Jesús Torbado - El peregrino
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– Sí lo recuerdo, pero se me ha olvidado -dijo ella sencilla y contradictoriamente.
– No hay por qué avergonzarse de lo que hemos sido, de las penas padecidas y de las lágrimas que hemos derramado. Casi nada de lo que hacemos está en nuestras manos, sino en el dedo rígido de Dios. ¿Has visto alguna vez a ese Dios que suelen labrar los canteros en las puertas de las grandes iglesias? Sentado en el centro de los apóstoles, de los ancianos y de los ángeles, con el brazo levantado y una mirada terrible en sus ojos… Él es el que nos manda lo que tenemos y el que nos quita lo que hemos poseído, Zulema. Él es quien desde su trono reparte las alegrías y los llantos, y no siempre con la equidad que nos predican.
Zulema se separó de él, dio la vuelta a la mesa, tomó entre las manos el plato de barro no completamente vacío. Miró a Martín con aquellos ojos tan brillantes y negros que iluminaban la amplia habitación como una lámpara de azabache. La había convencido él para que recortase el larguísimo pelo enmarañado y ahora parecía más joven y menos salvaje. No podía adivinar el peregrino si había comprendido su explicación, pero le reconfortaba que estuviese mirándolo, silenciosa, con tanta intensidad.
– ¿No quieres más comida? -dijo al fin-. ¿O debo servirte también sopa de nabos? Era lo que más le gustaba a don Gutino. ¡Sopa de nabos!
– Ya he tenido de sobra -respondió él-. Estaba muy bueno, de veras. Pero los nabos tampoco son tan malos… Muchas gracias, Zulema. Creo que aún guardo en el estómago parte de lo mucho que engullimos en la celebración de los santos. Ando un poco pesado.
– ¿Por qué no acudes a ben Yacún, tu amigo?
– No es nada, mujer. No vayas a preocuparte ahora.
El rey no había aparecido para la fiesta de los santos patrones del monasterio, que se celebraba en el cuarto día antes de las calendas de diciembre. Al parecer, don Alfonso estaba guerreando en las fronteras de Castilla, bajo furiosas tormentas de nieve, contra un noble rebelde que había intentado ofrecer su condado al rey moro de Zaragoza. Incluso la dueña de Zamora, doña Urraca, tan devota de los mártires como su hermano, permaneció un solo día en Sahagún, apenas el tiempo justo de asistir a los solemnes oficios y a la comida que los seguía, al contrario que otras veces. Esa visita que en anteriores ocasiones se había alargado una semana cuando menos, y que levantaba en la ciudad grandes gozos y causaba muchas venturas, esta vez sólo había traído desolación y tristeza.
La regina había sido portadora de una carta del emperador que el mismo abad Roberto había leído en latín, e incluso traducido a una lengua vulgar que todavía no había aprendido del todo, después del comentario al santo evangelio. Era una grave amenaza que sorprendió a Martín, el cual la conoció al mismo tiempo que los demás burgueses.
– Si me hubiera pedido consejo el rey -les dijo a la salida a ben Yacún y a Hasday-, me habría opuesto a esa carta. Pero hace mucho que don Alfonso no me llama. Y tampoco tengo por qué dar mi opinión si no me la demandan, al fin y al cabo.
El rey de León mandaba que todos los vecinos de Sahagún y de su alfoz, cristianos o infieles, siervos o libres, españoles o nacidos en otros reinos, obedecieran con toda rectitud al abad de San Facundo. Amagaba con arrancar los ojos a quienes causaran algún daño a él o a sus monjes y juraba en fin que serían malditos como Judas Iscariote quienes se opusieran a sus mandatos, rechazasen su dignidad o dudasen de su señorío.
Martín había asistido al banquete después del canto de Vísperas. Comió mucho y durante mucho tiempo, pero no pudo hablar con la hermana del rey, solícitamente rodeada de monjes. Tampoco había tenido intención de poner ante ella sus reparos a las órdenes reales. Sabía que, bajo otra apariencia, la carta se refería tanto a los díscolos habitantes de Sahagún, especialmente a los francos, como a los mismos monjes. Muchos de ellos abominaban del abad cluniacense que don Alfonso les había obligado a elegir.
