Jesús Torbado - El peregrino
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Decía el Papa:
Mándame Vuestra Alteza, con su piedad y con el celo y el amor de religión y santidad que en sí descubre, que le envíe la cabeza del Apóstol San Pablo, o alguna otra menor Reliquia de su cuerpo, para colocarla en la Iglesia que edifica en su palacio de Sahagún, en honra y advocación del mismo Apóstol. He deseado que Vuestra Alteza me mande cosas en que yo le pudiese servir con más presta obediencia, para inclinar más a mí su gracia con ella; y así es ahora tanto mayor mi tristeza, mandándome lo que no puedo ni me atrevo a hacer. Porque los cuerpos de los Apóstoles San Pedro y San Pablo resplandecen en las Iglesias donde están con milagros tan grandes y espantosos, que nadie se atreve a llegar cerca, aunque sea para sólo hacerles oración.
Mi predecesor de gloriosa memoria quiso mudar la plata que estaba sobre el cuerpo del Apóstol San Pablo y, con estar más de quince pies apartada de él, lo espantó una señal terrible que le apareció. Yo también pretendí mejorar el adorno con que estaba el cuerpo santísimo del Apóstol San Pablo; y siendo para esto necesario cavar algo más hondamente junto a su sepulcro, halló quien esto hacía algunos de sus huesos, aunque algo apartados del mismo sepulcro. Y porque presumió levantarlos para hacer traslación de ellos a otro lugar, con tristes señales quedó de repente muerto.
Además de esto, mi predecesor de santa memoria deseó también mejorar en algo el aderezo con que estaba compuesto el cuerpo de San Lorenzo mártir, y no sabiendo el lugar donde estaba el santo cuerpo, y comenzando a cavar buscándolo, súbitamente y sin prevención de los que allí estaban se abrió su sepulcro; los presentes que trabajaban en esta obra, así monjes como otros que de ordinario asistían en aquel lugar, sólo por haber visto el cuerpo del mismo mártir, aunque no se atrevieron a tocarlo, dentro de diez días murieron todos, para que ninguno quedase por testigo de haberlo visto.
Advierta también Vuestra Alteza que tampoco usan los romanos tocar a los cuerpos santos, cuando dan algunas reliquias de ellos, sino que para esto se les pone delante un velo, en la caja donde están, y tomando la reliquia se lleva a la Iglesia que con ella nuevamente se dedica, y allí es colocado con toda veneración, y suele hacer tan grandes milagros como si fuera el cuerpo entero.
Y en prueba de esto, sucedió en tiempo de la bienaventurada memoria de San León Papa, según es común tradición, que dudando algunos griegos de las tales reliquias, el Santo Pontífice cortó del dicho velo con unas tijeras, y al punto salió sangre de la cisura. Acerca de los romanos, y de todas las demás partes occidentales de ninguna manera se permite como si fuera sacrilegio que nadie toque los cuerpos de los santos; y si alguno presumiese de hacerlo, es cierto que no quedaría sin castigo.
El Sudario que también me manda Vuestra Alteza que le envíe está con el cuerpo del Apóstol, y así no es posible tocar a él, como ni llegar al mismo cuerpo.
Mas porque tan religioso deseo como este de Vuestra Alteza no quede en todo defraudado, procuraré con presteza enviarle alguna parte de las cadenas con que fue aherrojado en cuello y manos el Santo Apóstol (de quien tantos milagros se ven en el pueblo), si es que puedo sacar algunas limaduras de ellas; porque sucede muchas veces a los que vienen a visitar estas santas reliquias que, alcanzando bendición nuestra para llevar de estas limaduras, a unos se las dan de manera las mismas cadenas, que apenas las ha tocado con la lima el sacerdote que allí asiste para esto, cuando ya ha saltado de ellas lo que querían quitarles, y para otros, por más que se trabaje limando, no se puede sacar nada.
– Muy largas excusas para una injusta negativa, señor -comentó Martín una vez acabada la lectura.
– ¿No crees que dice verdad el santo Papa?
