Jesús Torbado - El peregrino
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– Vamos, cálmate, mujer. ¿Qué ocurre?
– Quieren matarme.
– Al fin tendrás algo que hacer, ben Yacún -dijo serio el mercader.
– ¿Quién desea matarte? -preguntó Martín.
– La luna no mata a nadie, muchacha. Ven conmigo.
Con ademán resuelto, el médico la agarró por un brazo y la empujó hasta la orilla del río. La obligó a inclinarse y con una mano empezó a echarle palmadas de agua sobre el rostro y la cabeza. Ella misma se apartó finalmente los cabellos de la cara.
– ¿No eres tú…? -preguntó repentinamente Martín.
La mujer lo miró de frente.
– ¡Señor legado! -dijo mientras se ponía de rodillas y se abrazaba a las de él-. ¡Señor legado! Ayúdame, por favor. Van a venir a prenderme y me matará el cillerero.
– ¿La conoces, Martín? -preguntó Hasday-. ¿Qué es eso de legado? ¿Qué le ocurre a esta mujer?
– Sí, la conozco. Y ella misma nos dirá qué sucede-Pero quizá conviene que nos alejemos cuanto antes de este lugar.
Sin esperar la aprobación de los otros ni satisfacer su curiosidad pasó un brazo por la espalda de la mujer para que no se derrumbase y comenzó a andar de prisa colina arriba, fuera de los senderillos trazados entre la vegetación.
Ben Yacún arrastraba a su lado la pierna inútil, pero sin perder su huella. A Hasday le costaba más esfuerzo seguirlos. Sus dos criados lo flanqueaban silenciosos, moviéndose a su mismo paso.
Con pocas palabras Martín les contó quién era aquella mujer cuyo nombre había olvidado. Esposa del párroco de Villa Raneros, abandonada por él a causa de un mandato del abad, cautivada entre los sarracenos.
– Beatriz. Mi nombre cristiano es Beatriz.
Sólo la había visto una vez en su vida, añadió, cuando regresaba de Santiago, antes de encontrar huido al rey don Alfonso. Prefirió no relatar de qué modo la había conocido y qué sucedió entonces.
Entraron en la casa de ben Yacún, porque era la más cercana al río y porque allí el médico podría tal vez devolverle la razón y las fuerzas.
Le preparó un vaso de vino caliente, sobre el que vertió un pellizco de canela y una cucharada de miel, además de unas hojas pequeñas y secas que desmenuzó con los dedos. Cuando se recuperó por completo, sentada en el suelo sobre un amasijo de pieles de conejo, la mujer intentó nuevamente que tuvieran piedad de ella, sobre todo el hombre al que seguía llamando legado, y explicarles por qué la solicitaba.
Ben Yacún muy pronto comprendió su historia, hasta el punto de que una parte de ésta se la contó él mismo a Hasday y a Martín. Beatriz no había participado en las alegrías del plenilunio ni sabía siquiera que alguien estuviera gozando de ellas. En el interior de la abadía se había originado un enorme escándalo a la hora de vísperas, dijo. Ni conocía los motivos ni el desarrollo. Sólo vio que varios monjes se refugiaron en las galerías subterráneas y que uno de ellos abrió la puerta de la cámara en la que ella estaba encerrada desde hacía mucho tiempo, próxima a la capilla secreta donde se veneraban el dedo pulgar de santa María Magdalena y su anillo del santo prepucio.
Había otras mujeres en su misma situación, al menos media docena -lo había explicado el médico- y todas corrieron por la galería, añadió ella, llegaron a la iglesia y salieron finalmente a las calles de Sahagún.
– Cuando huía por el atrio, oí al cillerero pedir que soltaran a los perros -dijo Beatriz, ya más sosegada-. Oí sus ladras más tarde, escondida en un agujero de las obras nuevas. Creo que los azuzaron detrás de las otras, de algunas de las otras… Y yo, más tarde, eché a correr por la calzada de los peregrinos y así llegué hasta vosotros.
– ¿Quién te mantenía encerrada? -preguntó Martín.
– Ellos, los monjes -respondió-. Don Adalbero.
