Jesús Torbado - El peregrino
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Desde que habían llegado de suelo de moros los primeros santos monjes a venerar las reliquias de los mártires, tenían la costumbre en Sahagún de recorrer en gran procesión los claustros e incluso los campos sembrados del interior de sus tapias. Era una de las escasas ocasiones anuales en que los facundinos podían contemplar de cerca todo el esplendor y toda la piedad de los oficios monásticos. Monjes y villanos vivían apartados unos de otros; los primeros solían guardar su mística intimidad de las curiosidades ajenas. Rezaban y meditaban a solas, estudiaban y se mortificaban en secreto. Los amos no querían contagiarse de los pecados de sus criados. A los siervos y burgueses les llegaban tan sólo los ecos de sus vidas, como los ecos de sus cantos, y las leyes que los abades dictaban y hacían cumplir.
Por otra parte, desde que se había añadido a los españoles una docena de monjes venidos de Cluny por orden del rey, con el abad Roberto y detrás de él, las relaciones eran menos llanas y frecuentes. La gente acudía a las misas, llevaba a bau-tizar a sus hijos y a enterrar a sus muertos, podía rezar en la iglesia detrás de la barrera de rejas.
Un número cada vez mayor de motilones, de administradores y de soldados de la abadía comerciaba con los facundinos, recolectaba los tributos, organizaba el trabajo, comunicaba decretos, recogía maquilas de los molinos y hogazas de los hornos, castigaba a los insumisos, atendía a los peregrinos, festejaba a los poderosos, dirigía personalmente las vidas de todos… Pero la mayoría de los monjes era invisible.
El misterio de sus vidas raramente saltaba sobre las altas tapias que los guardaban. Vivían con Dios y para Dios, buscaban infatigablemente su camino, sin apenas hablarse entre ellos; renunciaban a comer carne y a tener mujer propia; dormían poco, ayunaban mucho, rezaban en todas las horas del día y de la noche…
Los facundinos, a quienes no obstante solían llegarles más conocimientos de sus vidas de los que deseaban los monjes, sabían que los franceses habían llegado para reformarlo casi todo. Que ahora la vida era más dura, más alta la piedad, más laboriosa la existencia. De hecho, algunos monjes habían abandonado ya la abadía y, en su huida, habían aprovechado también para contar los muchos pecados de aquellos hombres santos. Según ellos, Dios y el diablo se repartían a partes iguales el reino de san Facundo y san Primitivo. Lo mismo que fuera del monasterio.
Por la mañana, según ben Yacún, había ocurrido algún conflicto serio en la abadía. El médico judío, como tantas veces, había acudido a comer en casa de Martín. Y llegó tarde, porque había estado cosiendo la cabeza de dos novicios.
– Mal presagio para un día grande como es hoy -dijo al sentarse a la mesa en la que Zulema había servido ya una fuente de pájaros fritos con miel y salsa de cominos. Acomodó su pierna seca entre las patas del banco que tenía enfrente y miró con gula los manjares-. Menos mal que la hermosa Zulema ha querido tener piedad de nosotros.
– No suspenderán la procesión del lucernario… -dijo Martín.
– Don Adalbero me aseguró que no. Sería como dar más trompetas al escándalo… Además, han venido varios príncipes de León y los obispos de Palencia y de Coimbra a gozar de la procesión. El prior estaba inquieto, pero no tanto como para ofenderlos dejándolos ir sin su gusto satisfecho.
– ¿Quién rompió la cabeza a esos muchachos? -preguntó Zulema, de pie ante ellos.
Ben Yacún le hizo un gesto de paciencia con la misma mano que inmediatamente dirigió a la fuente. Metió un pájaro en la boca, masticó despacio para triturar bien los huesos, luego se levantó trabajosamente, hizo una reverencia ante ella, le tomó la mano para besársela.
– Gracias, señora. No creo que el rey de Sevilla haya comido nunca algo tan delicioso.
Zulema sonrió.
– A mi amo don Martín quizá le apetecían más unos puerros con vinagre, o nabos asados…
– Debo renunciar a mis placeres para honrar a mi amigo -respondió burlón el merino, mientras masticaba con la misma gula.
Volvió el médico a su asiento, se sirvió otro animalito y empezó a hablar según lo iba comiendo.