– Nunca dudaría de su palabra; ni tampoco de los hechos que relata. Sólo quiero que sepáis que yo mismo he visto muy de cerca los huesos de Santiago, y durante mucho tiempo; y que un amigo mío llamado Abul Abbás, médico algebrista, a quien Dios guarde muchos años, incluso los tocó cuanto quiso, se entretuvo mucho tiempo con ellos estudiándolos y ordenándolos. Y aun siendo infiel, nada le ha ocurrido hasta ahora. En fin, bien sabéis, señor, que he tenido en mis manos reliquias numerosas, que las he aderezado y cambiado y vendido. Nunca obtuve de ellas otra cosa que dones y bienaventuranzas. En consecuencia, pienso tan sólo que don Gregorio no tiene deseo alguno de complacer a vuestra esposa. Pues enviarle, si lo hace, las limaduras de esas santas cadenas, poca generosidad me parece en tan gran príncipe.
– Yo había pensado ofrecerle un trueque -dijo don Alfonso después de pensar un rato-, ya que doña Constanza, como mujer caprichosa, insiste en desear una reliquia de san Pablo, de san Pedro, o del mismo Jesucristo, pero no de otro santo menor. He mandado que dentro de diez días, en el día santo del Señor, se abra el arca de reliquias que tengo en la iglesia catedral de Oviedo. Como sabes, es la más grande, la más llena y la más rica no sólo de León, sino del mundo entero, dejando a Roma de un lado. Quiero ver y saber lo que ese arca contiene y buscar algo que pueda gustarle al papa don Gregorio. Me gustaría que me acompañases, Martín.
El peregrino se quedó por un momento mudo. Intentó disimular su turbación enrollando con esmero el pergamino papal. Siempre había temido que Dios o los hombres castigasen sus infamias.
– Tal vez os serían más útiles algunos santos obispos de vuestro reino. Ellos conocen mucho mejor que yo las reliquias.
– También los he hecho llamar, naturalmente -dijo el rey-. Seis o siete estarán a mi lado, así como muchos príncipes y caballeros. Pero estoy seguro de que también tu ayuda me será necesaria. E incluso pienso que tendrás alguna curiosidad por conocer ese tesoro.
En eso acertaba el rey, ciertamente.
Desde que el peregrino vivía en Sahagún, y con su prestigio de merino, las demandas de reliquias eran tantas que no podía satisfacerlas todas. Con frecuencia incluso se negaba a vender las que le pedían, si se trataba de párrocos pobres o de monasterios olvidados, y las donaba a cambio de oraciones por su alma. Y ello, contra la opinión de su amigo ben Saruq, que le aseguraba que nunca era bastante todo el dinero que se podía acumular. Pero a él le sobraban los talentos y los dinares.
El banquero leonés también le mandaba de vez en cuando nuevos hallazgos del maná del Sinaí, que su hija Sara horneaba, y había actuado incluso como mercader en tierras de Aragón y de Navarra, reinos en los que de igual modo eran apreciadas las reliquias.
Por otra parte, no había encontrado Martín ningún impedimento para su empresa. Dos monasterios muy apartados se habían hecho célebres y eran muy visitados a causa precisamente de sus reliquias del maná del desierto. Una de ellas curaba, al que la lamía con la lengua, los males del intestino y del estómago. La otra, si se marcaba con ella una cruz sobre la cabeza de los recién nacidos, los niños se criaban sanos y fuertes.
Los monjes de uno de esos monasterios, en las montañasen donde nacía el río Carrión, le enviaban cada año una mula cargada de buenos quesos, agradecidos por haberles regalado aquel gran tesoro. En la misma ciudad de Sahagún se le respetaba mucho, y no tanto por su oficio de merino real como por haber salvado a las cosechas de las plagas de saltamontes y por haber hecho tan felices a las beatas de San Pedro, con su espina santa, y a las campesinas que la veneraban.
En sus muchas horas de inactividad y pereza, particularmente durante los fríos inviernos, Martín había ido anotando, en el envés de las páginas intocadas de un libro de oraciones muy valioso, las historias que conocía de cada una de sus reliquias. Soñaba siempre con mostrárselo a Iscam de Gormaz y regalárselo luego (estaba lleno de hermosas pinturas sobre el Apocalipsis y tenía las cantoneras y nervuras de oro) como recuerdo de los principios de su industria. Él mismo, en fin, estaba convencido de que la propia fe era la razón de los milagros, no la fuerza de tal o cual despojo santo.
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