Jesús Torbado - El peregrino

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Martin de Châtillon ha emprendido un viaje desde su Francia natal hasta la ciudad de Santiago de Compostela. Su camino estará marcado por el encuentro con gentes variopintas y personajes peculiares; conocerá costumbres y usos de los reinos españoles; recorrerá una tierra que vive bajo la sombra de un Dios implacable. Sus aventuras elaboran un retrato crudo y descarnado del mundo medieval en el que transcurren.

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Después de la copiosa comida, iniciaron un paseo por el barrio de San Martín. La tarde era serena y dulce, según correspondía a la estación. La fiesta de las lucernas tenía precisamente su motivo en ese primer instante en que el invierno devora sus propias nieves, ensancha los ríos, detiene al viento aquilón y anuncia la fecundidad de la tierra.

Caminaron luego por lo alto de las colinas, bordeando el barrio de las rameras y de los juglares, hasta el antiguo puente cercano a la ermita de Santa María. Allí se sentaron un rato a contemplar los campos que empezaban a vestirse de tímido verde y los infinitos cielos azules adornados de viajeras nubes muy blancas.

– Si el espíritu de los hombres fuera tan claro y hermoso como los ropajes de la Naturaleza, seríamos todos mucho más felices -sentenció ben Yacún.

Pasaron ante ellos, al cabo de un rato, dos peregrinos. Era aún rara la presencia de los que acudían a Santiago, pues todavía el invierno no había renunciado por completo a sus amenazas.

Después del canónigo de Barcelona y de una pequeña comitiva de clérigos que bajaban de Flandes, Martín no había visto a ninguno en los últimos meses. Saludaron a los dos amigos con el nombre del apóstol, pero no se detuvieron. Uno era viejo y el otro poco más que un niño. El viejo marchaba encorvado y arrastrando los pies sobre el polvo; ni siquiera levantó la cabeza del pecho ante ellos, como si se sintiera abrumado por algún gran dolor o por una pesada penitencia. Martín creyó reencontrarse a sí mismo en el muchacho que cargaba con las dos calabazas, las dos esportillas y los hatos de la ropa. ¿Se parecía el otro a don Ramírez?

Ya le había relatado aben Yacún, y más de una vez, la santidad de aquel hombre lejano, el destino cruel de él y de su hermana Oria, la desdicha que había sentido él mismo cuando tuvo que separarse de ellos. Tomó del brazo al médico y volvió a contárselo de nuevo, mientras lo empujaba hacia el hospital de Munio, en donde deseaba beber un vaso del buen vino que solía ofrecerle.

Cuando el sol empezó a inclinarse sobre la tierra, regresaron a la ciudad. En la puerta del monasterio se agrupaba mucha gente que vociferaba y amenazaba con los puños. Cuatro soldados y dos monjes fornidos defendían la entrada y sólo permitían franquearla a los que resultaban de su agrado. Martín y ben Yacún, ante los que se abrió con respeto la multitud de los descontentos, lograron sin dificultad la autorización para entrar. Les dijeron los guardias que el prior no iba a permitir este año que todo el mundo presenciase la procesión tradicional de las lucernas, sino sólo los personajes notables de Sahagún, los que habían venido de lejos y los más relacionados con la abadía.

Encontraron a Hasday conversando con el anciano merino real, el pariente de don Alfonso, en el centro del claustro, apoyados los dos en la vieja encina que parecía vigilar las hileras de arcos moriscos. Se unieron a ellos y aguardaron las primeras sombras de la noche.

Su propio canto precedió a los monjes en el instante mismo en que se retiraba la luz del día. Aparecieron por la puerta que comunicaba con la iglesia los monaguillos con cruces llenas de cintas y crespones, los novicios con grandes cirios encendidos y luego el abad Roberto, entre cuatro monjes, revestido con una capa persa bordada de oro y cubierta la cabeza con una altísima mitra en cuyas piedras preciosas se repetía el fulgor de la cera llameante. Sus acólitos también llevaban lujosos ropajes moriscos y sendos hachones de vigorosa llama. Detrás, dos diáconos balanceaban sus grandes incensarios; el humo perfumado rodeaba a don Roberto y se rompía con sus solemnes pasos.

