El mismo Lloris y su equipo asesor comprobaron, siempre acompañados por Bouba, el entusiasmo que despertaba su candidatura, que de momento sólo integraba el candidato; de los demás directivos que compondrían el consejo de administración no se sabía nada -ni falta que hacía-, excepto que Puren formaría parte de éste como representante de la poderosísima coordinadora de peñas. Aquello provocó una tentativa de rebelión interna auspiciada por el presidente de la coordinadora, que formaba parte de la actual directiva del club. A través de él, el consejo de administración intentó reconducir la situación. Fue en vano: ningún miembro secundó la propuesta de exigir un referéndum entre las peñas que tendría que haber dejado claro a quién apoyaban. En realidad, el consejo de administración pretendía aplazar la decisión de la coordinadora, que, manu militari, apoyaba la candidatura de Lloris. Ese proceso se habría prolongado hasta después de la asamblea y la coordinadora, conducida por Puren con la inestimable ayuda de Bouba, ya estaba claramente decantada en sus posiciones.
Sebastià Jofre movió todos los hilos a su alcance para intentar detener lo que ya era, a esas alturas, un recorrido triunfal entre las peñas, lo que se suponía un futuro paseo en la asamblea. Instó de nuevo a Oriol Martí, en dos reuniones más, a confeccionar un dossier con todas las anomalías e ilegalidades en las que Lloris había incurrido durante sus años como promotor y constructor. Oriol no tenía nada de importancia, ningún hecho grave, muy grave (a no ser que se tratara de un asunto realmente delictivo, Jofre carecía de la fuerza moral para imputárselo públicamente). De todos modos, Oriol no se presentaba ante Jofre como ex asesor falto de información, sino como hombre que aconsejaba no tirar de la manta para no complicar todavía más un proceso que con toda seguridad acabaría volviéndose contra los conservadores. Además, en aquellos momentos, con Lloris imparable y el Front en una posición política envidiable para decidir, Oriol había tomado partido definitivamente y pretendía convertirse en la persona de confianza de Francesc Petit (un asesor sui géneris pero de obligada consulta, porque Petit, que había alcanzado el parlamentarismo dependiendo de Lloris, ahora estaba subordinado a Oriol). Ambos basaban la confianza en su mutua obligación de entenderse.
Jofre quiso empujar al consejo de administración del club a tomar medidas -las que fueran- para frenar a Lloris. Los forzó a convocar a los accionistas más fuertes que públicamente no hubieran tomado partido. Unidos, a lo mejor tendrían alguna posibilidad de enfrentarse a él en la asamblea. Pero los agravios eran tan numerosos y tan profundos que era imposible ponerles de acuerdo. Prácticamente todos habían sido despreciados por el club, al no haberlos dejado entrar en el consejo de administración pese al volumen de sus acciones. Otros habían sufrido un doble agravio que no dudaron en manifestar. Le recordaron a Jofre los olvidos conscientes de Júlia Aleixandre en todo lo relativo a temas urbanísticos propiciados por el Govern de los que acabaron aprovechándose otros empresarios (los mismos de siempre, el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, añadieron indignados). Y hasta hubo un sector de accionistas preocupado simplemente por el beneficio del club y a la vez por el suyo propio. Con Bouba, el equipo ganaría mucho deportivamente y, de paso, las acciones se revalorizarían. De hecho, antes del anuncio del fichaje, las acciones se cotizaban a un precio que casi triplicaba el de su salida al mercado (así se las había comprado Lloris a Sintes) cuando el club se había convertido en sociedad anónima. Una vez fichada la estrella, en pocas semanas se dispararían.
