Jesús Torbado - El peregrino
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– Hablaremos de todo esto en León -dijo el rey a Martín cuando salía de aquella cámara, rodeado de tanta gente que apenas podía caminar-. Ahora debo ocuparme de los obispos y de todos estos príncipes… Recuerda los tesoros que has visto y vete a mi palacio dentro de tres o cuatro días. Tengo muchas preguntas que hacerte.
7
Apenas abrió Sara la puerta de su casa de León, el merino se puso a gritar hacia el médico ben Yacún y hacia el padre de ella, que estaban sentados en el jardín, mirando el río y cascando alfónsigos entre dos piedras pequeñas; hablaban con alegres voces de los santos tesoros que el de Sahagún había visto.
Martín levantaba los brazos al cielo, hacía giros con la cabeza y le bailaba todo el cuerpo, como si estuviese poseído por una legión de demonios; luego, tomó entre la suyas las manos húmedas de la muchacha, las apretó, las besó.
– ¡Yo sí he encontrado un tesoro, alabado sea Dios!-decía cantando el peregrino. Advirtió ella entonces que no eran demonios, sino ángeles felices los que se asomaban a su ojos.
Si el tesoro del que hablaba era el hombre que estaba a su lado y al que volvía los ojos, aquellos ángeles habían vuelto loco a su huésped. Sara vio cómo Martín pasaba el brazo por encima de los hombros de un mendigo alto y harapiento, extremadamente delgado y con la cabeza calva llena de heridas sangrantes. La única nobleza de aquel hombre residía en sus ojos, que miraban con una mezcla de resignación, de afecto y de soberbia.
Martín lo empujó suavemente delante de él, pasó a un lado de la hija del banquero y llegó hasta los escaños que ocupaban ben Yacún y ben Saruq, sin dejar de repetir sus alabanzas al cielo.
– Éste es mi amigo Iscam de Gormaz, resucitado de entre los muertos -les dijo-. Mi hermano peregrino.
Los dos judíos se quedaron tan sorprendidos y atónitos como la misma Sara. Uno y otro habían escuchado alguna vez aquel nombre, pero estaba muy lejos de sus inquietudes presentes y no alcanzaban a comprender semejante convulsión en Martín. Hizo éste que el mendigo se sentase en un banco de piedra, se acomodó él mismo a su lado y empezó a contar aquel suceso que tan feliz le hacía. En ese instante reaparecía Sara con un gran cuenco de leche fresca que ofreció al recién llegado, el cual la bebió toda de un trago.
Hacía siete días que Martín de Châtillon, así como el médico facundino ben Yacún, obligado por él, aguardaban en León a que regresase el rey. Todas las mañanas subía el merino hasta el castillo, junto a la catedral de Santa María, y siempre el cabeza de los celarios le respondía que no había regresado aún de Oviedo don Alfonso, aunque lo esperaban muy pronto. Le ofrecía su compañía y un vaso de sidra fresca, le permitía quedarse un rato a conversar con las gentes del palacio y le rogaba por fin, un poco acongojado -pues conocía lo ocurrido cerca de Sahagún entre el rey y aquel hombre-, que volviera al día siguiente.
Cuando Martín regresaba poco antes del mediodía a la casa de ben Saruq, por el carral del Arco del Rey, todavía muy cerca de las puertas del palacio, tropezó con cuatro soldados que escoltaban a una docena de prisioneros andrajosos y muy cansados.
Apenas se fijó en ellos, pues tal cosa era muy frecuente en León. Oyó entonces que lo llamaban y le costó algún trabajo reconocer a Iscam en el hombre que lo hacía. No tanto porque hubiese cambiado mucho su aspecto, como porque a finales del invierno había recibido una carta suya desde la ciudad de Coria y le decía en ella que andaba por allí de paso, antes de volver a Granada.
Al principio, los soldados no le permitieron hablar con él, ni a Iscam salirse de la hilera en la que caminaba; pero Martín los siguió de cerca hasta la casa del caballero al que pertenecían los presos. Se llamaba don Osorio Muñoz y escuchó con mucha cortesía las palabras del merino de Sahagún. Todos aquellos cautivos eran suyos, dijo; él mismo los había tomado cerca de Coria un mes antes, y ahora se los iba a entregar al judío Zaayti Manzor, a quien se los tenía ya vendidos para que negociase él su rescate.
