¿Ni aun con el riesgo de que caiga la desolación y la muerte sobre todas las almas del reino? -objetó Martín.
– Nuestro santo profeta Isaías escribió: «El pueblo no se ha vuelto contra quien lo golpeaba.» No temas a los ruidos pasajeros, a los perros que ladran, a las gallinas que cacarean y a las murmuraciones de la gente. Tú mismo has comprobado con cuánto afecto han recibido todos al rey, como cuando era mozo y corría por Sahagún como un cazador de liebres. Siempre el que tiene el poder tiene de su lado a los más: también lo dijo uno de nuestros profetas.
– El sabio Salomón, sin duda -afirmó ben Yacún. Valían quizá por todas aquellas promesas y aquellos primeros beneficios del Papa los nuevos dictados del rey, como Hasday sospechaba.
Lo primero que hizo don Alfonso fue mandar al abad Roberto a su antiguo convento, acompañado de su ayudante Marcelino y de otros tres monjes devotos de la antigua regla. Todos ellos, aunque franceses, se consideraban iluminados por el amor a las enseñanzas de los santos visigodos, fieles a los libros de preces de san Julián, san Ildefonso, san Eugenio de Toledo, san Leandro, san Isidoro de Sevilla, Conancio de Palencia, Pedro de Lérida, Elipando de Toledo… y de tantos otros venerables padres antiguos que no entendieron bien la universalidad y la uniformidad de la doctrina de Cristo y su firme asiento en Roma.
Reunió a todos los monjes en capítulo, escuchó con prudencia sus consideraciones y finalmente les ordenó que eligiesen por abad a otro cluniacense a quien ninguno había visto jamás. Se llamaba Bernardo de Salvetat y aseguró el rey que era hombre muy sabio y santísimo.
Nadie se atrevió a preguntar a don Alfonso si estaba de parte de los cultos de Roma o de los toledanos, aunque todos lo sospechaban. Don Adalbero intentó secretamente, antes de la votación, atraer a su favor el juicio al menos de sus partidarios, pero la voz del rey era mucho más fuerte que la suya y don Bernardo resultó elegido abad sin la aparente suspicacia de nadie.
Con él se trajo, dos semanas más tarde, a un nuevo prior, a un cillerero, a un maestro de novicios y a otros quince monjes de su abadía francesa.
Martín no supo hasta después de su regreso de Oviedo que una tercera parte de los profesos de San Facundo y un puñado de novicios huyeron de la abadía antes de que llegasen los nuevos cluniacenses, y que aquella deserción sería la causa última de las muchas muertes y la mucha sangre que más tarde habría de teñir las aguas del río Cea.
Pero antes del viaje sí hubo de conocer el estado en que habían quedado muchos monjes después de la procesión del lucernario.
El médico le hablaba a diario de sus sufrimientos a causa de las muchas quemaduras padecidas y de las hondas llagas que aún laceraban sus cuerpos e infestaban sus espíritus. Nueve monjes y cuatro novicios continuaban aún en la enfermería con parte del cuerpo en carne viva, los pelos quemados y muchísimos dolores; un profeso anciano, el cuidador de la biblioteca, no podía moverse de su cama. Aunque él mismo había intentado sujetarle con tablillas el cuello, que tenía quebrado por un certero golpe de antorcha, quizá nunca lograría dar un paso firme. El monje enfermero incluso había contado a ben Yacún que dos de los abrasados llamaban desesperadamente a la muerte, a causa de los dolores, y había profetizado que ella acabaría por venir sin tardanza…
El rey sólo permaneció en Sahagún tres días, los necesarios para demostrar a los monjes que era él quien mandaba en el reino y para convencerlos de que deberían obedecer al Papa a través de él mismo. Mandó llamar a Martín de Châtillon la misma mañana en que tenía prevista su vuelta a León. A pesar de lo que él pudiera creer, no lo había olvidado, le dijo; no había olvidado su favor y, por eso mismo, se atrevía ahora a pedirle uno nuevo.
– ¿Te satisface el oficio de merino, Martín? -le preguntó antes.
– A veces no estoy seguro de ejercerlo con la necesaria competencia, mi señor.
– Eso también les ocurre a los mismos reyes, amigo mío. No te preocupes por ello. Si nos dejáramos atemorizar por esa responsabilidad, por saber si es bueno o malo lo que hacemos, no haríamos nada. Pero avísame cuando estés cansado o cuando quieras irte de esta hermosa ciudad. Yo te buscaré un puesto a mi lado. Has sido peregrino y me has dicho que no te asusta viajar.
Don Alfonso hablaba muy tranquilo y despreocupado. Las decisiones que tanta inquietud estaban causando en Sahagún, tanto a monjes como a burgueses, no parecían afectarlo a él.
Vestía una túnica roja de seda, ligera y corta, con unos pocos bordados de oro de estilo morisco en la orla y el cuello. Tenía los pies apoyados en un escabel de piel de comadreja y frotaba uno contra otro los borceguíes de cordobán amarillo, ya muy gastados. Un monje había dejado junto a ellos, en la misma mesa en que reposaban el pesado manto de zorro y la delgada corona de oro, un jarro y dos vasos de barro con vino. El escribiente del rey, también clérigo, permanecía silencioso en un rincón, escondida la cara detrás de un libro. No había nadie más en la celda.
– Por ahora me encuentro muy a gusto en Sahagún. Y quizá no sirva para servicios mayores.
– Vamos, vamos, Martín… Aunque no lo creas, conozco muy bien la rectitud de tus obras y la inteligencia de tus decisiones. Tengo a muchos franceses en mi corte y no eres tú el más bobo de entre los que conozco. Al contrario… El pobre abad Roberto me contó incluso que sabías hacer muy buen uso de las santas reliquias… ¿Has seguido comerciando con las tuyas?
– Cada día parece que tu reino se encuentra más necesitado de ellas, señor. Vienen incluso a mi casa a pedírmelas con mucho afán y hasta tengo a veces que comprárselas a los infieles, que las roban en las taifas de Andalucía. Allí quedaron muchos huesos de santos hace muchos años…
El rey soltó una carcajada, bebió de su vaso y dijo:
– Eso está bien. Cualquier reino necesita tantos santos como soldados. Y si nos quedamos con sus reliquias, pronto seremos también los dueños de sus reinos. Y evitaremos que los moros cometan profanación o sacrilegio con ellas… Sí, nuestra Santa Iglesia te debe mucho agradecimiento y honor, como yo mismo… Pero mi esposa la reina no parece tener la misma fortuna que tú. Don Diego, ¿quieres enseñarle a Martín la carta del Papa?
El escribano se levantó de prisa y tendió a Martín un pergamino enrollado y atado con una cinta amarilla.
– Constanza le ha pedido una reliquia de la que es muy devota, pero don Gregorio pone algunos reparos -decía el rey mientras el peregrino se disponía a leer la carta.
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