Formados en cuatro hileras, rodeados de los novicios y los diáconos que agitaban incensarios más pequeños, el medio centenar de monjes, todos ellos con una antorcha encendida en la mano, seguía sus huellas a cierta distancia.

Era su canto oscilante, muy adornado y lleno de figuras sonoras, armonioso y triste. Martín podía comprender algunas palabras latinas de los salmos, en la acordada confusión de las voces, sílabas muy alargadas, pero que también se parecían un poco a algunas canciones sarracenas de Zulema. En todo caso, provocaban en él una intensa emoción, y también sin duda entre los otros dignatarios que llenaban el patio claustral.

Después de dar dos vueltas bajo la zona techada, la procesión se dirigió al espacio exterior y comenzó a desplazarse por un ancho camino entre los cultivos. Allí las antorchas y el humo de los incensarios resultaban aún más graves y majestuosos. También el canto parecía más unido a las verdades de la tierra y a la sangre de los hombres.

El peregrino sujetó de un hombro a ben Yacún para que se quedase un momento a su lado. Quería ver el desfile a cierta distancia, pues así resultaba más inquietante y bello. Las figuras negras de los monjes encapuchados y rodeados de humo, aquellas antífonas que ensalzaban a la luz, a la luz que el sol había retirado y que las antorchas pretendían conservar para la felicidad de los hombres, tenían efectivamente un sentido superior y divino. Las huertas aún despojadas de sus frutos, los arbustos cuyas hojas y botones apenas empezaban a nacer, las rumorosas aguas del río, más abajo, el apagado y altísimo cielo estaban también contenidos en los salmos del lucernario.

De repente sintió que por primera vez comprendía la existencia de aquellos hombres retirados del mundo, la razón de su encierro, de sus trabajos, de su secreta osadía.

La procesión llegó hasta el borde negro del bosque de encinas, donde el camino giraba. Del centro de la masa de monjes, en un momento en que el canto era suave e íntimo, salido sin duda de los labios de una pequeña parte de ellos, brotó entre la oscuridad una voz muy ronca, espesa y admonitoria:

– ¡Paganos! ¡Herejes! ¡Anatema!

Otras gargantas repitieron aquella súbita llamada. Como si se tratase del aviso del tambor para la batalla, comenzaron a oscilar las antorchas. Apenas visibles en las sombras, unos monjes golpeaban con ellas a otros. Los portadores de incensarios los agitaban como si fuesen hondas y las brasas saltaban por encima de ellos igual que estrellas fugaces, que desesperadas luciérnagas rojas.

Martín vio cómo el abad Roberto, un hombre de su edad, se defendía a golpes y con mucho vigor de los que pretendían atacarlo, ayudado por los novicios con cirios y por algunos antorcheros. Corrían muchos, gritaban los más ofensas contradictorias, ardían los hábitos de uno que se revolcaba para apagarlos, intentaban otros esconderse en el bosque, perseguidos por los que antes cantaban a su lado… Los convidados que poco más tarde pretendieron serenar la lucha se vieron también involucrados en ella, pues sin duda defendían una u otra de las opiniones litúrgicas que causaban tan grande desatino.

– ¡Otra vez! ¡Otra vez! El grito de guerra ha sido de don Adalbero, ¿no lo has oído? -se lamentaba ben Yacún, muy inquieto y agarrando a su amigo e intentando apartarlo de los contendientes.

Pero éstos, como un ejército furioso, se habían extendido por toda la huerta, sobre los aljibes abiertos y entre los apartados rediles de las ovejas; unos penetraban en el claustro y otros escapaban hacia el río, pero sin dejar ninguno de abatirse sobre otro ni perder su rumbo a causa de la oscuridad. Zumbaban piedras ciegas, se blandían crucifijos y estacas sin objetivo. Uno de los dos obispos invitados estaba ridículamente sentado en el suelo, con las piernas abiertas y los lujosos vestidos en desorden.

– ¿De parte de quién estamos? -preguntó Martín.

– De parte de los que miran… ¿Esperamos a que terminen de matarse o regresamos a casa? A no ser que quieras también participar…

– Tú debes ejercer tu oficio. Y quizá también yo, como merino real, debería hacer algo, pero no sé qué.

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