Jesús Torbado - El peregrino

Здесь есть возможность читать онлайн «Jesús Torbado - El peregrino» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

El peregrino: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «El peregrino»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

Martin de Châtillon ha emprendido un viaje desde su Francia natal hasta la ciudad de Santiago de Compostela. Su camino estará marcado por el encuentro con gentes variopintas y personajes peculiares; conocerá costumbres y usos de los reinos españoles; recorrerá una tierra que vive bajo la sombra de un Dios implacable. Sus aventuras elaboran un retrato crudo y descarnado del mundo medieval en el que transcurren.

El peregrino — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «El peregrino», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

El vino de los toneles, que no solía ser, naturalmente, el mejor de las apotecas de don Adalbero, habíase convertido, después de tan larga costumbre, en la sangre santísima de los dos mártires cuyas sombras habían creado la ciudad, en su remedo, en su recordatorio, en su símbolo. Lo cual bastaba para que el abad en el poder dictase en la víspera de los festejos una bula general que exculpaba de todo pecado a quien se embriagase con el vino de las cubas; pero en la misma condenaba como hereje a quien, amparándose en él, robase, matase, blasfemase o cometiese sacrilegio o estupro. De ese modo, aquella noche fría de los umbrales de diciembre era siempre en Sahagún la más piadosa y santa de todas.

– ¿Valdrá este año la bula si nos emborrachamos con el vino de los taberneros? -le había preguntado a Martín un párroco de la aldea de Melgar, ya muy mojado.

– ¿Cómo puedes dudarlo, buen clérigo? Este vino ha crecido también en las riberas del Cea; luego es la misma sangre de san Primitivo y san Facundo, la misma que guarda el abad.

– Pero resulta más caro.

– Por eso mismo es más valioso y más santo.

Aquella general negativa a aceptar la dádiva de don Roberto, más las amenazas del rey que la habían provocado, mantenían a los burgueses de Sahagún inquietos y nerviosos.

Martín incluso intentaba aplazar las componendas a las que su oficio lo obligaba. Hasta las cercanías de Pascua no tenía obligación de recaudar los tributos reales a los comerciantes, que eran en todo caso mínimos, pues la mayor parte correspondían al abad; pero los pleitos solían surgir como las riñas en un corral de gallos. Para su fortuna, casi todos ellos nacían entre vecinos de su jurisdicción y de otros sometidos a la del abad, con lo que correspondía a éste resolver las disputas. Los más ingratos y difíciles de resolver eran los que presentaban los pobladores del barrio tabernario de extramuros.

Aquella misma mañana, antes de regresar a su casa bajo el azote de la nieve, cansado y con el vientre revuelto, había tenido que enfrentarse a una demanda que, si era demasiado habitual, en la ocasión le había afectado mucho. Incluso tanto como para que pensase ahora, mientras acariciaba los cortos cabellos de Zulema, recostada sobre su regazo, si tenía verdadero espíritu para desempeñar el cargo de merino.

Un peregrino catalán, canónigo de la catedral de Barcelona, había acudido a reclamar porque una ramera le había robado la bolsa del dinero mientras los dos tenían el trato pactado. La bordiona era una de las que trabajaban regularmente en el albergue que su amigo Munio había establecido próximo a la ermita de Santa María, a casi una milla de la ciudad, con el di-ñero recibido del rey; y el posible delito se había cometido en ese mismo lugar.

Martín conocía a la acusada, una mujer cristiana portuguesa llamada Fronilde, de muy buen carácter y regular hermosura, aunque con demasiados años y demasiadas libras de peso en su cuerpo; cuidaba con mucho amor a dos hijos vivos, de los siete u ocho que había tenido, precisamente servidores de Munio en sus huertas.

La mujer juraba que no había existido tal robo; que había demandado al peregrino medio sueldo de plata por pasar toda la noche con ella y que, sencillamente, como no se lo había querido pagar, consiguió apoderarse de su bolsa y tomar la moneda bien ganada, pero ninguna otra. El canónigo, por el contrario, afirmaba que le había pagado lo convenido, aunque le parecía mucho en relación con lo que le habían demandado en Navarra y en Castilla, y que al alba, cuando reemprendió el camino, descubrió ofendido que le había desaparecido la bolsa entera, y nada exigua además.

– ¿Viste a la mujer mientras te robaba? -preguntó Martín.

