Jesús Torbado - El peregrino
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Después de la comida, mientras el mozárabe descansaba, la misma hija de ben Saruq le buscó ropas limpias y le preparó una tina de agua caliente para que se bañase.
Pasaron todos juntos el resto del día, conversando tan pronto de los misterios de la medicina como de los prodigios de Santiago y de los recuerdos del camino. Mucho habían mudado las vidas de los dos peregrinos desde que habían tropezado uno con el otro, en una noche oscura, delante de los bosques de la Oca: lo repitieron cien veces.
Ya en el lecho, desde donde proseguían sus discursos, Martín decidió que se irían a Sahagún al día siguiente. Ben Yacún elogió en seguida aquella decisión, pues no le parecía cortés abusar tanto de la hospitalidad del mercader y de las amabilidades de su hija Sara. Él era, además, un hombre solitario y se sentía ya confundido por tantos afectos y por el exceso de multitudes y de trajines que encontraba en León; por otra parte, estaba también inquieto a causa de sus enfermos de Sahagún. Los había dejado al cuidado de un joven médico nacido en Francia en el cual no confiaba en exceso, aunque era muy apreciado entre los recién llegados cluniacenses.
– Se molestará el rey si no te encuentra en cuanto llegue -dijo ben Saruq cuando a la mañana siguiente le anunciaron la partida.
– Le he esperado casi dos veces el tiempo que me pidió. Y en el castillo me han dicho que tal vez se haya ido al monasterio de Santa Juliana, donde quiere construir una basílica sobre sus huesos -contó Martín-. Parece que nuestro señor se entusiasmó tanto ante los tesoros del arca de Oviedo que no va a quedar santo en el reino sin su iglesia o su abadía… Lo ensalzan los obispos, se regocija el Papa, cantan de júbilo los monjes, acopian dádivas los sacerdotes y no queda en el reino rincón sin peregrinos y devotos. Vivimos de nuevo el triunfo de Dios, Iscam.
– Habremos de poner algo de nuestra parte en esa gloria.
– ¿Te refieres a nuestras propias reliquias?
– Quizá… -respondió él con una sonrisa-. ¿No son acaso tan santas como las de ellos? Pero pensaba en mí mismo: adorador de dos Dioses enemigos y fiel a dos profetas contrarios.
– No debes encontrar inquietud en eso -dijo Martín-. Los cristianos tenemos tres Dioses que son uno solo, o uno que son Tres. Los anacoretas de El Bierzo lucharon mucho por explicarme tales sutilezas… ¿Por qué no dos Dioses pueden en realidad ser uno solo? El de los sarracenos y el nuestro.
– Más bien tres, amigos míos -aseguró ben Yacún-. Pues antes que Jesucristo y que Alá está Yavé… O a su lado. Sospecho que eso es lo que queréis decir los cristianos cuando habláis de tres Dioses en uno solo. Simplemente, nadie es capaz de explicarlo debidamente.
– Como casi todo en nuestras vidas -meditó Iscam, entristecido de pronto.
Ben Saruq los escuchaba como el ruido de la lluvia, con la mente en un lugar lejano. Dejó la mesa para dar algunas instrucciones a sus criados y al volver le preguntó a Martín qué explicaciones podía dar si los escribanos del rey le preguntaban por el merino.
– Precisamente eso: que al merino le esperaban pleitos que discernir en Sahagún y que tuvo que marcharse. Que me manden recado cuando vuelva don Alfonso y aquí estaré de nuevo.
Tenía prisa por recuperar a Zulema y por ofrecer agradable descanso a su amigo. Pero Iscam no parecía en modo alguno fatigado.
Hizo el camino hasta Sahagún como si jamás se hubiera bajado de un caballo; él también se admiró de aquellos parajes que en tiempo tan corto habían cambiado de tal manera.
– ¿Ha ocurrido lo mismo más allá, por Oca y Bureba, por las montañas de San Millán?
– Eso nos contó en Oviedo un prior de Nájera… Y aun mudanzas mayores.
