Estratega, hombre de mundo (a la fuerza), delincuente habitual, Toni Hoyos entendió de inmediato la situación.
– ¿Quieres salvarte?
– ¿Cuánto me costará?
– Necesitamos otra sede.
– Oye, Vicent, no seas abusón. No te aproveches de mis problemas. Tengo mis límites financieros. Bouba no es de mi propiedad.
– No quiero que la pagues toda, pero la mitad…
– ¿La mitad? ¿Tú eres consciente de lo que me estás pidiendo?
– ¿Tú eres consciente de quién está en la cafetería?
– ¿Cuánto crees que puedo sacar de mi comisión del fichaje?
– ¿Pongamos que cuatrocientos?
– ¡Te has vuelto loco! Ni una cuarta parte.
– Conociéndote lo dejaremos en cuatrocientos.
– Te juro por lo que más quieras que es cierto. No lo he hablado aún con él, pero Curull me ha dado a entender que la comisión será aproximadamente de esa cantidad.
– Procura que sea aproximadamente superior. Tendremos que darle una parte a Nùria. Está más que ofendida.
– ¿De modo que lo único que quiere es dinero?
– ¿Qué pretendías, que te siguiera queriendo? La he convencido yo, y no creas que ha sido fácil. Pero bueno, siempre te quedará la posibilidad de escaparte con ella y ahorrarte cien kilos.
– ¿Cómo quieres que me vaya con una tía capaz de hacerme algo así?
– Tienes toda la razón. Yo tampoco lo haría. Nos pagas doscientos y asunto zanjado. Puedes darme las gracias.
– ¡No me toques los huevos! ¿Sabes qué voy a hacer?
– Te escucho.
– ¡Me voy a entregar! Tú también saldrás perdiendo.
– Hazlo. Irás a la cárcel y te quedarás sin los doscientos que te corresponden, por no mencionar que los aficionados del Valencia te caparían por frustrar la operación. Con un escándalo de tal magnitud Juan Lloris no será presidente y Curull no hará negocios de ninguna clase. Nuestro problema era Lloris y ya está resuelto. ¿Quieres entregarte? Perfecto, voy a decirle a Nùria que te denuncie. Lo hará encantada: te odia y es del Levante.
Marimon se volvió y dio unos pasos hacia la cafetería.
– Un momento. No te vayas. Hablemos.
– No tengo nada más que decirte.
– De acuerdo, pagaré.
– Ya lo creo que pagarás. Hablaré con Curull. Le diré que eres tan valencianista que has decidido darnos la mitad de tu comisión, para el Front. Así ingresaremos la cantidad sin que tenga que pasar por tus manos.
– Eso es una canallada.
– Más bien es desconfianza. En fin, voy a tranquilizar a Nùria. Está esperando noticias. ¿Quieres saludarla?
– ¡Que se vaya a la mierda!
– De tu parte.
De los cracks se espera que marquen goles espectaculares, que ilusionen al público, que resuelvan partidos difíciles, que lleven a su equipo a lo más alto de la clasificación, pero no se les exige ser grandes oradores. La timidez de Bouba, la presencia intimidante de los numerosos medios de comunicación, lo obligaba a contestar con monosílabos a la avalancha de preguntas de los periodistas. Todo aquello le estaba demasiado grande y se mostraba humilde. Sólo cuando prácticamente le exigieron que dijera qué cantidad de goles marcaría por temporada se atrevió, contraviniendo los consejos de Curull, a aventurar la cifra de treinta. En Senegal, añadió, marcaba unos cuarenta a pesar de que los defensas lo conocían desde juvenil.
Ansioso por hablar -era muy conveniente que lo hiciera-, Rafael Puren vio cómo por fin Curull le cedía la palabra y empezó su discurso mientras la mayoría de los enviados de canales televisivos se marchaba para dejarlo todo a punto para las noticias de mediodía. Puren insistió en ratificar la validez del intermediario, destacando que los peñistas, los aficionados en general, estaban enormemente ilusionados con el fichaje de Bouba. Criticó con dureza al actual consejo de administración del club por no haber incorporado a ningún jugador nuevo. Un equipo como el Valencia, si pretendía mantener el nivel alcanzado o superarlo, si quería aspirar a la Champions -no recordó que habían logrado el subcampeonato en dos ocasiones, sino que la habían perdido un año sí y el otro también-, debía hacer un esfuerzo económico. Entonces, en aquel momento, se deshizo en elogios hacia la figura de Juan Lloris. Sin él, añadió finalmente, Bouba no hubiera venido. Por eso cuenta con nuestro incondicional apoyo. Acto seguido Curull agradeció la presencia de los medios de comunicación y dio por concluida la rueda de prensa.