Mientras todo eso tenía lugar entre bastidores, en el escenario la representación de Lloris (siempre con Bouba, que repartía el día entre el footing, Claudia y la actividad electoral) alcanzaba cotas de éxito inimaginables incluso para el mismo candidato, ya de por sí bastante optimista. El día que fue a Sueca, la entrañable y lubrificadísima población de la Ribera, el alcalde, en vista de la enorme expectación que despertaba la visita del candidato y del crack senegalés, movilizó a la banda municipal, que recibió a la comitiva en la entrada del pueblo. Lloris, Bouba, Curull, Puren y Hoyos tuvieron que bajar del coche y, a pie, junto al alcalde y casi todos los concejales, al son del himno del club, el pasodoble Amunt València, llegaron a la sede de la peña, por la calle de la Mare de Déu, eternamente en obras, conocida como «Madre de Dios qué calle» por los cientos de vecinos que los aclamaban. Pero antes, con el salón de plenos del consistorio lleno a rebosar, la primera autoridad hizo entrega a Lloris de una placa conmemorativa de su visita a Sueca. La adhesión a su candidatura era tan abrumadora que, mientras iban a la sede de la peña, desfilando entre la multitud, también fueron aclamados por los clientes del famosísimo bar Heidi, punto de encuentro habitual de los homosexuales de la comarca (notable éxito el de Bouba al pasar por delante de dicho local). Lloris repetía más o menos el mismo discurso en todas partes. Tenía la intención de convertir a su equipo en un club emblemático en Europa, entre los de referencia ineludible, cosa que beneficiaría a la ciudad y a la comunidad. Pretendía hacer del Valencia el equipo de la comunidad, aunque respetaba a los demás clubes del país. Todavía más (lo digo por primera vez aquí, en el importantísimo y trabajador pueblo de Sueca): tenía la ambición de propiciar la creación de la selección valenciana, propuesta que los aficionados recibían con significativa indiferencia, pero que servía al candidato para evidenciar lo irrenunciable e insobornable de su valencianismo. No obstante, primero haría del Valencia un club a la altura del Milan o del Bayern, clubes, por cierto -añadía con un toque de soberbia-, que no han podido competir con nosotros en la subasta por Bouba. Gracias a aquello Lloris conseguía volver loco al personal. A petición del público -especialmente del femenino-, Bouba pronunció unas palabras: prometía goles y espectáculo. Y acabó con un par de frases cortas en valenciano, cosa que, estando en un pueblo como Sueca, despertó la admiración de los aficionados.
No hubo ninguna peña, ninguna, en la que Lloris recibiera críticas, ni siquiera una sola. De Vinaròs a Oriola, del Sénia al Segura, pasando por Sedaví, Alfalfar, Benetússer, Picanya, Catarroja, Torrent, Benicarló, Alicante (allí recibió un insulto de un aficionado madridista, circunstancia que hizo que a partir de entonces se le aclamara aún más), Castellón, Campanar, Gandía, Bocairent, Ontinyent, Vilamarxant, Alginet… De las seiscientas ocho peñas legalmente registradas, Lloris visitó prácticamente un centenar. Se atrevió a ir incluso al Foro «Fem Valencianía», el lobbby en principio más intransigente, dado que algunos de sus miembros pertenecían a la actual directiva del club, aunque no asistieron para evitar un tour de force con un Lloris entusiasta, eufórico, imparable.
En la campaña, el excepcional despliegue informativo de la prensa, pese a su apariencia neutral, dejaba entrever cierta inclinación por el denominado revulsivo. Los periódicos dedicaban una página de la sección de deportes a la actividad del candidato, bajo los epígrafes «Diario de campaña», «La campaña de Lloris», «El Valencia en campaña», «Bouba convulsiona el valencianismo»… El candidato acudía a las tertulias deportivas de todas las emisoras, a todas las televisiones locales y comarcales, a todas las entrevistas de la prensa escrita. Con la única excepción de la Televisió Valenciana, que por orden gubernamental ignoraba la campaña de Lloris -pese a ser la única cadena del mundo en que la sección deportiva de los informativos ocupaba el doble de tiempo que todas las demás noticias-, no había ningún medio informativo que no hubiera entrevistado a Lloris, algunos incluso dos o tres veces.
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