Jesús Torbado - El peregrino
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Los perseguidores parecieron vacilar un instante al contemplar al merino de los francos con aquel gesto decidido y autoritario. Los perseguidos aprovecharon el súbito desconcierto para entrar en su zaguán. Martín se fue detrás de ellos y cerró la puerta con una pesada tranca. Había reconocido en el del hábito al antiguo prior don Adalbero. Su compañero, el que corría desnudo, debía de ser un novicio.
El muchacho permanecía en el patio, respirando agitado, con los ojos desencajados, sin saber qué hacer.
– ¿Por qué os persiguen? -preguntó Martín.
El otro sólo hizo un gesto ambiguo con la cabeza y fue a apoyarse contra un muro, las manos sobre el corazón. Afuera, las mujeres y los niños seguían gritando y dando golpes en la puerta.
Oyó entonces una especie de ahogado gemido en el interior de su casa. Se lanzó decidido hacia la puerta, pensando sólo en Zulema. Pero tropezó en el umbral con ella, que lo miraba serena. En la mano tenía un cuchillo de la cocina que goteaba sangre. Cerca de las brasas del hogar, don Adalbero estaba tendido en el suelo, con las dos manos sujetándose el costado y la mirada suplicante. Una fuente de líquido rojo le manaba del cuerpo y se extendía por la tierra apisonada. Al ver a Martín a su lado, despegó los brazos y los tendió hacia él.
– Martín, hijo… -susurró.
– ¿Qué has hecho? -preguntó él a Zulema.
– Creí… creí que volvía por mí. Es él quien me poseía en el sótano… Este hombre me había encerrado para él y volvía a buscarme, mi amo. Yo no te he contado cómo vivía allí abajo, en el monasterio, antes de escaparme. Es éste el hombre… Quería apresarme de nuevo… Martín intentaba comprender de un golpe aquello a lo que no había querido acercarse. Ahora, como relámpagos, caían sobre él demasiadas respuestas del pasado. Pero don Adalbero continuaba mirándolo, suplicando con los ojos.
– ¡Anda, Zulema, corre; vete a buscar a ben Yacún! Quizá pueda salvarlo.
Todavía tenía el cuchillo en las manos; cuando la vieron las mujeres que seguían gritando ante la puerta, después de que ella la abrió, descubrieron que ya se había hecho la justicia que buscaban y siguieron calle abajo, sin enmudecer sus voces.
Dentro de la casa, en la rojiza penumbra, Martín sujetó en su brazo la cabeza canosa de don Adalbero. Con la mano libre arrebujó el mismo hábito desgarrado y lo apretó sobre la herida.
– Martín de Châtillon… -decía el monje.
– Sí, don Adalbero. Yo soy Martín de Châtillon, el merino.
– Châtillon… Te reconocí el primer día, cuando viniste a traernos las reliquias. ¿Acaso no me buscabas a mí?
– Entonces te buscaba, sí. Mi madre me lo había mandado -dijo Martín.
– ¿Qué fue de ella? Era la muchacha más hermosa…
Don Adalbero apretó las mandíbulas por el dolor. Ladeó un poco la cabeza y brotó un hilo de sangre entre sus labios. Martín tomó un borde de su camisa para limpiárselo.
– Vendrá ben Yacún en seguida, don Adalbero. Él va a curarte.
– ¿Qué querías de mí? -preguntó el monje.
Martín no deseaba desenterrar ahora algunos dolores que tenía muy escondidos y que siempre había logrado esquivar. Nunca se había atrevido realmente a cumplir la petición de su madre. ¿Acaso la muerte remediaba algo? Ella también se había desvanecido, como la granja de Châtillon, como los cerdos, como el novicio bretón que se había convertido en un anciano moribundo, como Richelde de Ostabat y don Ramírez…
– Dime, ¿por qué me buscabas entonces? Aquí me tienes.
– Quería hablarte de mi madre, don Adalbero. Me había suplicado… Me había pedido que te buscase para que te ocuparas de mí, porque ella no tenía fuerzas.
– ¡Oh, no hacía ninguna falta! -el monje sonrió con esfuerzo-. Te vi con tus reliquias y con tu amigo…, te vi tan fuerte… Y luego, amigo del rey… Yo sí necesito tu ayuda, hijo.