– Según creo, los romanos se ofendieron mucho esta mañana, antes de que asomara el sol, a causa de los cantos de esos novicios -dijo ben Yacún-. A uno de ellos le arrojaron a la cabeza uno de esos grandes libros de horas que tienen y que pesan más de cincuenta libras. Lo harían entre dos o tres de sus enemigos, porque son muy onerosos… Una de esas cejas de hierro que tienen los libros estuvo a punto de sembrarle los sesos sobre el facistol. Sólo le desgarró el pellejo, para su fortuna.
– ¿Tan mal cantaba?
– Todo lo contrario, según creo… Aunque os cuento lo que me dijo el prior, que es el cabeza de los enemigos del rito visigodo o español. Según otros monjes, ni mirlos ni jilgueros ni ruiseñores ni verderones podrían imitar a aquel muchacho.
Que Yavé tenga piedad de ellos -dijo ben Yacún mirando misericordiosamente la montaña de pajarillos de la que se estaba alimentando-. El novicio, adoctrinado en su infancia por grandes maestros cordobeses, inició de pronto y sin mandato para ello uno de esos cantos que llaman clamores y que, en verdad, si los has oído, te ponen la piel como la de un gallo amedrentado… Es una especie de gemido natural, espontáneo y largo, apoyado en una sola letra, ¡aaaaaah!, por ejemplo. Tan estremecedor que tienes la sensación de que se te despegan los pies del suelo y los pelos de la cabeza quieren irse a las nubes. ¿Nunca lo has oído?
– Me parece que nunca.
– Yo sé cómo es ese canto -dijo Zulema.
– ¿Que lo sabes tú? Si ni siquiera eres cristiana completa, sino mal convertida -dijo Martín, con una sonrisa.
La mujer estiró el cuello y dejó salir de su boca un lamento afiladísimo que parecía no terminar nunca, subiendo y bajando la agudeza de la voz, a la vez que con una mano parecía sostener el sonido en el aire. No eran palabras en la lengua de su infancia, como solían salir con frecuencia de su garganta, sino un ¡ooooooh! que nada significaba en sí mismo, aunque Martín comprendió que en verdad tenía algún significado secreto.
– No te asombres, merino. Ese canto viene de los desiertos de África o de algún otro lugar más lejano, y yo creo que lo practicaban ya nuestros antepasados más antiguos. Incluso antes de que pisaran nuestra pobre tierra Moisés, Mahoma y Jesús, Dios los bendiga a los tres. Los monjes debieron de aprenderlo en Andalucía y lo repiten como una memoria de aquellos tiempos.
– ¿Y tiene algo de malo esa manera de cantar?
– No me lo preguntes a mí -dijo ben Yacún mientras se enjugaba en la barba los dedos que acababa de lamerse-. A los romanos o gregorianos, como los llama con mucha reverencia don Adalbero, a los obedientes al nuevo Papa, parece molestarles mucho esa costumbre. Así como otras que se practican en la abadía. Ignoro por qué. Incluso al rey han dejado de gustarle. Don Alfonso intenta con sus cluniacenses que todos los monjes de su reino cambien la manera de celebrar sus misas, de cantar sus salmos; incluso que muden las palabras de sus rezos. Y que sea todo lo mismo aquí que en Francia, o que en Borgoña, o que en Roma… Debe de ser una nueva herejía o una manera de luchar contra herejías antiguas. No lo sé… Pues también he oído decir que hay dos o tres Papas y que todos aseguran ser los verdaderos.
Ben Yacún se detuvo para seguir comiendo. Al cabo de un rato, empezó a reírse solo, como si los pájaros contuviesen la enfermedad de la risa. Martín lo miró sorprendido.
– Pensaba en la cara del otro novicio -dijo, todavía sin contener los espasmos-. Me contaba llorando que él no había tenido culpa alguna de lo sucedido, porque era además partidario del rito romano… Pero estaba cerca del otro, salió del coro para socorrerlo y alguno de los monjes oficiantes le acertó con un incensario que lanzó sobre el cantor de los clamores… El golpe no fue grave, pero se le metieron unas brasas en la cogulla y le quemaron el cuello. ¡Dios poderoso, cuánta locura la de esos santos hombres! Y todos creemos que han huido de nuestras propias locuras…
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