Jesús Torbado - El peregrino

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Martin de Châtillon ha emprendido un viaje desde su Francia natal hasta la ciudad de Santiago de Compostela. Su camino estará marcado por el encuentro con gentes variopintas y personajes peculiares; conocerá costumbres y usos de los reinos españoles; recorrerá una tierra que vive bajo la sombra de un Dios implacable. Sus aventuras elaboran un retrato crudo y descarnado del mundo medieval en el que transcurren.

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– Conozco muy bien estas tierras, don Alfonso -dijo Munio-. Bajaremos por sendas de pastores y por despoblados. Nadie os descubrirá.

Don Alfonso sonrió a su antiguo maestro de pesca. Parecía un cuerpo sin alma, como su compañero. Demacrado, la barba apelmazada por el sudor o el miedo, frágiles las piernas, los ojos hundidos, agitado el pecho y sin fuerza los brazos.

– ¿Ha habido una batalla, señor? -preguntó Martín.

– Una batalla perdida -dijo el rey-. Y tal vez un reino para siempre perdido, el que me entregó mi padre… Pero nosotros venimos huyendo desde Burgos, sin un instante de reposo. Hasta que murió mi caballo.

El peregrino se fijó entonces en el animal, caído de bruces sobre el arroyo seco. La cabalgadura de don García tenía poca más vida en su cuerpo; apoyaba el cuello sudoroso y herido contra un chopo. Don Alfonso contó entonces, con voz entrecortada y débil, que tres días antes habían planteado batalla a don Sancho de Castilla, su hermano, cerca de Carrión, en el valle de Golpejar.

Habían sido derrotados los leoneses y a él lo habían cogido cautivo. Sin pérdida de tiempo lo habían cargado de cadenas y conducido a Burgos para encerrarlo en el castillo y arrancarle allí los ojos. Así lo habían mostrado en varios pueblos y ciudades del camino, para que se burlasen de él sus antiguos súbditos. Pudo escapar en el mismo puente de la fortaleza, con su vasallo, después de que un capitán de don Sancho traicionara a su señor librándolos de sus cadenas, y habían cabalgado sin descanso hasta que los caballos se negaron a continuar.

Martín temió que los alcanzaran allí mismo los perseguidores del rey. Decidió apresurar la marcha sin más demoras. Mandó a los dos villanos de Sahagún que dejaran sus ropas al rey y a su vasallo a fin de que nadie pudiera reconocerlos si los veían; que quemaran las de ellos, salvo lo justo para cubrirse las propias vergüenzas, y enterrasen las cenizas. Dejó su caballo a don Alfonso y a don García el de Munio.

Él y su amigo montaron dos mulas: la que hasta entonces llevaba tan sólo su equipaje y otra de los facundinos, a quienes mandó regresar a su pueblo, con la tercera mula y el caballo enfermo, si se recuperaba, por el camino principal y con orden de no decir nada a nadie que quisiera preguntarles. Perderían la cabeza si hablaban. Dio a uno su sombrero de peregrino y al otro una saya nueva que llevaba en las alforjas para que no los quemase el sol. Entre Munio y él consiguieron encajar en las sillas a los dos hombres exánimes.

– Es mejor que marchemos hacia el norte, para coger el río más arriba, después de las murallas de Cea -dijo Munio-. Luego podemos bajar por entre las choperas, junto al agua, o en una balsa… El camino es más largo, don Alfonso, pero también hay más bosques y no pensarán los castellanos que huimos por ese lado. ¿Te parece a ti bien, Martín?

– Tú serás nuestro guía -respondió el peregrino.

Don Alfonso los miró sin decir nada, pero hizo un gesto de asentimiento que era también de gratitud.

Empezaron a trotar las cabalgaduras sobre el pedregal que se extendía por encima del cauce seco del arroyo; hacia el norte, en línea perpendicular a la que todos ellos habían traído hasta allí, unos desde el oriente y otros desde el occidente. El rey apoyaba las manos en el arzón de su silla, como si quisiera hundirse en él. También García Ordóñez llevaba la espalda encorvada. El sol todavía golpeaba la llanura con toda su furia.

4

Al tullido ben Yacún la pierna se le había endurecido de tal modo con el castigo de los años que más parecía una rama de árbol seca que un miembro humano.