Con la última palabra salió de su boca un vómito de sangre espesa y negra. A don Adalbero le quedaron fijos los ojos en los de Martín, dos pálidos cristales grises y apagados. El peregrino detuvo el movimiento iniciado para limpiarle nuevamente los labios.
Dejó el cuerpo reposando en el suelo, se puso de pie y estuvo mirándolo mucho tiempo, hasta que regresó Zulema, sola.
Iscam apareció ya con la noche cerrada y con un zurrón lleno de pichones y de liebres. Venía sofocado, porque desde que había cruzado la puerta occidental de las murallas de barro, los villanos de Sahagún le habían ido informando de algunos de los sucesos ocurridos. Y los conocía mejor que Martín. Más de la mitad de los monjes no estaban ya en la abadía, sino corriendo como alimañas por el campo o escondidos como serpientes en sus huras.
Unos cuantos habían muerto, incluido el prior francés. Las paneras llenas de grano y las apotecas que esperaban la vendimia seguían ardiendo.
– Nos iremos de aquí, Iscam -le dijo Martín antes de que continuara narrando los horrores y de que conociera lo que había pasado en su casa-. No va con nosotros esta rebelión.
– Eres el merino del rey…
– Pero yo no he nacido para estar quieto tanto tiempo, en medio de tantos dolores. ¿No querrás acompañarme?
– ¿Vuelves a tu país?
– ¿Qué país? Lo mismo que tú, yo no soy de parte alguna. Iscam de Gormaz, Rodrigo de Cazorla… -recitó Martín-. Tal vez me enseñaste tú que no se debe ser de ninguna parte.
– Sé que han llamado al rey, Martín. Vendrá a Sahagún y conseguirá imponer el orden y borrar esta locura.
– ¿No quieres acompañarme? No regresaré a Francia, no. He decidido volver a caminar como peregrino. Quiero llegar a Jerusalén.
– ¿Hasta allí? Aquellas tierras están en poder de los sarracenos; ya nadie se atreve a visitar el Santo Sepulcro.
– Pero tú te entiendes bien con los seguidores del Profeta, ¿no es eso? ¿No adoras también a Alá? Si vamos juntos, podremos llegar, sin duda. Y también yo solo podría llegar, si te niegas.
Zulema había aceptado ya la despedida, antes de que Iscam intentase convencerlo a él de lo contrario. Martín, después de mandar a sus criados que llevasen a la abadía el cadáver de don Adalbero, le había dicho de pronto que se iría de Sahagún. Tomaría tan sólo un buen caballo y una mula para transportar algunas de sus reliquias. Ella podía quedarse en la casa, pues era ya suya -dijo- y también con el dinero y con las riquezas que en aquellos años había reunido.
– ¿Por qué no puedo ir yo contigo?
– Es muy largo el camino, Zulema. Ben Yacún se ocupará de ti y no necesitarás de nadie. Y yo volveré algún día y me gustará que me estés esperando.
Martín consiguió de los Hermanos que permitieran enterrar a todos los monjes y novicios muertos en el cementerio del monasterio, incluido don Adalbero.
Lo hicieron al día siguiente por la mañana, aunque con pobres ceremonias. El abad Roberto de Salvetat contenía con el mismo vigor su ira y sus lágrimas. Los soldados del rey estaban empezando a recorrer todas las posesiones de San Facundo para rescatar a los huidos; y aun campos más lejanos.
En cuanto a los asesinos rebeldes, nadie era capaz de distinguirlos por su nombre. Nadie había visto a nadie matar a otro: sólo la repentina oscuridad del sol, el terror de todos, el fuego… Hasta los toneleros de Villa Zacarías entraban en las tabernas de la calzada de los peregrinos y mostraban sus manos limpias de sangre. El antiguo cillerero era una más entre las víctimas. Ni siquiera el joven novicio que había escapado desnudo con él, muy agradecido a la ayuda del merino, pudo decir quién lo había matado realmente.
Cuando dos días más tarde se levantó Martín y se asomó al patio para ver la cara del cielo, encontró ya a Iscam trajinando con sus pertenencias.
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