Jesús Torbado - El peregrino

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Martin de Châtillon ha emprendido un viaje desde su Francia natal hasta la ciudad de Santiago de Compostela. Su camino estará marcado por el encuentro con gentes variopintas y personajes peculiares; conocerá costumbres y usos de los reinos españoles; recorrerá una tierra que vive bajo la sombra de un Dios implacable. Sus aventuras elaboran un retrato crudo y descarnado del mundo medieval en el que transcurren.

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Durante ellos lo llamó muchas veces a su lado, primero para que lo entretuviese con la historia de sus peregrinaciones y con el relato de las costumbres de los francos, a los que admiraba mucho; luego, para que le enseñase su lengua.

– ¿Por qué volver con los tuyos? -le había preguntado un día-. Nadie te espera en verdad, según me has dicho, y tampoco tienes una casa en la que guarecerte o una mujer para calentar tu cama. Ya ves que son muchos los que buscan en mi reino algo que sin duda no encuentran en el suyo. Se quedan los canteros y los otros artesanos, vienen soldados y monjes, incluso obispos. Recibo embajadas de nobles que quieren casar a sus hijas con mis condes y mis capitanes o con miembros de mi familia… El mismo Papa tiene continuamente los ojos puestos en León, lo mismo que en Navarra y en Castilla, incluso con demasiada fijeza. Pues ha dictado no hace mucho que estos reinos hispánicos son propiedad de la silla de San Pedro, es decir, de él mismo, y que sus reyes no son otra cosa que vasallos suyos. Algún sabio profeta habrá dicho a todos ellos que más tarde o más temprano conquistaremos las tierras sarracenas del sur y que seremos entonces verdaderamente ricos y poderosos… Como halcones andan volando sobre nosotros, especialmente el monje Hildebrando, que no tardará sin duda en conseguir la cátedra de Roma… Parece que no se contenta con lo mucho que he dado ya a sus hermanos de Cluny. En fin, ¿por qué vas a traicionarme tú, que eres amigo mío, regresando a tu patria? Yo buscaré para ti una dignidad que te permita vivir como mereces.

El problema en aquellos días era más sutil que los deseos del monarca. Aunque había salido vivo de la batalla, su hermano mayor Sancho de Castilla le había arrebatado la corona, el trono y la fidelidad de muchos de sus súbdito.

Con el apoyo de los castellanos y de algunos obispos y condes leoneses traidores, incluso se había hecho ungir como nuevo rey de León en la catedral de Santa María, después de proclamar que su hermano había sido devorado por los lobos durante la huida, al igual que su alférez García Ordóñez. Alfonso, por lo tanto, no era ya sino un simple monje de San Facundo, con falso hábito negro; muy pocos conocían el secreto y nadie se atrevía a difundirlo después de las concretas amenazas del príncipe destronado y de sus capitanes más fieles, bien amurallados todos en la seguridad de sus fortalezas.

– Sabes bien que tengo a muchos de mi parte, Martín, incluidas mis hermanas Urraca y Elvira, y sus huestes. Un día u otro regresaré a León y entonces podré pagarte todos tus favores.

– Ningún favor os hago, señor. Gracias a Santiago, que me puso en vuestro desdichado sendero, de peregrino errante he pasado a confidente real y a maestro de lenguas incluso. ¿Dónde hubiera encontrado tanta gloria? Y ya os he contado que no hace mucho me ganaba el sustento alimentando a los cerdos y poniendo en salmuera sus jamones… Y hace aún menos, vendiendo arados en los cerrados valles de El Bierzo.

Don Alfonso se rio con fuerza. Apoyó su brazo derecho sobre los hombros de Martín, según tenía por costumbre, hasta que recordó su condición monacal y lo escondió con urgente expresión en la ancha manga del hábito. Paseaban juntos por el huerto de la abadía, en la zona más alta y apartada, donde los cultivos dejaban espacio a un bosquecillo de encinas y robles.

– Si quieres apostar un par de talentos, te digo ahora mismo que no va a sucederme como a mi antecesor, el cuarto de mi nombre.

– No podré apostar si no conozco su suerte.