Ante el sepulcro de los mártires del Cea, sin embargo, no existían mudanzas, sino añadiduras. Y tantas, que en seguida Martín empezó a preocuparse realmente por las pesadumbres de su cargo como merino de francos.
En la abadía, don Bernardo había conseguido imponer con mucha decisión y sabiduría sus mandatos, al menos en apariencia. Ben Yacún pensaba que no se debía esa hazaña a sus personales méritos, o no sólo a ellos, sino a la gran cantidad de monjes de la tendencia toledana que habían escapado. De modo que, si había permanecido en la abadía alguno de los vencidos -terminó diciendo ben Yacún-, era porque habían acabado aceptando su rendición ante Roma.
En cambio, los burgueses no estaban dispuestos a dejarse vencer por nadie. Eran muchos y poderosos y la Hermandad había ido poco a poco ensanchando su abrazo, filtrando su descontento como el agua a través de las piedras.
– Se portan como los mismos monjes -dijo Iscam-; el día que encuentren un buen abad para dirigirlos, atronará el repique de sus campanas. ¿No sería mejor que los dejases solos?
– Temen mucho a don Alfonso. Nunca arderán esas brasas.
Pero estalló el incendio con una chispa pequeña.
Había muerto en Villa Zacarías un tonelero rico, a causa de la venganza de otro de su gremio. El prior de San Facundo decidió entonces aplicar su derecho de mañería sobre la herencia, sin duda con la finalidad de aumentar sin pago alguno la capacidad de sus bodegas. El monasterio cada vez recibía más solicitudes de vino por parte de otros cenobios hermanos, e incluso de los nobles y condes, y hasta del reino moro de Toledo. En los últimos años, aquel derecho de los monjes a quedarse con las riquezas de los muertos sin herederos legítimos apenas se había practicado. Declarar ilegítimo a un hijo resultaba siempre muy fácil, pues bastaba un documento del abad o de sus párrocos que así lo afirmara; pero eran siempre demasiado confusos y discutidos los límites de la legalidad.
En el caso del tonelero, tenía cinco hijos, aunque de una mujer mozárabe a la que el sacerdote de su iglesia consideraba en realidad sarracena. Dictó el prior que eran ilegítimos, sin haber averiguado antes que dos de ellos pertenecían a la Hermandad, ni tampoco qué clase de hombres eran; mandaron carros para llevarse las cubas y se negaron a entregar el dinero del muerto, que ellos mismos guardaban en la abadía.
Los toneleros de Villa Zacarías mataron a un monje ayudante del cillerero y a dos de los criados que guiaban a los bueyes. No lograron los sayones encontrar a los homicidas ni tampoco los soldados que don Alfonso había mandado de León, a pesar de su búsqueda durante más de diez días. Pero ellos seguían escondidos en Sahagún, en cualquier seguro escondrijo del barrio alto de las tabernas o en las cuevas de las colinas del camino de Grajal. Y fue allí donde se preparó la rebelión, según descubrió Martín más tarde.
Iscam estaba sorprendido de lo que veía y escuchaba.
– Sin duda estos señores burgueses no conocen las costumbres de los reyes moros. ¿Llaman rapacidad y avaricia la de esos santos monjes? En Granada y en otros reinos del Profeta cobran tributos incluso por segar la yerba o recoger las aceitunas del árbol.
– También aquí, Iscam. Y por cocer el pan en el horno y hasta por tomar agua del río. Antes ya se quedaban con mucho, pero desde que llegaron los de Cluny con la bendición del rey, parece que quieren quedarse con todo.
– No he visto lugar alguno en donde no ocurra así, en realidad. ¿Has olvidado que los canónigos de Compostela cobraban hasta por rezar al santo apóstol?
– Pero esta ciudad se ha llenado de hombres libres y de extranjeros que buscaban su prosperidad, de comerciantes de todas las naciones -dijo Martín-. Les prometieron mucho y ahora quieren arrebatarles aun lo que traían. Y a los propios del país incluso los castigan más, con lo que siembran en sus almas la envidia hacia los de fuera… Hasta los mismos párrocos de las iglesias suyas han de entregar ahora dos diezmos de lo que consiguen, y no uno como antes.
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