– Tienen su propia cárcel en la abadía, naturalmente -dijo ben Yacún con voz resignada-. Allí encierran a veces a los sacerdotes que condenan como a herejes o a sus propios monjes culpables de algún pecado muy grave. Y también a algunas mujeres relacionadas con ellos. ¿No decías que ésta era esposa de un párroco? Quién sabe lo que habrá hecho o de qué delito será culpable.
– Lo conoceremos también, ben Yacún -dijo furioso Martín-. Creo que ahora necesita descansar y un lugar en que no puedan encontrarla, si es que todavía la buscan. La llevaré a mi casa para que no corras tú ningún riesgo. Los sayones del abad pensarán en seguida que ha buscado tu cobijo.
– También a ti pueden visitarte…
– Pero yo soy el merino de francos -dijo Martín-. Y amigo del rey. Manda a tus criados que me acompañen, Hasday. No tardaré en devolvértelos.
Tomó de la mano a la mujer, la miró fijamente para comprobar que se mantenía en pie, la ayudó a ordenar sus ropas y pidió al médico un lienzo oscuro con que taparle la cabeza. Luego, volvió a sujetarla firmemente de la cintura, se despidió de sus amigos y salió con Beatriz a la calle, todavía dominada por la luz enfermiza de la luna. Los dos criados del mercader judío los acompañaron vigilantes hasta su casa.
5
Si había sido siempre aciaga la fortuna de Beatriz, o Zulema, mora con piel de cristiana, la muerte de su marido en Golpejar podía haber acabado por precipitarla al abismo. Y no porque su vida al lado de don Gutino le trajese a ella recuerdos muy dulces.
Muchos trabajos y abundantes lágrimas había conocido al lado del párroco de los raneros, guardián de las lagunas de los monjes. La voracidad de algunos de los custodios de san Facundo y san Primitivo, sus rigurosas leyes, habían estado a punto más tarde de acabar con sus días. Ella había hecho desde niña un largo viaje iniciado en un lugar que apenas recordaba, en el reino muslime de Badajoz, hasta la cocina de un falso legado de obispo, convertido en el curso de poco tiempo en merino del rey.
De momento, se sentía segura y lo manifestaba con todo género de zalamerías y afectos. Además, aquella mujer poseía el raro y venturoso donde no recordar jamás los males del pasado, ni siquiera del más próximo.
Martín la miraba tan sorprendido como dichoso. Porque incluso demostraba llorosa piedad por don Gutino, como si también él hubiese sido una víctima. Y transmitía esa compasión con tal sinceridad que, aun sin haberlo conocido, se la contagiaba a él.
– Sólo cuando estaba borracho me pegaba, y cuando le agobiaban las contrariedades con los monjes, o cuando no sabía enfrentarse a los raneros; pero no siempre -decía-. Yo creo que era un hombre bueno y flaco de ánimo. ¿Cómo iba a ser de otro modo? Me contaba por las noches que de niño había recorrido mil veces el camino desde la villa hasta Sahagún, siempre llevando las cestas de ancas de ranas a la abadía, y que a veces le pegaban los raneros y otras veces los monjes; y el resto de los días, los pastores o los ladrones del camino… Un antiguo abad se compadeció de él cuando murió su padre de las fiebres; lo metieron en la abadía y le hicieron sacerdote de Nuestro Señor para que dirigiese la nueva iglesia que habían construido. Poco después me tomó a mí.
– ¿Qué hacías tú en Villa Raneros, Zulema? -preguntó Martín con una sonrisa.
– Estaba en León, mi amo, en el mercado. Un hermano de don Gutino me había comprado a un caballero.
– No me llames mi amo. ¿Cuántas veces he de decírtelo?
– Pero eres mi amo y mi señor, y yo quiero que lo seas -dijo Zulema. Puso sus manos en los hombros de él, por detrás, y le acarició suavemente el cuello.
– ¿Y no recuerdas tu cautiverio? ¿No recuerdas cómo era aquel caballero que te separó de tu familia y quiénes eran tus padres; cómo era tu casa y qué río pasaba por tu aldea?
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