– Te felicito, todo ha salido a pedir de boca.
– Supongo que me has llamado para que evaluemos el favor.
– No tengo prisa, pero me satisface mucho comprobar que la idea de convertir a Lloris en presidente del Valencia fue acertada -se felicitó Oriol.
– Todavía no lo es.
– Lo tiene a huevo. La prensa está de su parte. Con Bouba, su candidatura, la asamblea… se venderán más periódicos. Sólo algo impensable podría impedirle alcanzar la presidencia.
– Algo impensable -repitió Petit sonriendo-. Seguro que Lloris tiene muchos asuntos impensables que esconder. Tú debes de conocer algunos.
– Alguno que otro, sí.
– ¿Ya te han pedido que los cuentes?
– ¿Tú qué crees?
– Pues que seguramente algunos miembros del consejo de administración del club te han llamado a consulta.
– Los conservadores. Están acojonados.
– ¿Por qué?
– No lo sé exactamente, pero te aseguro que están muy nerviosos. Y no acabo de entenderlo.
– Yo tampoco.
– Según ellos, desde la presidencia Lloris les puede hacer mucho daño. Pero no veo que eso sea tan primordial para que de repente se hayan puesto así.
– ¿De verdad es para tanto?
– No lo sabes bien.
– Te han llamado para que les digas algo que pueda frenar a Lloris.
– Sí.
– ¿Qué les has dicho?
– Nada.
– ¿Por qué?
– He pensado en ti.
– Tu sensibilidad me conmueve.
– Se trata más bien de algo profesional. Ahora que Lloris ha dejado de ser un obstáculo, vosotros volvéis a ser la clave de todo. Y más que nunca.
– ¿Y eso?
– Ya no tienes ningún compromiso con Júlia.
– Tengo un compromiso verbal.
– La han despedido.
– ¿Cómo dices?
– Despedida. Por tu culpa. El pacto contigo le ha costado el cargo. Me la imagino bastante desolada. No le queda otra salida que no sea la de ser una funcionaria cualificada.
– Han cometido un error.
– Un error grave.
– Supongo que eres consciente de que has sido tú quien ha causado todo esto.
– Indirectamente. Me pediste consejo y te lo di, pero nada más lejos de mis intenciones que provocar la defenestración de Júlia.
– Sí que debes de estar preocupado.
– Bueno… es una amiga.
– Del alma, ¿verdad que sí, Oriol? Sé que te debo un gran favor.
– No he venido a cobrar nada…
– De momento.
– Aún no he acabado con mi trabajo.
– ¿Ah, no?
– No.
– ¿Qué falta?
– Dos cosas: yo podría facilitar algún dossier a los conservadores para que le pararan los pies a Lloris.
– Pero no lo harás porque me perjudicaría.
– Exacto. Soy tu asesor.
– ¿Y la otra?
– Pues que resulta extraño, inverosímil, que estén tan preocupados sólo por el hecho de que Lloris sea presidente del Valencia. Estoy seguro de que hay algo más.
– ¿Con quién has hablado?
– Con Sebastià Jofre.
– Creía que se dedicaba a sus negocios.
– Eso nos demuestra cuál es la envergadura de todo este asunto. Jofre sólo interviene en los grandes problemas. Él fue el responsable de conseguir dinero para el partido durante mucho tiempo. También se encargó de urdir toda la estrategia de control de los centros financieros. Ahora vuelve a tomar las riendas para corregir el rumbo de una situación que parece ser grave. Me ha llamado sin ni siquiera conocerme personalmente. Y está dispuesto a pagarme el favor de un modo espléndido.
– Pero tú sabes que están en la cuerda floja.
– Digamos que dependen del Front.
– Y nosotros de ti.
– Es obvio que si detengo a Lloris volverás a tener un problema.
– Es obvio. Siempre he pensado que podrías serme muy útil.
– Ya te dije que no me importaba asesorarte.
– La factura cada vez es mayor.
– Los buenos servicios se cobran, pero no será caro ni comprometedor para vosotros.
– Me tranquiliza el hecho de estar ante un hombre inteligente, un hombre que sabe lo que puede pedir. Por cierto, ¿no sabes qué es lo que les preocupa? -Por toda respuesta obtuvo un calculado silencio de Oriol-. Supongo que es tu as en la manga.