– Fue sin duda cuando dormía.

– No se durmió en ningún momento, don merino -dijo Fronilde-; tres ataques me hizo, por un solo precio, y entre ellos me cantaba canciones de su país y de su iglesia. Yo tenía que haberle pedido sueldo y medio, pero me conformaba con la tercera parte y aun así no quería pagármela.

– ¡Miente esta puta! ¡Sólo dice media verdad en los ataques, que cuatro fueron, y no tres! Soy canónigo de segunda clase de la catedral de Barcelona, señor; que como sabes sin duda es de las más ricas y honradas de los reinos cristianos, pues tenemos allí la santa cabeza de la santísima mártir Eulalia, a la que sólo el Hijo del Trueno supera en gloria. Aquí llevo colgado un relicario que guarda una de sus pestañas preciosas -mostró a Martín un escapulario de plata que ocultaba bajo la esclavina-. Y también soy peregrino que va a Santiago a pedir la curación de nuestro obispo, varón eminentísimo, que tiene grandes úlceras en las piernas. Por sumisa caridad y obediencia me he puesto en camino a través de estas tierras inhóspitas y tristes, en medio del invierno, entre gentes bárbaras e impías. Ella misma -añadió señalando a Fronilde con un dedo-, ella misma me pidió por compasión que pasase a su lado la noche, pasmada de mi dignidad y para que le diese calor y lo que el lecho costaba. ¡Y después me roba, la pobreta! ¡Sólo en un reino como éste pueden suceder tales cosas!

– Deberían ofenderme tus palabras, don canónigo -dijo Martín-, pero soy francés y poco apegado a tierras y a gentes. Aunque sé que también en Francia y en otros reinos famosos las meretrices suelen aprovecharse de sus huéspedes… Pero dime, ¿viste que fuera ella quien se quedó con tu bolsa?

– ¡No puedes dudarlo, merino!

– ¿Y qué pena debo imponerle?

– Primero, que me la devuelva. Después, en mi país, las leyes mandarían que fuese ahorcada por ladrona y sacrílega.

Martín de Châtillon recordaba confusamente un milagro sucedido en Bureba y que un peregrino le había contado junto al sepulcro de Santiago. Trataba también de una mesonera rabiza que requirió a un peregrino, se negó éste a la amorosa solicitud, escondió ella un vaso de oro en su equipaje y lo acusó luego de habérselo robado… Sólo se había fijado en su memoria, desgraciadamente, el que una gallina había saltado viva del frixorio, cuando estaba asada ya; que inmerecidamente habían ahorcado al muchacho y que el injusto juez no se había sorprendido de que resucitase más tarde por intercesión de cierto santo. ¿Cuál era la enseñanza del prodigio que tan mal recordaba?

– Creo lo que me dices, santo canónigo. Pues, además, es delito muy corriente en estos hospitales en los que sólo se acogen falsos peregrinos, capitanes infieles a sus señores y otras gentes equivocadas o pecadoras… Lo creo por tu gran dignidad y por la fuerza de tus palabras. Pero es ley del emperador de León que no se condene a nadie si no se demuestra su delito, si no hay otros testigos que el demandante, si no aparece la materia del mismo. Pues también en este reino se sigue la doctrina de que nadie es en él más que nadie, obispo más que pastor, abadesa más que puta, merino más que escudero… Dime, pues: ¿tienes algún testigo? ¿Alguien ha encontrado esa bolsa?

– ¡Pero me la robó la ramera!

– Estoy seguro de ello -dijo Martín-. En consecuencia, mantendré silencio hasta que se encuentre o hasta que alguien jure ante Dios que vio cómo ella la robaba. Te daré mi sentencia en ese momento. Ésa es la ley de nuestro emperador y deberás esperar a que todo se resuelva.

El canónigo se alejó furioso de la cámara de la iglesia de San Martín, en la que tenía sus audiencias el merino. Él no podía esperar su palabra definitiva, dijo, pues debía llegar rápidamente a Compostela; acudiría al abad del monasterio a reclamar su derecho, o incluso a la corte de León si éste no le escuchaba. El merino aprobó sonriendo su actitud y resolvió regresar al sosiego que Zulema le proporcionaba.

– ¿Crees que es justo que un merino guarde silencio?-le preguntó.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «El peregrino»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «El peregrino» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «El peregrino»

Обсуждение, отзывы о книге «El peregrino» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.