– Esto sucedió hace unos ciento cincuenta años -dijo el rey- y en este mismo santo lugar, según he leído en crónicas que aquí guardan. Aquel don Alfonso se sintió tan apesadumbrado y vencido después de la muerte de su esposa Oneca, a la que sin duda amaba mucho, que decidió encerrarse para siempre en este santo monasterio. Dejó el trono a su hermano Ramiro, que lo ansiaba mucho, y tomó estos mismos hábitos. No forzado por la desgracia, como me ocurre a mí, sino por propia y piadosa voluntad. Mas no había pasado un año de esa decisión cuando se arrepintió de ella, metió el hábito en un arca, ciñó de nuevo la espada y fue a León a reclamar su trono, en compañía de unos cuantos caballeros. A Ramiro debía de gustarle el oficio de rey, por lo que se negó a aquella solicitud. Y para evitar futuras apetencias, encerró a don Alfonso en una mazmorra y mandó que le arrancaran los ojos a fin de que no hubiese lugar a nuevos arrepentimientos. Ahora suelen conocerlo como Rey Monje, pero en realidad ni siquiera eso fue en sus últimos años.

– Con tu permiso, señor, no arriesgo yo medio talento en esa apuesta. Si acaso, tomaría el envite al revés -dijo prudentemente Martín-. Estoy seguro de que será muy distinta vuestra suerte.

– Si hubieres apostado en su contra -dijo riendo ben Yacún, cuando acabó su amigo de contar aquella historia-, no sólo habrías perdido los dinares, sino también la cabeza.

– No es don Alfonso un rey vengativo, pero tampoco yo soy tan loco como para haber entrado en aquel juego.

– En realidad, dudo que cualquiera de nuestros grandes profetas haya imaginado de qué modo se cumplirían las esperanzas de nuestro buen rey -dijo, también muy contento, Hasday-. Y de paso las de Martín.

– Yo no tenía esperanza alguna…

– Pensando en ello -añadió el mercader, sin atender a la negativa del peregrino-, me están dando ganas de imitar a don Sancho, aunque con menos riesgos, espero… Hemos cenado en exceso, efectivamente, y la naturaleza me pide con súbitos retortijones que el cuerpo abandone lo que le sobra. ¿Podéis esperarme un momento?

Estaban bajando hacia el río por una senda abierta entre dos bajas murallas de arbustos. Dos criados de Hasday caminaban detrás de ellos, a una docena de pasos, por si eran necesarios. Cuando vieron que su amo se acuclillaba a cierta distancia de sus amigos, con la saya subida hasta la cintura, uno de ellos avanzó incluso por delante de ellos, mientras el otro se mantuvo quieto en su puesto. La luz de la luna teñía de brillante palidez las nalgas abultadas del mercader. Esa misma luz le permitió encontrar rápidamente, cuando hubo terminado la necesidad, una piedra adecuada para limpiarse. La arrojó lejos de sí y regresó ajustándose las ropas.

– Resulta un poco fría la noche para estos quehaceres -comentó.

Una de las canciones que los juglares solían cantar acerca del fatal destino del rey de Castilla también hablaba del frío de la ciudad de Zamora.

Doña Urraca había llegado secretamente a Sahagún con un pequeño séquito y seguida por dos grupos de soldados bien armados, cada uno de los cuales apareció por caminos distintos y a horas diferentes. Se encerraron todos los hombres en la abadía y, por la noche, las tres huestes partieron juntas y de prisa hacia Toledo, llevándose consigo al rey destronado de León.

Cuando don Sancho, que estaba por entonces halagando a los condes gallegos, supo la noticia, su hermano recibía ya la amistosa hospitalidad del rey moro al-Mamun. Decidió no obstante tomarse de inmediato una parte de su venganza. Se dirigió rápidamente a Zamora, adonde había regresado su regina Urraca, y la cercó con toda la fuerza que tenía. Pero su hermana había perfeccionado mucho la obra de su padre don Fernando y las murallas eran muy recias y altas.

Una noche en que don Sancho intentaba encontrar un hueco o pasadizo en ellas, una piedra más frágil o una región más accesible, sintió de pronto deseos de vaciar el vientre. Se agachó junto al muro y estando en ésas salió por un portillo un soldado zamorano y le clavó un venablo en la espalda. Ni siquiera aquel hombre supo entonces que había matado a un rey; tal vez se habría muerto de miedo antes de hacerlo, si lo hubiese sabido. Pero algunos castellanos, indignados y furiosos, en seguida lo llamaron traidor y le buscaron un nombre que conviniera a sus trovadores, para difundir las razones de su causa. Vellido Dolfos dijeron que se llamaba, aunque la misma regina nunca pudo encontrar a alguien con ese nombre o con otro distinto que aceptara recibir el premio de su insospechada fortuna.

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