– En cualquier caso no es lo que debe preocuparte.
– Mi problema es asegurarme de que no facilitarás ningún dossier sobre Lloris a los conservadores.
– En efecto. Puedes quedarte tranquilo.
A Petit le resultaba difícil creer que un tipo que bebía coca-cola light, educado y de modales tan sutiles y delicados, fuera tan malnacido. Y en realidad lo era aún más de lo que él creía, ya que sabía como nadie jugar con las necesidades y los temores de los demás. Su refinamiento no andaba falto de aspectos macabros. No tenía nada que pudiera detener a Lloris en su ascenso a la presidencia. Pero el mero hecho de que Petit intuyera ese poder era suficiente para Oriol, que conocía a la perfección la lógica inherente a la inseguridad de las cosas.
– Por cierto -dijo Oriol-, ¿no habéis pedido comisión por el fichaje de Bouba?
– Lloris está en contra.
– No habéis jugado bien vuestras cartas. Lloris os ha cobrado muy por encima el favor que os hizo.
– Esperar un trato justo de Lloris es pedir peras al olmo.
– Con un poco de paciencia lo habrías conseguido.
– Me conformo con que no se cabree. -Petit dio un pequeño sorbo de martini-. ¿Crees que deberíamos dar el Govern a los socialistas?
– Sí. Que se quemen ellos con el proyecto de la Ruta Azul. Pero no tengas prisa. Deja que te lo pidan a la desesperada. Te lo pedirán; llevan muchos años en la oposición y para un partido que aspira a gobernar eso nunca es bueno. Y sobre todo espera a que los problemas de los conservadores con la patronal se acentúen aún más. Tú puedes echar más leña al fuego de esa problemática. Algunos miembros de la patronal acabarán hartos y se sentirán tentados de apoyar a los socialistas. Eso causará problemas internos a los conservadores. Con la derecha y la patronal divididas, por un lado, y los socialistas con la Ruta Azul y parte de la patronal, por otro, vosotros saldréis reforzados de todo sin necesidad de mojaros en nada. Es cuestión de tiempo. Mientras tanto, que Lloris vaya haciéndoos parte del trabajo.
– ¿Y Jùlia?
– Es un cadáver político.
* * *
Rafael Puren confeccionó un listado de peñas para que Juan Lloris las visitara. Eran peñas adictas, según el tesorero; peñas que él controlaba desde la coordinadora y que, en principio, eran las más entusiastas con la candidatura de Lloris. No obstante, Curull, catalán pragmático, insistió, ante un mapa desplegado con la ubicación de las peñas, en que el candidato pisara todos los locales posibles desde Vinaròs a Oriola. Por supuesto que no había tiempo para pisarlos todos, pero estratégicamente era muy importante, además de respetar la ineludible obligación de acudir a los de las más significativas, mantener contacto con las más alejadas de la ciudad, tradicionalmente las más olvidadas. Sostenía Curull que también era necesario visitar las más conflictivas e ideológicamente exigentes, patrimonio escaso en el entramado valencianista, pero que a pesar de todo, al fuego lento de la conciencia nacional valenciana, existían. Juan Lloris debía ser el candidato de todos. Y si no conseguía serlo, por lo menos tendrían una idea exacta de dónde estaba y de dónde provenía la oposición.
Pero con Bouba llegó la unanimidad al universo valencianista. Aconsejado por Celdoni Curull, Juan Lloris inició la campaña hasta la asamblea (el 23 de agosto) en la peña «Gol Gran», considerada la más intelectual porque parte de sus integrantes eran de extracción universitaria. Si bien la peña recibió a Lloris con cierto escepticismo (el primitivismo retórico del candidato no era del agrado de sus componentes), la presencia de Bouba los convenció de que el fichaje del jugador no era una típica promesa electoral, un bluff mediático. Lloris aprobó el examen en el local más exigente, porque, con Curull como consueta, se comprometió a crear una área social y cultural de la que se encargaría el miembro de la peña que ellos designaran. Me gustaría que fuera una mujer, añadió como requisito innegociable.
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