Lo primero que Martín de Châtillon le había dicho cuando lo conoció en la vieja casa de Hasday fue que un buen amigo suyo, médico algebrista en Granada, sin duda podría sanársela. Ben Yacún había estudiado ya los libros de Abul Abbás sobre la disposición de los huesos y su movimiento, y había llegado al convencimiento de que tal curación era imposible, pues su viejo mal estaba causado por los tendones, los que como cuerdas hacían moverse a los huesos, y no por los huesos mismos.

Hasday explicó entre risas que conocía al médico facundino desde su juventud toledana, cuando ya su cojera provocaba burlas, y que nadie nunca había corrido tanto y tan de prisa como él. ¿Qué otro judío había logrado que el abad de San Facundo lo eximiese del pago del censo? ¿A qué otro judío le permitían pasearse por las cámaras secretas del monasterio, entrar en los largos dormitorios de los monjes, sentarse a beber vino en la cocina, bajar a los pasadizos subterráneos e incluso ser bien recibido por las dueñas de San Pedro, que ni siquiera a los sacerdotes cristianos daban permiso para cruzar los umbrales de su cenobio?

– Nadie corre más que él en todo el reino -añadió divertido el mercader- y ningún secreto vuela por el aire antes de entrar en su casa. ¿Para qué necesita que lo cure tu amigo?

– Así es, así es -dijo ben Yacún-. Las miserias de los hombres se asientan en mi casa como el oro en la de Hasday. De no haberse interpuesto su natural prudencia, esta nueva casa suya sería tan grande y lujosa como el palacio del rey.

Los siervos del banquero les habían preparado dos cancines asados a la manera de las gentes del desierto, aquellos antepasados a quienes todos tenían olvidados ya; degollados y desangrados según la ley de Moisés, aunque no tanto a causa de la ley misma como por su gusto y porque ben Yacún conocía los riesgos de mantener la sangre dentro de los cuerpos de los animales muertos. Previamente habían abierto el apetito con jugosos y tiernos puerros asados que le había regalado al médico alguno de sus enfermos.

Ahora, después del banquete, intentaban vaciar el ánfora de vino dulce que Martín aportaba al festejo. Había pagado por ella un precio muy elevado, casi obligando con el prestigio de su autoridad a que el vinatero de Málaga, que la llevaba al castillo de León, se la vendiera.

Todo honor era pequeño, a su juicio, para festejar al hermano de ben Saruq, que se había mandado hacer una buena casa toda entera de ladrillo a la entrada del barrio de San Martín, y aprovechaba la noche de plenilunio para abrírsela ceremoniosamente a sus amigos. De ladrillo y de cámaras en dos alturas. Abajo tenía dispuesto su almacén de telas moriscas y persas, objetos de culto, collares, diademas, brazaletes y otras joyas de princesas; en fin, toda suerte de tesoros traídos del sur y aun del oriente remoto para vender a los nobles leoneses. Detrás, un fresco patio rodeado de pequeños arcos y sembrado de flores, así como la cuadra y las habitaciones de los criados. Arriba estaban las cámaras personales, la suya, la de sus dos hijas, más otras dos para los invitados.

Sólo había en Sahagún otra casa de dos alturas, la del merino cristiano, que era un anciano tío del rey, aparte de los dos nuevos edificios del monasterio.

Hasday, más por fidelidad a la esposa cristiana muerta hacía mucho tiempo que por cuidado de sus negocios, había decidido establecerse para siempre en Sahagún; por lo menos, mientras nadie le obligase a marcharse de allí.

Muchas veces se había negado a participar en León en la prosperidad de su hermano ben Saruq, que continuamente lo llamaba y lo visitaba para convencerlo de la utilidad de ese cambio; había rechazado ofrecimientos de otros parientes de Toledo e incluso de Córdoba, donde las riquezas corrían como ríos caudalosos. Él había sido el primer hebreo que pagó su censo a los monjes de San Facundo, antes incluso que el médico ben Yacún, y los clérigos lo respetaban tanto como los burgueses y los campesinos. Vivía feliz.

Vivía feliz y era, junto a Martín de Châtillon y los familiares del rey, el vecino más conspicuo y de más dignidad de San Martín, barrio en el cual soñaba construir una sinagoga para las gentes de su religión, ahora que había concluido su propia casa.

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