Jesús Torbado - El peregrino

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Martin de Châtillon ha emprendido un viaje desde su Francia natal hasta la ciudad de Santiago de Compostela. Su camino estará marcado por el encuentro con gentes variopintas y personajes peculiares; conocerá costumbres y usos de los reinos españoles; recorrerá una tierra que vive bajo la sombra de un Dios implacable. Sus aventuras elaboran un retrato crudo y descarnado del mundo medieval en el que transcurren.

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– Es así como mi madre aderezaba los pollos y los conejos -respondió ella-. Espero de tu bondad que no castigue esta ignorancia mía.

El peregrino le tomó las manos y fue chupando uno por uno los dedos manchados del dulce líquido. Luego se lamió los suyos.

– Cuando me nombren obispo -dijo-, te llamaré para que te ocupes de mis cocinas. Muchas veces los demonios han descubierto ciencias muy grandes y provechosas. No debemos olvidar que también son ángeles y han estado en la proximidad de Dios.

Salieron a mirar la luna después de la cena. Parecía un delgado alfange posado sobre los juncos y las aguas encharcadas. El largo, alto e infinito camino de estrellas se repetía en cada una de las lagunas.

Los dos leprosos dormían muy unidos junto al muro de la iglesia, beatíficamente arrullados por el estrepitoso croar de las ranas; algunas brasas de la hoguera iluminaban con resplandor rojizo sus harapos. El peregrino posó un brazo sobre la cadera de Zulema, la atrajo hacia sí y la besó en el cuello. Luego la empujó hasta el interior de la casa y los dos se acostaron desnudos entre suaves cobijas de piel de zorro. Allí Martín la abrazó del todo, se unió a ella como si formara parte de su propio cuerpo. Creyó incluso que no merecía una felicidad tan grande.

Apenas había dado su caballo media docena de pasos por delante de los bueyes de los vinateros, entre la rosada luz del alba, le atenazó la nostalgia de aquel lugar y de la mujer cuyo aroma sentía adherido a la piel; algunos de sus cabellos negros permanecían aún enredados en su barba. Pero no podía volver atrás. Tampoco podía quedarse en aquella aldea de charcas malolientes. Sin duda pronto acabaría la guerra y el marido desearía tomar nuevamente posesión de su esposa.

Iscam le había dicho una vez en Carrión que la vida del caminante es caminar, no pararse mucho tiempo en ninguna posada, lo mismo que la del vigilante era vigilar siempre entre las mismas almenas.

Por esa misma razón sólo se detuvo en Sahagún lo preciso para dormir y para buscar nuevos compañeros de viaje. Los mercaderes de vino tenían sus bodegas media legua por arriba del río. Allí estaban también sus casas y sus mujeres. Martín empezaba a darse cuenta de que el mundo no estaba poblado únicamente por peregrinos y hospederos.

Recordó a los dos hombres que les habían ayudado, a Iscam y a él, a vender algunas reliquias a los monjes de aquel lugar, cuando la repentina plaga de langostas lo acosaba, pero no podía hacer memoria de la situación de su casa. Tampoco se atrevía a preguntarlo a los monjes de la abadía, no hubiese ocurrido algún maleficio con las reliquias e intentaran hacerle pagar por ello.

Le pareció que el pueblo había triplicado su tamaño, cuando menos. La calle principal, la que acostumbraban a seguir los peregrinos, estaba tan llena de mesones y albergues como las de Compostela. Se detuvo a cenar en una taberna iluminada con muchas lámparas de sebo y allí logró que le dieran noticias de sus amigos. Mutarraf, el padre, había muerto ahogado dos veranos antes; se sumergió como siempre en busca de la guarida de los barbos y no reapareció jamás. Tal vez lo había devorado algún monstruo del río o lo había arrastrado el mismo diablo a los infiernos, dijo el tabernero.

En cuanto a Munio, el hijo, quizás asustado por aquel destino, había abandonado la pesca y tenía ahora tres mujeres moras que entregaba a los viajeros si pagaban por ellas.

Mandaron a uno de los criados a buscarlo.

Martín lo reconoció en seguida, como si él mismo se hubiese mirado en un espejo de azogue. Pequeño de estatura, ágil, inquieto, la piel muy oscura, muy vivos los ojos… Lo mismo le sucedió a Munio.

– ¡El peregrino barbarroja, mi amigo! -dijo.

Se abrazaron y bebieron juntos.

