También hay que decir que Santiago Guillem no escribió ni una sola línea que hiciera referencia directa al candidato. No estaba ni en contra ni a favor de éste. Le daba igual. Se dejaba llevar por el caos que amenazaba al orden imperante. Desde la época de Arturo Tuzón no había tomado partido por ningún dirigente. Al contrario, se había mostrado crítico con todos. Sin embargo, ahora esperaba impaciente el día que Lloris llegara a la presidencia; esperaba muy atento su reacción al ver el estado de las cuentas. ¿Ordenaría una auditoría? Casi estaba dispuesto a sugerirlo, a aconsejarlo, como paso previo y obligatorio que debería adoptar cualquier junta que iniciara un nuevo proyecto. Pese a todo se limitaría a seguir observando atentamente a Lloris para no levantar sospechas entre los conservadores; para no dar muestras de su interés.
Como era previsible en todo lo que socialmente irradiaba el fútbol, en Valencia no se hablaba de nada que no fuera Juan Lloris o Bouba. A los socialistas, la figura del candidato no les gustaba en absoluto. Pero, en vista del entusiasmo que suscitaba, consideraron políticamente oportuno mantenerse al margen de ella. De hecho, numerosos afiliados y simpatizantes eran socios del club. Incluso en poblaciones de alcaldes socialistas los ayuntamientos habían participado en los preparativos del recibimiento al candidato (el pueblo, votante de izquierdas, aclamaba a Bouba). A los del Front también les convenía permanecer a una distancia prudencial del proceso. Su militancia no hubiera visto con buenos ojos que el partido se implicara en un debate así teniendo en cuenta los importantes problemas sociales a los que ya debía hacer frente. En ese aspecto hicieron lo mismo que los socialistas: no reprimir que en ciertos municipios sus militantes se sumaran al entusiasmo popular. Quizá se habrían sumado aún con más ganas de haber sabido de la contribución de Bouba a las arcas del partido. Por otra parte, para tranquilizar a Hoyos, Celdoni Curull, convencido del triunfo de Lloris, le notificó que lo recompensaría espléndidamente. Tras contabilizar los gastos y quedarse con el pertinente beneficio como empresario que había arriesgado con la compra del club del Stade de Mbour, para poder controlar los primeros pasos de la carrera de Bouba, le gratificó con ciento cincuenta millones de pesetas. ¿Cifra neta o se incluía en ella la comisión del Front? Curull le informó que había dicho a los nacionalistas que él mismo les daría la mitad (en negro). O sea, que Hoyos recibiría setenta y cinco (también en negro) de los cuatrocientos que en principio esperaba. Por su parte, Marimon intentó llegar a un acuerdo económico con Nùria Oliver: diez millones. El mal gesto de la mujer forzó el acuerdo en veinte. Con los cincuenta y cinco restantes y la venta de la antigua sede, Oriol Martí se comprometió a buscarles una planta baja en una buena zona. Así pues, Bouba se convirtió en el primer mecenas negro de la historia del valencianismo político, y Nùria en la primera mujer que conseguía obtener una plusvalía de un desamor sin actas notariales de por medio. Y una moraleja: a veces quien más trata de perjudicarnos más nos enriquece.