Santiago Guillem salió del hotel con la sensación de que quizá se retiraba del periodismo en un momento que se adivinaba convulso. Pensó en Juan Lloris, en el proceso de adaptación de Bouba, en la locura colectiva que tenía a todo el mundo pendiente de si el crack senegalés sería capaz de demostrar, en la Liga española y en la competición europea, la misma aptitud goleadora que en su país. Sin embargo no pudo evitar pensar en los dobles contratos; en lo ajetreadas que debían de estar en ese mismo instante las altas esferas del club, preocupadas por camuflar un asunto que implicaba directamente al poder político.
Sebastià Jofre se puso en contacto de inmediato con los miembros más influyentes del consejo de administración del club. Analizaron las posibilidades que tenían de impedir que Juan Lloris ganara la asamblea. Muy pocas. El equipo, en el que confiaban, aún no había iniciado la temporada. Si Lloris hubiera aspirado a la presidencia un mes o dos más tarde, con el campeonato de Liga con ocho o diez partidos ya jugados, habríamos tenido más oportunidades de contrarrestarlo incluso si luciera la bandera de un fichaje estrella. Con resultados a favor, los accionistas habrían sido reacios a provocar un cambio de consejo administrativo. Pero estando así las cosas, con el agravante de que por culpa de las deudas no hemos podido ni siquiera incorporar a un lateral baratito como el que nos había pedido el técnico, Lloris va a fregar el suelo con nosotros.
Jofre exigió unidad en momentos tan difíciles. Pretendía evitar cualquier dimisión o desbandada general. Los asistentes a la reunión eran conscientes del escándalo contable. También se llamó al gerente del club, que ratificó la imposibilidad de enmascarar los contratos (y advirtió que él sólo era un empleado del club; un empleado al servicio de sus dirigentes). A la pregunta de si los directivos de los clubes africanos, a cambio de algún favor, se avendrían a consentir un cambio de contrato, el gerente, sintiéndolo mucho, informó que ya había hablado con ellos -sondeándolos, vaya; sin revelarles la auténtica naturaleza de la llamada-, pero sin ningún éxito. Estaban bien como estaban. Yo creo, añadió el gerente, que intuyen alguna anomalía y no quieren implicarse. ¿Y si anuláramos los contratos? Nos denunciarían a la FIFA por incumplimiento.
Entonces Sebastià Jofre recurrió a Oriol Martí, ex asesor de Juan Lloris y hombre que en la actualidad era dueño de una promotora de construcción. Solícito, Oriol acudió al despacho de Jofre aproximadamente tres cuartos de hora más tarde. Hubiera ido antes, pero precisamente cuando lo habían llamado no podía abandonar una reunión de ninguna manera.
– Muchas gracias por atenderme -le agradeció Jofre-. Es de vital importancia que hablemos contigo.
Oriol se mostró receptivo y con ganas de ayudar en todo lo que pudiera. Sin embargo, con las prisas, a Jofre se le planteaba un problema en aquella cita. Sabía de las desavenencias entre Oriol y Lloris, pero no conocía tanto al ex asesor como para confiárselo.
– Tenemos un problema con Juan Lloris.
– No queréis que presida el Valencia.
– Exacto. Ya sabes que es un hombre… peculiar. En sus manos, una plataforma como la presidencia del club sería muy contraria a nuestros intereses políticos. Te lo digo en confianza: en el pasado no dejamos que ninguna de sus empresas participara en obras públicas. Trabajabas con él y puedes imaginarte por qué. Es alguien muy resentido y seguro que alberga un deseo de venganza que debemos tomarnos en serio. Si asume la presidencia y las cosas le van bien, nos puede hacer mucho daño. Quisiéramos que nos ayudaras diciéndonos si esconde trapos sucios, algo que podamos utilizar para disuadirlo, para hacer que se porte bien o renuncie a la presidencia del club.
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