No debía temer Martín de Châtillon por la actitud de los monjes, le explicó el hombre, que todavía mostraba su agradecimiento por el burro regalado. Los grandes saltamontes habían vuelto otra vez, en efecto, pero sacaron en procesión las mismas reliquias a los trece días justos y los hambrientos insectos súbitamente desaparecieron. Sin necesidad de llamar a ningún enviado del Papa; sin tener que pagarle viaje y limosna. Más aún, añadió: una de aquellas reliquias, la de la santa espina, se la habían regalado los monjes a la joven abadesa de San Pedro de las Dueñas, doña Salomona, en el día de su consagración. Obró en seguida tantos prodigios (había arrancado a un niño del fuego, por ejemplo, y ayudaba a que las mujeres estériles quedasen preñadas en el tercer día de su matrimonio) que muy pronto empezaron a peregrinar hasta allí gentes de toda la parte meridional del reino, incluso de Palencia, de Toro y de Zamora. De tal modo que el pequeño monasterio se había enriquecido mucho con las limosnas de esos devotos y las donaciones de muchas damas nobles.

– Si te presentas en la abadía, serás recibido como el mayordomo del rey -añadió Munio.

Él mismo, con dos hombres de su confianza, y bien armados todos, lo acompañaría hasta Carrión si no quería quedarse allí.

El peregrino prefirió dormir en su casa a llamar a las puertas del abad. Munio le ofreció para pasar la noche a la que prefiriera de sus tres mujeres. Una tenía un semblante parecido al de Zulema. Martín la eligió para que se quedase con él hasta el alba.

Había dejado ya el sol el centro del cielo; hacía más de una hora que los cuatro hombres habían reiniciado la marcha, después de comer y sestear un poco, por los vastos pedregales quemados, cuando descubrieron en una pequeña chopera a dos hombres que los llamaban a gritos. Empujó Munio su caballo hacia el arroyo seco junto al que estaban y volvió rápidamente.

– Quieren hablar contigo, don Martín -dijo temblando.

– ¿Tal vez me conocen?

– Quieren hablar con el hombre al que vamos custodiando.

– ¿No serán bandidos, Munio?

– Es el rey de León.

Uno de ellos, con aspecto profundamente abatido, era el rey de León. Martín se rio al escucharlo. ¿El rey de León, solo y perdido en un mal soto?

Llamó a los hombres de su guardia, que habían quedado rezagados. Los tres se pusieron en seguida de rodillas a los pies del que recostaba la espalda contra un árbol. Munio estaba ahora seguro de que aquel hombre sí era el rey; a pesar de su túnica roja, sucia y rasgada, a pesar de sus ojos agónicos, de su quebrantada apariencia. Lo conocía desde niño.

– Señor, señor, soy Munio, el pescador del Cea, el de la balsa de Mutarraf, mi padre. ¿No te acuerdas de mí?

– Claro que me acuerdo, amigo mío. Vamos, levántate del suelo y dame la mano. Y también tus amigos, levantaos… -El rey se puso de pie con mucha dificultad-. Doy gracias a Dios de que hayas venido tú a salvarme. Mi amigo Munio… ¿Cómo iba a olvidarte? Me has enseñado a pescar cangrejos… ¿Quién es tu amo? ¿Dónde está tu padre?

– Soy Martín de Châtillon, señor. Un peregrino franco que vuelve a su patria.

– Mi padre ha muerto, don Alfonso.

– ¿Querrás ayudarme a llegar a Sahagún, peregrino? Dios lo tenga en su gloria. -El rey miró a Munio, apoyó su mano derecha en su hombro para sostenerse en pie; siguió hablándole a Martín-: Vienen persiguiéndome los castellanos. Todavía lejos, creo; pero vienen. A mi vasallo don García Ordóñez tampoco le quedan muchas fuerzas. Yo te compensaré por ello.

Martín sacó el zaque de vino de sus alforjas y se lo tendió al rey. Era un hombre de su edad, al igual que don García. Don Alfonso bebió despacio y poco; su vasallo hizo lo mismo.

– No es mucha ayuda la que puedo daros, señor -dijo Martín-. Ni siquiera sabemos combatir, aunque mis amigos aparezcan armados. Y tampoco quiero recompensa alguna. A mí me han ayudado muchas almas en este camino y sería indigno siervo de Dios si no hiciese yo lo mismo. Conseguiremos llevaros a Sahagún, si ése es vuestro deseo.

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