Don Roberto no parecía un hombre malo, de todas maneras. Demasiado indeciso, acomodaticio y confuso, quizás. Incluso había apoyado en seguida los ritos visigodos, en contra del gusto del rey, de sus consejeros borgoñones y de las lejanas órdenes del Papa de Roma, Gregorio; y también había confirmado muchos extremos, casi todos en realidad, de la regla que seguían sus antecesores.
Sin embargo, no había logrado el favor de nadie: de los más fieles a Roma, porque hacía oídos sordos a las nuevas normas, ya puestas en práctica en muchas abadías de Castilla, Aragón y Navarra, incluso en las no sometidas a Cluny; de los visigodos, porque a fin de cuentas era un francés e ignoraba sus tradiciones, la calidad de sus santos antiguos, los libros escritos antes de la llegada de los sarracenos y la propia historia de la abadía. Y porque su presencia había desplazado a don Pascual, a quien el rey había llamado a León y había entregado una pequeña iglesia campesina aguas arriba del Bernesga, en las montañas.
La gente de la villa, sin embargo, apreciaba más a aquel hombre que a sus antecesores.
Era tan grande su cortesía que incluso salía algunas tardes de los muros del monasterio, paseaba por la calzada de los peregrinos, hablaba con los artesanos y escuchaba las quejas de los pobres y de los ofendidos. Por eso a Martín le indignaba más aquella carta del rey. Por defender a don Roberto de sus profesos, amenazaba con grandes castigos a sus súbditos.
A éstos no les inquietaban tanto las alteraciones de dentro del monasterio como esas amenazas. Los cabecillas de la joven Hermandad quisieron demostrar su furia mediante un hecho pacífico que, sin embargo, alteró mucho la templanza de los monjes. Especialmente del poderoso don Adalbero, el antiguo cillerero elegido prior, que encabezaba la facción de los seguidores del culto romano. Pues era a él a quien personalmente ofendían. Se ocupaba ahora con más ahínco de las riquezas del monasterio y de las migajas que, como Epulón, repartía de vez en cuando entre los sometidos a su propiedad.
Como ejemplo de una prodigalidad que sólo en esa ocasión practicaba, en la noche de la fiesta de los santos mártires mandaba colocar dos grandes cubas de vino a ambos lados de la puerta principal de la basílica monástica. Otros tantos novicios se encargaban de tener una mano dispuesta junto a cada espita y las abrían sin avaricia ante todo el que se acercase a beber. No permitían llenar cántaros, odres, vasijas, alcarrazas o escudillas; sólo, a través de sus gargantas, el cuerpo de los devotos. Aunque no se trataba de aquella grandísima cuba que era incluso más renombrada en la cristiandad que los huesos de san Facundo y san Primitivo, contenían, juntas las dos, modios de vino suficientes como para saciar a todos los sedientos de las posesiones monacales.
Pues bien: los Hermanos mandaron que nadie se acercase a aquellas generosas cubas, para demostrar su enemistad al abad. Y buscaron hombres firmes para impedirlo. Los taberneros de Sahagún, contra sus habituales costumbres, se mostraron liberales con todos aquellos que sólo podían emborracharse plenamente una vez al año y que en éste se veían condenados a tan injusta pena. Sin embargo, a pesar de los bajos precios que anunciaron, hubo muchos que no tenían dinero bastante para pagarlos.
A la primera amargura se sumó, pues, esta otra. Martín, el mismo Hasday, que era por lo general de temperamento avaro, y otros burgueses menos pobres se cansaron de pagar convites, que siempre resultaban escasos.
Las dos cubas del abad ahogaban en vino cada año a los facundinos, lo mismo que el río Cea había ahogado, muchos siglos atrás, los cuerpos de los dos santos mártires. En ningún otro pueblo del reino de León, ni en la capital misma, podía encontrarse una noche tan larga y bulliciosa. La esperanza de beber aún más, y siempre de gracia, mantenía despiertos a todos, ancianos y niños, mujeres y hombres, campesinos y clérigos, hasta que las fuerzas los abandonaban y acababan derrumbados antes del amanecer junto a las tapias, en los atrios de las iglesias, sobre los surcos de las huertas, en las alamedas del río. Incluso a los dos novicios, que solían iniciar sus favores con tanta sobriedad como diligencia, animados u obligados por los parroquianos, los encontraba el alba espatarrados u hocicados entre las cubas.
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