– Conociendo tu amistad con este infiel, yo mismo te lo habría regalado si no hubiere ya cobrado el dinero de Manzor -dijo don Osorio-. Pues a mí mismo me sucedió una cosa igual durante una batalla en Viseo, hace años. No tengo nada contra este desdichado.
Más tarde, el comerciante judío no se opuso a cobrar doce dinares de oro por los prisioneros, que era más del doble de lo que él había pagado al caballero don Osorio. Rogó Martín que escribiese las cartas del rescate, que se las entregase a los demás y le mandase en seguida la de su amigo a la casa de ben Saruq.
– Así es como he vuelto a encontrarme con mi hermano -añadió con un gran suspiro, como si hubiera dedicado toda su vida a hacerlo.
Ben Yacún se levantó y miró con atención las heridas de la cabeza de Iscam. No eran graves, pero tenían pestilencia por no haber sido bien lavadas a tiempo. Mandó a Sara que le trajese agua hervida y un puñado de lana limpia y no esperó a que nadie le solicitase su ayuda para curar al rescatado.
Iscam no estaba enfermo; sólo cansado de un larguísimo y apresurado viaje, dolorido por los golpes de los soldados y maltrecho a causa de los pocos alimentos recibidos. Sonrió al fin cuando Martín le pidió que explicase cómo se había dejado apresar por los leoneses, pues conocía él con creces sus muchas habilidades para huir de los malos momentos y para apaciguar a los enemigos. Se debió aquello, dijo su amigo, a su propia naturaleza inconstante y codiciosa.
– Me habían llamado a Coria para recomponer la cadera partida de la mujer del emir, que es también hermana del rey de Badajoz -explicó Iscam-. Bien: en realidad, la llamada era para el viejo Abul Abbás, tú conoces a ese gran maestro; pero empiezan ya a asustarle los caminos tanto como a mí siguen apeteciéndome… Fui yo en su nombre y encontré allí que una joven hermana del emir empezaba a vigilarme con admirada curiosidad. Tú debes saber, ben Yacún, que tal cosa no es general entre los médicos -el facundino hizo un gesto sonriente y afirmativo-, pues siempre nos temen más que nos aman… En fin, me pidió aquella señora un día que la acompañase a unas posesiones que tenía al oriente de la ciudad, donde criaba caballos en medio de unos vastos encinares y praderíos. Lo hizo con la excusa de que intentase enderezar la pata doblada de uno de sus potros… Como el objetivo era otro muy distinto, no me negué yo a hacer el trabajo del albéitar, y ella tan sólo permitió que nos acompañaran dos soldados.
– Y aún debían de ser muchos -dijo ben Saruq con picardía.
– Eso también pensé yo, pero fue orden del emir…
Claro que los leoneses que aparecieron de pronto eran más de diez y antes de preguntarles qué hacían por allí nos habían cargado ya de cadenas. El emir, como es propio en estos casos, pagó con presteza el rescate de su hermana, pero no se inquietó mucho por mi suerte. De modo que don Osorio pensó atarme junto a otros a los que había cautivado con la misma astucia y me trajo aquí para intentar sacar algún beneficio de mis carnes.
– No sabía yo que hubiese luchas tan al sur -dijo ben Yacún.
– Y menos nosotros, desde luego… Parece que vuestro rey anda mirando con codicia la ciudad de Coria y que ese don Osorio Muñoz, que no es mal hombre, aunque muy avaro, empezaba a asomarse a aquellas tierras para ver si eran fáciles de conquistar… Pero el buen apóstol Santiago ha tenido piedad de mí, como veis, y me ha puesto otra vez en las manos de este viejo peregrino.
Iscam dirigió una mirada afectuosa a Martín, que se estaba riendo de la historia. Los llamó entonces Sara para que acudieran a la mesa y los cuatro obedecieron con premura.
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