A medida que pasaban los días, que se acercaba la asamblea, la candidatura de Lloris iba adquiriendo una fuerza más que apreciable. Su imagen aparecía por todas partes. Se había hecho tan popular que todo el mundo lo saludaba por la calle. En las cuatro sedes (Valencia, Xàtiva, Castellón y Gandía) que la candidatura había dispuesto para la recogida de adhesiones (firmas de simpatizantes) y delegaciones de acciones de multitud de pequeños accionistas que no tuvieran acceso a la asamblea (era imprescindible tener nueve para asistir) había muchísima gente. Tuvieron que contratar más azafatas (muy atractivas) en todas ellas. El tándem Lloris-Bouba eclipsó casi todos los demás hechos noticiables, que quedaron en un claro segundo plano. La Ruta Azul, el Plan Hidrológico, la concesión de aguas potables (negocio al que también aspiraba Florentino Pérez a través de Fernández Tapias, presidente de la Cámara de Comercio de Madrid)…, todo era una minucia comparado con el interés que despertaba la candidatura de Lloris. De repente el Valencia se convirtió en algo más que un club. Sin duda el fichaje de la sensación del último mundial ilusionaba a la ciudad, que se había quedado en dos ocasiones consecutivas a punto de lograr la Champions League (nadie se acuerda del subcampeón). Pero la personalidad singular de Lloris, su ímpetu, la actitud tan osada y decisiva que mantenía, centraron el debate. La sociedad valenciana, siempre tan necesitada de un espíritu ganador, no había estado tan convulsa desde los tiempos de Paco Roig.
Todas las soluciones que Sebastià Jofre había buscado para pararle los pies demostraron ser inútiles. Entonces se sirvió del último recurso: el pacto. Previamente, el consejo de administración, con los gastos a cargo del club, había pedido a través de la prensa, la radio y la televisión (la Televisió Valenciana participó en todo ello con carácter colaboracionista) que los accionistas delegaran en ellos sus acciones recordándoles que habían ganado la Copa del Rey, la Liga (treinta y un años después de la última) y los dos subcampeonatos de Europa. Incluso enviaron a todos los accionistas una especie de diploma personalizado felicitándolos por los títulos: «Estos trofeos no hubieran sido posibles sin tu apoyo.» Pero era imparable la multitud de accionistas que delegaban en Juan Lloris. La falta de fichajes, que tanto ilusionaban a los aficionados, había sido determinante. Bouba era decisivo. ¿Podría realizarse algún dossier sobre Bouba? Sí. Según la información de varios contactos senegaleses, pasaba más tiempo en los prostíbulos que en los entrenamientos. Pero en Senegal Bouba cumplía con creces, marcaba goles y daba espectáculo. Además, ir contra él suponía herir la sensibilidad de los miles de aficionados que lo aclamaban. Dejémoslo estar.
Sebastià Jofre se reunió con Lloris, acompañado por Curull, a la una de la madrugada, en la cafetería de una gasolinera de la pista de Silla (carretera de Alicante). El hecho de que el encuentro tuviera lugar a aquellas horas fue debido a que Lloris, con la agenda repleta, aceptó reunirse después de una cena con las peñas de la comarca de la Costera. No se conocían personalmente, aunque Lloris sabía de quién se trataba. Sebastià Jofre, en principio reacio a cualquier concesión, ofreció a Lloris la dimisión del consejo de administración a cambio de que no fuera beligerante al asumir la presidencia. Poca cosa, están derrotados. Para la sociedad valenciana, añadió Jofre, es muy importante la pacificación del club. Si se inicia una guerra todos saldréis perdiendo. Lloris quiso saber por qué un político le pedía algo así. Jofre se justificó diciendo que él sólo ejercía de intermediario porque se lo había pedido el consejo de administración. Y que era neutral (como su partido). Como Lloris seguía sin entender la mediación de un político, Jofre insinuó que quizá el estado de la contabilidad del club no era el más idóneo (se han tenido que hacer muchos fichajes en estos tres últimos años y las ventas no los han compensado en absoluto). Quería pactar, a cambio de la dimisión del consejo y de la promesa de que no harían oposición de ningún tipo, que no se sacaran a la luz los trapos sucios para no dar una mala imagen del club. Lloris debía saber que todo lo que afectara al club sería perjudicial para la imagen de la ciudad. Le puso el ejemplo de Gaspart y Barcelona. El Valencia es de todos. Lloris seguía sin entenderlo. Desde el Govern, aseguró Jofre, te ayudaremos en todo lo que haga falta para que el equipo alcance grandes éxitos. Sabemos que eso será bueno para la ciudad. Al decir aquello, Lloris aceptó (por Valencia y por su imagen, cualquier sacrificio era poco).
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